El documental que presentamos a continuación es una producción de Sinfiltros.com una asociación que apunta a realizar reportajes objetivos. Lo que me llamó la atención del documental es que presenta las dos caras de la moneda, y no solo una, sobre las NOMO, una generación de mujeres que ha decidido no tener hijos.

A este grupo de mujeres en realidad no pertenece un conjunto determinado por edades, es verdad que en su mayoría lo conforman mujeres nacidas a fines de la década del 70, pero cada vez se le unen mujeres de generaciones más jóvenes e incluso encontramos a algunas que pueden ser mayores.

Quisiera utilizar esta producción para plantear algunos interrogantes y abordarlos como cristianos a la luz de la fe. Debido a que el documental es bastante extenso, solo quiero centrarme en esto 5 puntos:

1. Hacer lo que quiera con mi cuerpo no incluye mutilarlo

Hay que entender que a las mujeres durante centurias prácticamente, no se les dio espacio ni autonomía sobre su propia vida. No vamos a entrar en detalle sobre lo que pasó porque el post no terminaría nunca. Lo cierto es que sufrimos innumerables injusticias a lo largo de la historia, y en las últimas décadas se han venido reivindicando.

Falsamente hemos creído o nos estamos creyendo de nuevo la idea, de que el hacer lo que quiera con mi cuerpo es una de estas necesarias reivindicaciones. Un derecho que a la mujer se le ha negado toda la vida. Aquí no se trata de si eres hombre o mujer, tu cuerpo no es tuyo como si fuera una cosa que puedas modificar a tu antojo, tu cuerpo es parte de quién eres, a través de el te das a conocer, a través de el amas, nutres, y tienes un propósito en la vida.

La maternidad, y la paternidad, son potencias del cuerpo de la mujer y del varón respectivamente. Significa que dentro de ellos reside esa posibilidad y mutilar tu cuerpo con una esterilización porque en algún momento de tu vida te convenciste de que no quieres tener hijos, no es la solución. Al cuerpo hay que amarlo en su totalidad, querer hacer con mi cuerpo lo que quiera sin tener temor a las consecuencias, no es nada más que una simple irresponsabilidad disfrazada.

Es querer tener relaciones sexuales sin el temor de convertirte en madre y bueno, eso es otra cosa. Eso es querer tu cuerpo parcialmente y solo utilizarlo para el placer personal. Que quieras que sirva para eso nada más no significa que sea así. Si siguiéramos esa línea de pensamiento, que de hecho muchas personas parecen seguirla, el cuerpo se va mutilando y transformando en algo que finalmente dejarías de reconocer, te perderías. No es que te conviertas en alguien porque tu identidad es algo que no cambia, tú eres tú siempre, cuando te mutilas simplemente te pierdes en un espejismo donde luego es muy difícil volverse a encontrar.

2. Si los anticonceptivos son dañinos y sabiendo esto los recetan ¿Dónde queda la libertad sobre el cuerpo?

Aquí este documental se metió un gol de media cancha y yo lo aplaudí de pie. Los anticonceptivos son dañinos para la salud de la mujer, no hay vuelta que darle, los riesgos son grandes y los efectos secundarios también, punto. Es claro que en un mundo que divorció la función reproductiva de la «sexualidad» humana, le convenga vender anticoncepción que atentan contra la salud de la mujer, para que luego venga con lecciones de no poder mutilar su cuerpo a su antojo. Estas son las contradicciones de una cultura que busca el placer por el placer y es asidua del facilísimo.

3. Como medico, tengo derecho a rechazar procedimientos que atentan contra la vida de otros

Los médicos, además del juramento hipocrático que su profesión les exige, tienen como finalidad curar el cuerpo, cuidarlo y velar por la salud de sus pacientes. Que un médico se niegue a mutilar un órgano porque no quieres tener hijos, nunca es un derecho que tiene. Un derecho que se escuda no en la tranquilidad de su conciencia solamente sino en que está pensando sobre todo en el bien del paciente que tiene al frente, un paciente sano que no necesita dicho procedimiento.

4. El que tengamos muchas opciones no quiere decir que la maternidad ya no sea un lugar de despliegue

Es cierto que en décadas y siglos anteriores la mujer tenía casi como único lugar de despliegue el matrimonio y la maternidad. Si bien hoy esto ha cambiado y sigue cambiando y las posibilidades son innumerables, no significa que el matrimonio y la maternidad hayan dejado de ser lugares de despliegue. Lo son y lo seguirán siendo.

Por un lado se habla de lo señaladas que se sienten las mujeres que eligen no tener hijos porque tienen otras inclinaciones más importantes para ellas, pero de la misma manera parece que a las mujeres que siguen sintiéndose desplegadas en el ámbito familiar se les vea de una manera distinta, casi inferior. Aquí hay un camino de reconciliación por recorrer. Lo profesional y lo familiar necesitan encontrar un espacio de convivencia y esto no solo es responsabilidad personal sino también social.

5. La maternidad es una capacidad femenina independientemente de que tengas hijos o no

Lo que dice la última mujer entrevistada, retirada que vive la tranquilidad de los años de descanso es algo muy sabio, dice que su maternidad se ha visto satisfecha en otros espacios como el espacio que comparte con sus sobrinos, a los que quiere como si fueran sus nietos. La maternidad es algo intrínseco de la mujer y siempre la realiza sea madre o no. Esa tendencia natural al cuidado, al nutrir y al bienestar, es algo tan profundo en la mujer que en algún momento de la vida sale y reclama su sitio. Es verdad que no todas somos llamada a ser madres, pero todas estamos llamadas a ser maternales.

«Es necesario hacer lo imposible para que la dignidad de esta vocación espléndida no se destroce en la vida interior de las nuevas generaciones; para que no disminuya la autoridad de la mujer-madre en la vida familiar, social y pública, y en toda nuestra civilización: en toda nuestra legislación contemporánea, en la organización del trabajo, en las publicaciones, en la cultura de la vida diaria, en la educación y en el estudio. En todos los campos de la vida». (San Juan Pablo II)