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«Recemos para que el Señor nos dé la gracia de vivir en plena fraternidad con los hermanos y hermanas de otra religión, y no andar peleando». Este es el mensaje central del video del papa Francisco que les compartimos hoy.

Y al verlo fue inevitable que pensara en lo que había presenciado hace unos días, cuando escribí otro artículo recomendando la canción «Amén», de la familia Montaner.

Cuando empecé a leer los comentarios no podía creer el descontento que reinaba en el 80% de las conversaciones. Mucha gente se sentía ofendida, disgustada, enojada, verdaderamente molesta y enfurecida porque había recomendado una canción de nuestros «hermanos separados».


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¿Hermanos separados? Me pregunto qué pensará Dios de este concepto, de esta frase tan usada que nos inventamos, de estas dos palabras que molestan a tantos en las conversaciones.

Se nos olvida que todos somos hijos del mismo Padre, todos merecemos su amor y lo más importante aún, todos necesitamos su perdón.

¿Dónde está la caridad de la que tanto hablamos los católicos?

Me duele la reacción de algunos católicos cuando se habla de otras religiones. «Esa canción es horrible porque viene de hermanos separados», «yo eso no lo escucho porque es de una secta», «me quedo con las alabanzas de mi iglesia y rechazo estas canciones que ofenden a mi Dios».

¿Acaso por miedo o simple rechazo no prestamos la atención a esa letra? «Amén» no iba contra ninguna de nuestras creencias, no insultaba a nadie y sigo pensando que es una canción hermosa.

Dejando atrás este notable pero no sorprendente acontecimiento, me pregunto: ¿dónde está la caridad, el amor y la misericordia de la que tanto hablamos?, ¿dónde queda lo más mínimo que es el respeto hacia la otra persona?

¿Por qué nos empeñamos en insultar, agredir, rechazar y menospreciar al que no piensa igual que nosotros?, ¿haría lo mismo Jesús? Esta última es la pregunta más importante: ¿lo haría Jesús?

Para mí este interrogante es un salvavidas en muchas ocasiones, especialmente en las que nos llenamos de rabia. ¿Cómo reaccionaría Jesús?, ¿qué le diría a la otra persona?, ¿cómo la trataría?

Respeto y caridad con el que piensa distinto

Seguramente muchas personas mientras me leen están moviendo la cabeza con desaprobación. Y quisiera plantear aquí un ejercicio: imaginemos que vamos caminando por un puente y vemos a lo lejos a una persona que se encuentra de pie, al borde.

Nos asalta el miedo, miramos atrás, a la izquierda, a la derecha y confirmamos (para aumentar el pánico) que estamos solos. No hay nadie más, solo esa persona con la intención de saltar y quitarse la vida, y nosotros.

¿Qué hacemos? Lo primero que se le ocurriría a cualquiera que goce de sentido común es caminar despacio y tratar de ayudar a esa persona. ¡Pero un momento! Antes, como soy católico, le tengo que hacer la pregunta del millón: ¿Disculpa, sé que estás ahí a punto de suicidarte, pero me podrías decir si eres católico?

Es que si no lo eres, pues no puedo ayudarte… La persona nos mira con la mejor mueca de sorpresa que se puedan imaginar. «No, no soy católico». Entonces ¡perdió! Se puede tirar del puente, a mí no me importa, lo siento mucho por él, rezaré por su alma en el camino y ya está.

Lo dejo morir porque no piensa como yo, porque es un «hermano separado» y porque no merece nada de mí. ¿Será que haríamos eso?, ¿será que Dios le daría el empujoncito porque además antes era judío y luego prefirió ser ateo?

¡No! Todos merecemos respeto, todos merecemos perdón, amor, misericordia, todos cometemos errores. No estoy diciendo aquí que sigamos y apoyemos las creencias de las otras religiones, pero sí que tengamos respeto, que pensemos que el otro también es hijo de Dios.

En palabras del papa Francisco

«La Iglesia valora la acción de Dios en las otras religiones, sin olvidar que para nosotros, la fuente de la dignidad humana y de la fraternidad, está en el Evangelio de Jesucristo».

«Las religiones, si no buscan caminos de paz, se niegan a sí mismas. Solo pueden construir puentes, en el nombre de Aquel que no se cansa de unir el cielo y la tierra.

Nuestras diferencias no deben, por tanto, ponernos unos contra otros: el corazón de los que creen de verdad nos exhorta a abrir, siempre y en todas partes, los caminos de la comunión».

«Nosotros aquí, juntos y en paz, creemos y esperamos en un mundo fraterno. Queremos hombres y mujeres de diferentes religiones, dondequiera que se reúnan y creen armonía, especialmente donde hay conflictos.

Nuestro futuro es vivir juntos. Por eso debemos liberarnos de las pesadas cargas de la desconfianza, el fundamentalismo y el odio».

Esforcémonos por ser más fraternos, más solidarios, más amorosos con nuestro prójimo, sin que esto signifique nunca en ir en contra del evangelio.

«¿Eres de otra religión? Vale, no pensamos igual, no comparto tus ideales. Pero no por eso voy a ir en contra de lo que la Madre Iglesia me ha enseñado, no voy a dejar de defender y creer en la Virgen, y no voy a dejar de respetarte y ayudarte si lo necesitas».

Fraternidad: qué es y cómo vivirla según el papa Francisco