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«Los hijos son únicamente y siempre una bendición. No son posesiones, ni lo que vamos a adquirir después del carro, la casa y el perro. No son un gasto extra en el presupuesto. Son un regalo que se nos ha dado gratuitamente. Los hijos no son lo siguiente en los planes, una vez que la pareja está bien establecida y puede «permitírselos». No son el próximo proyecto, una vez que la pareja ha conseguido arreglárselas con los cuidados que necesita el perro y se siente preparada para «un paso más». Los hijos no son algo que se merezca una pareja solo porque sean mejores que las demás personas. No son algo a lo que tengan derecho las personas si son buenas o ricas. No tienen valor porque se lo demos nosotros. Tienen valor en sí mismos porque son creados por Dios. ¡Son puro don!» — Kimberly Hahn.

1. Es importante que el primer hijo sea pronto en el matrimonio

Porque ayuda a las personas a entregarse, a ser generosas, a no ser egoístas. Es mucho más difícil para los esposos que dejan pasar mucho tiempo, acostumbrarse a un hijo que llega a su vida. Porque se ha convertido en una vida de pareja y no en una vida de familia. ¡Hay que animar a todos los matrimonios jóvenes a que tengan hijos pronto!

La obsesión por casas estupendas, viajes, muebles hermosos y buenas vacaciones es algo peligroso en el matrimonio. Puede alimentar el egoísmo y crear hostilidad hacia la idea de los hijos, de muchos hijos. Debemos considerar qué es lo verdaderamente importante en la vida. «Las cosas son importantes, pero la gente lo es más».

La paternidad responsable implica que la vida sea un bien en sí. Un regalo de Dios. Los hijos no son una amenaza, ni una carga. Los hijos son una riqueza. Y el primer efecto de los hijos es que los padres se quieran más entre sí.

2. Nadie puede decir que tantos hijos son «muchos» o «pocos»

Hay que ser generosos y confiar en la generosidad de Dios. No pondremos límites a la voluntad de Dios, así como no cerraríamos los brazos a un regalo y una gran bendición. Hay muchas personas que se arrepienten de no haber tenido más hijos. En cambio, nunca he escuchado a una madre de cinco, por ejemplo, decir: «Me hubiera gustado no tener los últimos dos».

Las familias numerosas tienen una gran oportunidad para enseñar a los hijos a crecer en las virtudes. A permitirles entender que las cosas materiales no son lo más importante. Descubren la alegría de compartir y de tener hermanos. Desarrollan la voluntad y la generosidad.

Las mamás de familias numerosas no me dejarán mentir. Es mucho más fácil organizarse con tres o más hijos, que con uno o dos (aquí puede empezar la avalancha de críticas). A veces la frustración aparece porque no sabemos cómo imponer disciplina a los hijos, no por el número de hijos que tengamos. Puede producirse un caos con dos hijos y puede reinar el orden con 10. Lo digo sin ánimo de hacer entender en este artículo que debemos tener 10 hijos para que todo sea más fácil. La maternidad nunca es fácil, pero con el amor de pareja y la gracia de Dios, todo es posible.

3. La dicha de tener hermanos

La gente cree que, si hay pocos hermanos o se llevan muchos años entre ellos, pueden evitar que se peleen. Por el contrario, los hermanos que han nacido muy seguidos comparten mucho más: intereses comunes, planes, y con frecuencia, amigos. Tener pocos hermanos puede disminuir los conflictos, pero también disminuye la alegría. En vez de eliminar la alegría, debiésemos eliminar nuestra incapacidad para resolver conflictos y educar a nuestros hijos con disciplina asertiva. Si el Señor te bendice con muchos hijos, también te dará la fuerza que necesitas para recibir a cada uno con alegría, si le dejas.

Una vez una persona le dijo a otra: «Solo tendremos un hijo, pero le vamos a dar de todo». Y la otra respondió: «De todo, menos hermanos». ¿Desde cuándo es lo mejor para nuestros hijos darles todo lo que quieran? Eso puede ser muy contraproducente. Podríamos conducirles al fracaso en el matrimonio y al fracaso en la vida.

Los hermanos, por otro lado, les obligan a compartir, a dar, a servir y a sacrificarse. Los hijos desarrollan la virtud mientras aman, tienen conflictos y resuelven los problemas juntos. Desarrollan el carácter aprendiendo qué significa amar a otros sin egoísmo, en vez de coleccionar juguetes de manera egoísta, sin conocer la alegría que hay en dar. ¡Los hermanos son el mayor regalo!

4. «No podemos permitirnos tener otro hijo»

La verdadera pregunta es: ¿Qué valoramos? ¿Cuál será nuestra forma de vida? Qué triste tener que elegir entre ropa de diseño para dos hijos o compartir ropa y poder afrontar un tercero. ¡Qué pobreza valorar las cosas más que a las personas! En lugar de decir «no podemos permitirnos un hijo más», qué tal decir: «no podemos permitirnos decir no a la vida».

Qué lindo sería que más gente hablara sobre las bendiciones de los hijos en vez de sobre las cargas. Con frecuencia mucha gente hace comentarios poco agradables sobre las familias numerosas, porque no lo entienden. Pero la fertilidad no es una enfermedad que tenga que ser curada. La anticoncepción es veneno para nuestra alma y para nuestro matrimonio.

«Las decisiones sobre el número de hijos y los sacrificios que han de hacerse por ellos no deben tomarse solo desde la comodidad y la vida tranquila. Elevando este problema ante Dios, con la gracia recibida a través de los sacramentos y guiados por las enseñanzas de la Iglesia, los padres tendrán claro que, definitivamente, es menos importante negarles a sus hijos ciertas comodidades o ventajas materiales que privarles de la presencia de hermanos, que les pueden ayudar a crecer en humanidad y a apreciar la belleza de la vida en todas sus etapas y variantes». — San Juan Pablo II

Artículo elaborado por Fátima de Longo.


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