maquillaje de niñas

El maquillaje suele ser la debilidad de varias de nosotras. Sin temor a equivocarme, diría que es una debilidad que nos persigue desde pequeñas. ¿Quién no pidió por el cumpleaños o deseaba en secreto que le regalaran uno de esos kits de maquillaje para niñas?

¿Recuerdan los labiales con forma de fresas y aromas frutales tan penetrantes? ¿O los lipsticks de Fanta y Coca-Cola que olían maravilloso? ¡Qué nostalgia! Regreso al pasado en un instante y vuelvo a vivir la emoción de maquillarme frente a espejo y sentirme grande.

Un juego de roles

Han pasado ya varias décadas. Guardo en mi corazón mucho cariño por esos juegos de niña en los que soñaba ser grande y linda como mi mamá, sofisticada como mis tías o tan señorial como mi abuela que pintaba sus labios de rojo con una exactitud y ritmo casi hipnotizantes.

El maquillaje era parte importante del juego de roles, de niñas; jugábamos a ser grandes, a ser otras. Soñábamos con los modelos que queríamos imitar, aprendíamos a relacionarnos. Creábamos historia y cuentos.

Cuando me maquillaba frente al espejo soñaba con las cosas que podría hacer de grande. Había días en lo que soñaba que era una ejecutiva que viajaba por el mundo. Otras veces que era una señora potentada que mandoneaba a todos.

A ratos era simplemente esa chica guapa que acababa de entrar a la universidad (¿recuerdan el maquillaje de los 80?). Otras veces agarraba mi reflejo a besos y pensando en ese amor que me querría enloquecidamente, con el que me casaría vestida de blanco y tendría muchos hijitos. Era una época donde todo, en mi imaginación, era posible.

El maquillaje, un juego que sigue siendo de niñas

Ahora que soy adulta, el maquillaje me sigue gustado, aunque mi relación con él ha cambiado bastante. Ya no sueño tanto y la madurez me ha hecho disfrutar de los varios efectos que con él puedo causar.

Sephora ha sido una parada inevitable y me he sentido casi tan dichosa como en una tienda de dulces. Madre de dos niñas, he observado la misma cara de felicidad de ambas al pasear por esos pasillos infinitos de maquillaje de colores, brillos y pociones casi «mágicas».

«¿Mamá me lo compras?».  ¿Qué tendría de malo ceder ante tal pregunta?

El fenómeno «Sephora Kids»

¿Qué es esto de las Sephora Kids? ¿En qué cambió el juego desde que éramos pequeñas? Sephora Kids un término acuñado para definir el fenómeno social que está ocurriendo con niñas menores de 12 años que, motivadas por lo que consumen en redes sociales, se han vuelto (con la autorización de sus padres) en asiduas visitantes y consumidoras de productos de cuidado de la piel y maquillaje.

A diferencia de los juegos de roles, esta tendencia, lejos de soñar con un futuro o permitirnos desarrollar habilidades sociales, va directamente en contra de la recta valoración y la autoestima de nuestras niñas, especialmente.

Es una tendencia que nace fuertemente de la imitación de aquello que las redes sociales dictan. No hay una reflexión previa, ni espacio a la creatividad y ni a ser crítico. El sueño de las niñas no tiene que ver con quiénes son, sino más con el «forzarse a ser» lo que otros quieren o esperan.

Necesitan ser perfectas, queridas y aceptadas a través de los miles de «likes» que puedan lograr.

Autoestimas desestimadas 

Sí, nosotras también jugábamos con maquillaje de pequeñas, pero la razón de fondo era muy distinta a la que hoy mueve a nuestras niñas. Algunas marcas de cosméticos como Lush (que desde el 2021 cerró sus redes sociales, denunciando lo que el algoritmo les hacía a niños y adolescentes) advierten de los efectos tan perjudiciales a lo que nuestras niñas están expuestas. 

La presión por alcanzar una belleza inexistente convierte a nuestras niñas en víctimas de una violencia estética que, como adultos, parecemos desestimar. ¿Será que nosotras también hemos caído bajo ese mismo hechizo?

No es solo que la autoestima se deteriora y nuestras niñas se hipersexualizan, pareciera que su valor como seres humanos hubiera sido secuestrado. De pronto, esas preguntas existenciales tan importantes para su desarrollo desaparecen o pierden importancia.

Ya no importa cuestionarme «¿quién soy?». Ahora importa simplemente lo que otros quieren o esperan que yo sea. Pierden el tiempo soñando con aquel ideal de perfección estética y poco tiempo le dedican a descubrir aquello que les ha sido dado y que las hace únicas, irrepetibles, insustituibles.

El tema es sumamente complejo y sobre esto podríamos escribir una tesis que, de seguro, ya alguien está escribiendo y que ojalá nos dé el tiempo de leer

Mientras salen los estudios, las estadísticas se aclaran y ojalá una reglamentación para las Big Tech se establezca, como padres necesitamos poner el ojo y construir barreras de protección para nuestros hijos, con especial atención en nuestras niñas.

Aquí algunas ideas.

1. No temas decir «no»

Ser un buen padre no significa hacer todo para que tus niños estén contentos y no sufran. En ese intento de que sean felices, de darles todo, de que no se traumen o de esa crianza respetuosa que tan mal hemos aprendido, les estamos haciendo daño.

Si no aprendemos a decirles que no, y dejamos que se frustren y que puedan ser capaces de procesar emociones como el enojo, la frustración y la tristeza, estaremos incapacitándolos para la vida. 

2. Retrasa el acceso a las pantallas

Lo hemos escuchado, leído, releído, pero ¡qué difícil puede ser decirles «no»! Retrasemos ese inicio lo más que podamos, sí, es posible. Y cuando finalmente demos un celular o una tablet, no los dejemos a merced de ellos.

Naveguemos juntos, usemos un control parental para filtrar contenidos apropiados a su edad. Establezcamos horarios, sin miedo.

Nuestros hijos, mientras más acostumbrados estén a los límites establecidos por unos padres respetuosos y que los aman, más fácilmente los aceptarán y comprenderán que esos límites están ahí porque son hijos amados por sus padres, porque lo valen, porque son importantes.

3. Supervisa lo contenidos que tu hija ve

No seas ingenuo y confíes ciegamente en la madurez de tu niña, recuerda que es ¡una niña! Monitorea periódicamente que es lo que consume en pantallas (películas, series, youtubers, canales de YouTube, etc.).

No con la obsesión de controlar cada paso que dé, sino con el objetivo de llegar a tiempo (ojalá antes) a situaciones que vulneren su integridad psicológica principalmente y de conocerla cada día más.

4. Cuestiónala (no la sermonees) y enséñale a pensar 

Enséñale a pensar por sí misma. Pregúntale sobre sus gustos, o abre conversaciones sobre situaciones que nos pasan en el día. Pídele su opinión sobre temas cotidianos. ¿Tú qué piensas?, ¿qué hubieras hecho?, ¿por qué te gusta este programa? Y sobre todo escucha sus respuestas.

Enseñar a pensar a un niño, a cuestionar lo que ve y a razonar es un gran regalo que les damos y una excelente barrera protectora de su ser persona.

No la sermonees y ni le des todas las respuestas. Si la sermoneas perderás su atención y si le das todas las respuestas, la incapacitas para pensar por ella misma y hacerse responsable de sus propios actos. La inhabilitas para descubrirse y maravillarse con quien ella es.

5. Pasa tiempo en cantidad y calidad con ella

Pasa tiempo con tus hijos y para que sea de calidad tiene que ser necesariamente en cantidad. Sí, estás cansada/o y el trabajo te agota, pues bueno, no te olvides que tu mayor responsabilidad es tu familia antes que el dinero que ganas para sostenerlos. Date un tiempo diario para estar con ellos, conocerlos, hacerles ver que estás ahí.

Escúchalos, juega y por sobre todo enséñales con el ejemplo. Si tú estás a merced del qué dirán, del cuidado personal excesivo, si vives a merced de los «grandes» influencers de la moda… No esperes que tu hija no lo esté.

El tiempo que pases con tus niños les enseñará que valen la pena, que son amados, que nunca estarán solos y que no dependen de la aceptación o likes de otros para ser valiosos.

Ahora date un tiempo con tu hija y de pronto enséñale a jugar como lo hacías tú cuando eras pequeña.

«…educar es una tarea laboriosa, en ocasiones es ardua para nuestras capacidades humanas, siempre limitadas. Pero educar se convierte en una misión maravillosa si se cumple en colaboración con Dios, que es el primer y verdadero educador» (S.S. Benedicto XVI)