Ya perdí la cuenta, no sé cuántas veces le he preguntado a Dios ¿Qué quieres de mí?, ¿qué quieres que haga con mi vida? Seguramente muchos se han hecho estas mismas preguntas y aún no han encontrado respuestas.

El Padre Alberto Hadad, comparte en una charla TED, su experiencia de vida. La forma en que finalmente descubrió cuál era su vocación ¡En hora buena Padre! Sus palabras no son más que el reflejo de un corazón que ha encontrado a su alma gemela.



Estos son algunos de los puntos que más llamarón mi atención tras haber escuchado su testimonio.



Todos nos hemos preguntado alguna vez qué vamos a hacer con nuestra vida

Aja, todos. Puede que sin incluir a Dios, nos hayamos preguntado, qué carajos voy a hacer ahora que terminé de estudiar, que terminé la universidad, que me aburrí de este trabajo, qué voy a hacer con este constante vacío.

El Padre Alberto menciona que creía tenerlo todo: amigos, novia, familia, rumba, viajes, ¿no es eso a lo que le apuntamos todos? En ocasiones nos alivia la pena del otro y con esto no me refiero a encontrar gozo en el sufrimiento de los demás, sino en compartir cierta dosis de dolor.

Nos ha pasado innumerables veces a medida que crecemos, cuando estábamos en el colegio si no llevabas la tarea te preocupabas, claro, pero si te enterabas de que tu amigo tampoco la llevaba, te sentías aliviado, la preocupación disminuía y la pena era compartida.

Cuando sufrimos por amor y uno de nuestros amigos atraviesa la misma enfermedad de corazón roto, piensas ok, no soy el único, esto podría estar peor. Siempre nos sentimos mejor cuando compartimos bien sea una experiencia de alegría o de dolor con alguien. La charla del Padre Alberto es precisamente eso, un alivio, un bálsamo no solo para aquellos que como él, también han sido llamados a esta vocación, sino para todos nosotros, que buscamos constantemente respuestas.

Mis planes pueden ser maravillosos, pero ¿Qué hay de los planes de Dios?

La mayoría piensa que los sacerdotes son aburridos, hombres serios y desocupados a los que algo les falló y decidieron aislarse para vivir una vida «extraña». Resulta que la vocación sacerdotal debe ser tan respetada, admirable y valorada como la del matrimonio o como cualquier otra.

Los planes del Padre Alberto apuntaban a los de casi todos, estudiar, llegar a ser un buen profesional, alcanzar el éxito y por qué no, formar una familia. ¿Suena bien no? Irónicamente muchos de nosotros nos aseguramos de alcanzar cierto estilo de vida, trazamos estas ideas en nuestra mente con todo detalle, y se siente bien, pensar en que cosas maravillosas pueden ocurrirnos. Pero qué con Dios, ¿Será que está sentado en su trono asintiendo con la cabeza mientras yo divago mi plan?, ¿será que se burla de mi ignorancia? o ¿será que ha puesto en mi camino todas las señales y yo no he querido verlas?

Este tema es complicado, agotador, frustrante, pero todo funciona mejor cuando finalmente nos rendimos y acudimos a Él con el alma cansada o sedienta. El temor de algunos es imaginar que los planes de Dios pueden ser aburridos y tediosos y que por consiguiente es mejor hacerse el sordo, seguir como si nada, a mi modo, a mi manera, como a mí se me antoje.

Y aunque entre escuchar y obedecer exista un abismo ¡Qué buena es la vida cuando me dejo guiar por Dios!, ¡Qué ligera se hace la carga! Siempre me he preguntado si la gente que asegura ser absolutamente feliz sin Dios, realmente se siente así, ¿será que cuando se van a la cama después de un día largo en el trabajo no sienten que algo les falta?

Ese vacío que menciona el Padre, lo he sentido yo, muchas pero muchas veces y creo que aunque cada quién lleve un ritmo diferente en la fe, a todos nos toca en algún momento. Es como cuando en el jardín de niños la profesora dice «cada niño es diferente, todos avanzan a un ritmo distinto». Así nos ve Dios, como niños pequeños que quieren tenerlo todo ya pero que necesitan de alguien que los lleve de la mano.

¿Por qué a pesar de tenerlo todo me siento solo?

Esto puede que no lo admita el 90% de la gente, a nadie le gusta andar por ahí haciendo público el aviso de que se siente solo, cuando aparentemente nada le falta. Tal vez algunos mueran sin llegar a aceptar que ese vacío, ese no sé qué que se revolvía en el corazón, era Dios.

Aparentemente todo puede andar sobre la marcha, la rumba del sábado puede hacerme feliz algunas horas, el alcohol o las drogas pueden adormecer las tristezas, pero ¿y hasta cuando anestesiando los sentimientos?

El Padre Alberto menciona algo que me parece fenomenal «no hay duda de que Dios nos habla» Él lo hace, no precisamente bajando del cielo en una bata blanca resplandeciente, pero si lo hace a través de las personas que nos rodean, te habla cuando tu madre te aconseja con amor, cuando tu padre te reconforta, cuando un amigo te abraza, cuando tu pareja te dice «te amo» o cuando el hambriento te pide alimento.

Dios se manifiesta en la cotidianidad de nuestros días y nosotros somos los ciegos, los que a veces no queremos oír. Describir para a qué hemos venido al mundo, suena a tarea imposible y hay que aceptar que algunos han nacido con la misión clara, otros andamos en la búsqueda, en el camino, cayéndonos y levantándonos y a otros aún no les ha llegado la hora de saberlo. La seguridad con que el Padre Alberto habla de su encuentro con Dios puede servirnos a todos como impulso para animarnos a encontrar nuestra vocación.

«No me arrepiento ni un solo día de mi elección, no me arrepiento de que me hayan dicho que estaba loco o de no ser el hijo que mis padres querían que fuera».

Si andamos en el dilema existencial de no saber qué camino tomar, recordemos que no somos nosotros quienes elegimos a Dios, Él nos elige a nosotros. Tampoco debe importar que nos tilden de locos o que nos recomienden darnos una pasadita por el psiquiatra. Sin duda las palabras que el papá del sacerdote pronunció fueron las más sabias: «no te entiendo, no estoy de acuerdo, pero te voy a apoyar».

«Yo los elegí a ustedes y los destiné, para que vayan y den fruto y su fruto sea duradero» (Juan 15, 16)

Comparte este post con todos aquellos amigos y familiares a los que les hace falta una buena dosis de motivación, tal vez no para ser sacerdotes, pero sí para replantear su relación con Dios.

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