”teologia_del_cuerpo”
”teologia_del_cuerpo”

En la universidad tenía un profesor que le encantaba decir que el sentido común era el menos común de los sentidos. Me reía cada vez que lo decía porque me parecía curioso como algo que debía ser precisamente común a todos parecía por el contrario ser una virtud sumamente escasa. Con el tiempo constaté dos cosas: no era una frase original suya, y lamentablemente tenía razón.

Hoy pienso que junto al sentido común hay otra virtud muy relacionada y que también resulta difícil de encontrar: la prudencia. Incluso peor porque, a diferencia del sentido común, a veces miramos a la prudencia con cierta desconfianza, nos suena a miedo y a cortarnos las alas. A veces me da la impresión de que cuando los papás le piden a sus hijos que sean prudentes es más motivados por el miedo que por la virtud, y quizás con el tiempo
esa es la sensación que ha quedado: es bueno ser prudente… pero no tanto porque te impide volar.

En la tradición cristiana la prudencia aparece como una de las virtudes más importantes. El Catecismo nos la recuerda como una de las cuatro virtudes cardinales. Nos ayuda a «discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (n. 1806).

¿Por qué es tan importante la virtud de la prudencia?

Con mucha frecuencia creemos que la vida cristiana es una receta que si la aplicamos metódicamente conseguiremos el fruto deseado. Sería mucho más fácil si el camino estuviese claramente delineado, como un manual paso a paso, donde bastaría seguir instrucciones que no dan espacio a error para construir una vida santa. Nada más lejos de la realidad.

El gran arte de la vida está en cómo aplicar los principios del Evangelio a nuestra vida particular, y ahí no hay receta que se aplique a todos los seres humanos. No hay santo que no haya sido prudente. San Juan Pablo II decía que la prudencia «viene a ser la clave para que cada uno realice la tarea fundamental que ha recibido de Dios. Esta tarea es la perfección del hombre mismo». El gran riesgo del imprudente es no saber hallar el camino de la santidad, y por tanto la tristeza de la lejanía de Dios al recorrer senderos errados. Usualmente se distinguen tres momentos en el proceso de ser prudente, y resulta muy útil conocer cada etapa:

1. Ver: recoger información.
2. Juzgar: evaluar la información a la luz de la conciencia formada y los principios morales.
3. Actuar: Tomar la decisión y ejecutarla.

¿Qué podemos hacer para crecer en esta virtud? Estos son 6 consejos que puedes seguir:

1. Como toda virtud, pedirla

No menospreciemos esto tan importante. La prudencia aparece en la Sagrada Escritura muchísimas veces, y pedirle a Dios que nos ayude a crecer en ella es importantísimo.

2. Informarse… y sobre todo conocerse a uno mismo

Todo aquello que nos ayuda a conocer la realidad es fundamental. No se pueden tomar decisiones sabias y
prudentes si no nos informamos sobre lo que es necesario para decidir. De modo especial: ¡Qué importante es conocerse a uno mismo! Quien no se conoce en serio, a fondo, difícilmente crecerá en la prudencia necesaria para alcanzar la santidad. Observar bien la realidad, saber distinguir lo que es importante de lo que no, no dejar que las pasiones nublen la visión… todo ello ayuda.

3. Pedir opinión a quienes nos pueden ayudar (no que decidan por nosotros)…

Y estar dispuesto a acogerla. Jesús nunca dijo que había que recorrer la vida solo. A nuestro alrededor, si sabemos buscar, encontraremos gente con experiencia. Una advertencia: muchas veces pedimos opinión buscando que el otro nos diga qué hacer. Obviamente no se trata de eso. Tampoco pedir opinión solo por cumplir la formalidad. Estemos dispuestos a escuchar, y a cambiar de decisión si nos aconsejan bien.

4. Tener vida de gracia

Parte fundamental del proceso que nos lleva a ser prudentes es saber «juzgar» bien la realidad. Es decir, ser capaces de verla con criterios evangélicos. Todos tenemos una «regla» o medida con que medimos las cosas.
Como en cualquier juicio, tenemos una serie de criterios que nos permiten leer los hechos. La vida de gracia, intentar ver hasta donde nos es posible la realidad con una visión sobrenatural, nos permitirá tener esos criterios evangélicos que nos ayudan a ser prudentes y nos permiten escuchar nuestra conciencia y los principios morales que Dios ha sembrado en nuestro interior.

5. Aprender de nuestros errores… y de los de otros

Los seres humanos tenemos una gran capacidad para repetir los mismos errores. Muy rápidamente pasa la sensación horrible del mal (esa que nos lleva a decir «esto nunca lo volveré a hacer») y terminamos por caer en la misma situación. La memoria del error es sana consejera, no para hundirnos en la desesperanza, sino para darnos fuerza en momentos de debilidad. Al mismo tiempo, aprendamos también de los errores que otros cometen para no cometerlos también. No digamos: «yo nunca seré así». Tampoco: «como tal persona puede haber hecho esto o lo otro». Ni condenemos. Aprendamos sin enjuiciar a los demás.

6. Fortalecer la voluntad

De nada nos sirve tener toda la información necesaria, poseer los criterios correctos para evaluarla, si luego no tenemos la fuerza de decisión para ejecutarla. Quizás nos ha pasado más de una vez que sabemos exactamente qué camino recorrer, pero nos fallan las fuerzas. Todo lo que nos ayude a fortalecer la voluntad nos ayudará a ser personas prudentes.