¿Alguna vez has esperado algo con ansias? Puede ser una fecha importante, recibir un paquete, un mensaje o llamada telefónica.

También están esas esperas profundas, esos anhelos del corazón, que son más pausados y no tan evidentes. Esperar a alguien que aún no conoces, anhelos inmensos de encuentro, de plenitud. 

Hoy, después de las largas cuarentenas que todos hemos vivido, la espera hace más sentido. Hay días en que esperar, desespera. Parece que el tiempo no pasa y la jornada se hace larga o tediosa por más que se ama a ese otro que esperamos.

Te invito a ver «Maïja» un corto animado sobre una pequeña niña, su barco de madera y la espera ansiosa por la llegada su padre que está en altamar.

Una historia sobre la esperanza cristiana

La esperanza cristiana es una virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo, el papa francisco nos recuerda las palabras de san pablo (romanos 5:5): «la esperanza no defrauda; no es una ilusión».

Hoy, más que una catequesis o una charla de las virtudes teologales, te quiero compartir una breve historia personal de cómo vivo a la espera de un encuentro a propósito del corto animado.

En 2020 tenía que viajar desde Chile (mi país) hasta España, para una experiencia con mi comunidad. Lógicamente por contingencia sanitaria se cancelaron vuelos, cerraron fronteras y aeropuertos hasta nuevo aviso, lo que en mi cultura significa: «no tenemos idea hasta cuándo».

Tenía los pasajes, pasaporte, visa, seguro y certificado médico etc. Lo necesario según las indicaciones de la autoridad sanitaria y de extranjería. Indicaciones, por supuesto que iban cambiando según avanzaba la pandemia. Entre confinamientos, cuarentenas, aeropuertos abiertos, luego cerrados, vacunas, dosis y más requerimientos ya van dos años de cancelaciones y espera. Y el apostolado al que voy, suspendido hasta nuevo aviso.

La espera de un encuentro que parece no llegar

Al principio estaba bien, tranquila y confiada, como Maïja que espera a su padre que va y viene por su trabajo en altamar. Seguí con mi rutina lo más posible, alegre, pensando será unos meses y ya. Si Maija miraba por la ventana buscando una señal del regreso de su padre, yo miraba el noticiero por si ya podría salir del país.

Pasaron los días, las semanas y los meses, no había Misa, ni mes de María, la comunidad no se podía reunir, tú y yo vimos al papa Francisco solo, bajo la niebla gris de Roma, en la plaza de san pedro totalmente vacía, solo estaba él y la cruz del Señor. Vivimos esa cuaresma, y esa semana santa desde la virtualidad.

¿Lloré? Sí, no hubo cenizas, ni ramos, ni cirios, ni cena, ni abrazos de feliz pascua. Estaba dolida, lo extrañaba a Él, quería ir a verlo y la capilla permaneció cerrada hasta nuevo aviso.

No recibí la comunión como en 5 meses y ya no estaba tan tranquila ni tan contenta, pero aún miraba la ventana buscando señales de un próximo encuentro.

Llegó octubre, había podido ir a algunas misas, estaba tranquila, me había confesado y la situación se había calmado. ¿Te has fijado que cuando se va a desatar una tormenta a esta la precede un aire tibio y una tensa calma? 

Así como la tormenta que se desató en altamar que movía la barca donde estaba el papá de Maïja, en mi país no solo nos volvían a confinar, quemaron iglesias, no había misa otra vez, quedé sin trabajo y tuve que mudarme a vivir con mi familia, después de 18 años viviendo sola.

El arte de ocupar el tiempo para no desesperar

Maïja para pasar el tiempo, jugaba, espantaba gaviotas y contemplaba el mar. Yo en mi espera, bordaba, leía, contemplaba vidas de santos y no entendía por qué Teresa de los Andes hablaba de alegría infinita.

Fui pésima discípula de santa teresa de Jesús que me debe haber visto harto turbada y espantada. Un día, le dije al Señor, «señor mi barca se hunde, hay tormenta y Tú duermes o te haces el dormido»

Y si Maïja ya no quería espantar a la gaviota, y dejó de mirar por la ventana buscando señales, yo no tenía ánimos para leer, ni siquiera a santa Teresa de Jesús.

Un faro en la tormenta

Pero en la tormenta, hay un faro, que alumbra a quienes están en alta mar, para dar dirección e indicar dónde hay tierra y seguridad. Yo tuve esa misma impresión de tener un faro que me iluminaba, que me guiaba y llevaba a puerto seguro.

¿Sabes cuál es  verdad?  La cruz. Antes te mencioné al papa Francisco y la cruz en la soledad de la plaza de san Pedro:

«La Cruz de Cristo es como un faro que indica el puerto a las naves todavía en el mar tempestuoso. La Cruz de Cristo es el signo de la esperanza que no decepciona; y nos dice que ni siquiera una lágrima, ni siquiera un lamento se pierden en el diseño de salvación de Dios. Pidamos al Señor que nos dé la gracia de servirle y de reconocerle y de no dejarnos pagar para olvidarle.» (Papa Francisco)

Tanto consuelo encontré en la cruz, y tanta alegría en la soledad que aunque mi barca se hundía, tenía la certeza que el Señor era capaz de calmar cualquier tempestad. 

Una madre en la espera

Maïja es una niña, no puede vivir sola, no se puede alimentar, ni cuidar, ni abrigar. Su madre sale poco en escena de este corto, es una madre en el silencio, casi en el anonimato.

Yo también tuve una Madre que esperó conmigo, que me cuidó y sigue cuidando, que me abriga y da consuelo, le da ritmo a mi espera, como olas del mar en calma que van y vienen, un ritmo constante y que tranquiliza. María, Madre mía.

«¿Que no estoy yo aquí que soy tu madre?» Ese oleaje tiene mi vida, a ritmo de rosarios, aprendí a contar el tiempo en avemarías, a contemplarla a ella, en la espera, ella es todo silencio, no hace preguntas, no exige nada a Dios, porque conoce su tiempo, es humilde y serena, ella sabe que el protagonista es Dios.

Yo sola hubiera muerto, pero quiso el señor darme esta Madre, quien estuvo a los pies de la cruz, para que esperase conmigo.

El encuentro final

Maïja al final se encuentra con su padre, se abrazan, su espera, su alegría, miedo, cansancio, paz, tormenta, luz quedaban atrás y luego el anhelado y amoroso abrazo de quienes se extrañan.

Por mi parte, el Señor, tan misericordioso, me ha sorprendido el día de san Juan de la Cruz. Me dieron nuevas indicaciones de extranjería, y ha sido el mismísimo día de la Epifanía que han llegado mis nuevos pasajes con otra fecha y es para Pascua.

Espero abrazar a mi comunidad que ya harto me han esperado, y me hacen sentir así también, querida y esperada. Su cariño es muestra del amor del señor. 

No sé qué pase de aquí en más. Solo sé que en lo que me resta de vida, hasta que llegue al encuentro con el Padre, la cruz mi faro y María mi madre, la que espera conmigo. Esta experiencia me lo viene enseñando

Ni la tormenta, ni la lluvia, ni la niebla, ni el miedo, podrán separar a esta pequeña niña del anhelado abrazo con su padre que con amor eterno la ha esperado.

¿Esperas tú también al Padre?

Artículo elaborado por Paulina María de la Cruz.

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