En las últimas semanas, los diarios de todo el mundo han volcado su atención al seguimiento del caso de Facebook, una de las redes sociales más populares, la cual cuenta con más de dos billones de usuarios. El escándalo surgió tras descubrirse que una compañía consultora británica llamada Cambridge Analytica, tuvo acceso no solo a la información privada, sino además a perfiles psicológicos de más de 80 millones de usuarios de esta red social que habían sido elaborados previamente por otros investigadores tomando como fuente los datos personales y distintos cuestionarios, que inicialmente tenían un propósito académico. Al parecer, dicha información fue posteriormente usada por la consultora con fines lucrativos y políticos, como la generación de noticias segmentadas dirigidas a ciertos grupos de personas que potencialmente pudieran inclinar sus intenciones de voto. El creador de esta red social, Mark Zuckerberg, admitió y ofreció disculpas la semana anterior ante el Congreso de los Estados Unidos porque no hizo lo suficiente para proteger la privacidad de los datos y evitar que estas herramientas se usaran para estos fines.

Lo cierto es que millones de personas siguen alimentando a diario las bases de datos de Facebook con información relacionada no solo con su edad, género; sino también con datos acerca de sus gustos, vidas, sueños e intereses, lugares que han visitado, personas con quienes han compartido y hasta productos que han adquirido.



Para nosotros, como cristianos, este tipo de situaciones no se deberían quedar en la polémica del momento, sino que nos deberían cuestionar de manera personal y luego comunitaria. Quizás podemos tener una pausa para reflexionar y preguntarnos qué podemos aprender de todo esto y qué oportunidades tenemos de dar testimonio en esta área.



1. ¿Cómo usamos nuestro tiempo?

¿Cuántas horas pasamos diariamente en las redes sociales intentando construir relaciones “virtuales”, y cuánto tiempo compartiendo con quienes tenemos a nuestro lado para construir relaciones “reales”? Con esto no quiero decir que no debamos hacer uso de las redes sociales. Por el contrario, la mayoría de nosotros ha experimentado cómo nos permiten acercarnos a familiares o amigos que viven lejos de nosotros, compartir momentos importantes de nuestras vidas y mantener vivos los vínculos que nos unen.

Las redes sociales son herramientas tecnológicas y, como cualquier herramienta, puede ayudar a edificar o a destruir, todo depende de cómo las utilizamos. Por ejemplo, cuántos de nosotros no hemos descuidado en alguna ocasión nuestras responsabilidades cotidianas como el estudio, el trabajo u otras situaciones por estar pendientes de cuantas personas le dan “me gusta” a alguna publicación nuestra, por saber qué comentaron al respecto o por pensar cómo debemos responder a esos comentarios. El papa Francisco nos enseñaa en su última exhortación apostólica «Gaudete et exsultate»: «Los mismos recursos de distracción que invaden la vida actual nos llevan también a absolutizar el tiempo libre, en el cual podemos utilizar sin límites esos dispositivos que nos brindan entretenimiento o placeres efímeros».

2. ¿En las redes sociales, somos considerados un producto más o personas con dignidad?

Quizás la velocidad y la cantidad de información que llega a nosotros cada día a través de las distintas redes sociales nos puede llevar a olvidar que estamos hablando de seres humanos, de personas con historias de vida, familias, sueños y propósitos; personas que son mucho más de lo que podemos ver en una foto, un video o un post.

Esta es una oportunidad para preguntarnos si nosotros mismos hemos caído en el engaño de ver a otros como “productos” en las redes, de reconocer a los demás en términos de la ropa que usan, los lugares en donde han estado, los bienes que han adquirido, etc., y no por sus cualidades o valores.

3. El interés desmedido en ser reconocido y tener “likes”

Para muchas personas, el deseo de tener un mayor número de “me gusta” puede convertirse en una búsqueda constante de publicar situaciones o momentos de su vida que para otros podrían ser considerados algo más personal o privado, lo cual puede generar problemas en nuestras relaciones con los demás. Muchas veces somos nosotros mismos quienes abrimos la puerta para que se pueda saber más de nosotros, a través de la información que publicamos y que compartimos a través de las aplicaciones y los juegos en las redes sociales, y no por medio de la interacción cotidiana y personal con nuestros familiares y amigos.

Finalmente, creo que cuando hablamos de tecnologías y redes sociales, vale la pena recordar que debemos ser «astutos como serpientes y mansos como palomas» (Mateo 10, 16). Estamos llamados a ser astutos para no dejarnos confundir por las corrientes del momento o por nuestras propias emociones, sino más bien para hacer uso de estas herramientas para apoyar al otro y para salir al encuentro de los demás. Estamos llamados a ser mansos de corazón en la manera como nos relacionamos, especialmente con quienes piensan distinto.