santo tomás apóstol

Santo Tomás apóstol es uno de los doce discípulos escogidos por Jesús para su gran misión de evangelización. Para nosotros, su testimonio de vida es un ejemplo de valentía, pues no duda en acompañarlo en sus misiones y decir con convicción que lo haría hasta la muerte (Juan 11,16). Sin embargo, también como muchos de nosotros, su fe la anudaba a tener certezas y pruebas, para así apaciguar las dudas que asaltaban su mente.

Este apóstol, a pesar de su coraje, es mucho más conocido por su incredulidad, pues una vez sus compañeros salieron a contarle que ya habían visto a Jesús resucitado por primera vez en el cenáculo, Tomás, que no se encontraba con ellos, no creyó, y con dudas y ganas de evidencias, exclamó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no introduzco mi mano en la herida de su costado, no creeré» (Juan 20, 25). ¡Qué fuerte! ¿No? Así a veces somos también nosotros.

Sus dudas se esfumaron cuando, tan solo ocho días después, dicen las escrituras, Jesús se les aparece de nuevo y le indica directamente a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Juan 20, 27). De modo que Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío».

Una frase exclamada con amor, con bondad, entregándose todo y por todos, hasta podríamos decir que pidiendo perdón. Tomás nos dejó esa frase también a nosotros como regalo, no solo en el momento de la adoración, sino precisamente en el momento de duda, de soledad y de debilidad espiritual.

Entendiendo la personalidad de Santo Tomás apóstol y viéndonos reflejados en él, es Jesús quien ahora nos dice: «No seas incrédulo… porque me has visto has creído. Deja de negar y cree». Y es que la duda también nos asalta a nosotros, es una característica propia del ser humano querer comprobar, querer tocar, tener certezas. En consecuencia, el Señor nos enseña: «Dichoso el que ha creído sin haber visto» (Juan 20,28).

Partiendo de esta duda y esta crisis hasta de fe que tuvo Santo Tomás, meditemos en tres ideas relevantes que nos ayudarán a vencer la incertidumbre y el escepticismo en nuestra vida.

1. La fe como garantía de lo que se espera

La fe es precisamente creer y tener la plena certeza y convicción de lo que se espera y no se ve (Hebreos 11,1). Tener fe es tener esperanza, tener confianza y trabajar por eso que aún no vemos.

Para nosotros, como creyentes, es tener la plena convicción de que aunque no veamos nada, no entendamos o estemos en medio de duda u oscuridad, es Dios quien nos acompaña.

Él nos cuida, nos rescata y trabaja junto a nosotros para esperar con paz y paciencia aquello que aún no tenemos. Aquello que se dará en sus tiempos y bajo su santísima voluntad.

Para poder entender esto, es importante pedir y comprender con el corazón y no solo con la razón el don de la fe. Y este don debemos pedirlo acompañado del discernimiento, pues no todo se nos dará. Es Jesús quien nos conoce y nos proveerá aquello que nos conviene, en el momento adecuado y con el objetivo de que le haga bien a nuestra alma.

2. Búsqueda incansable de la verdad

Jesús nos enseñó con su testimonio a tener una vida ordenada y congruente. Esto significa que nos invita a que seamos la misma persona tanto en el ambiente de iglesia como familiar o social.

Además, Jesús se llama a sí mismo «camino, verdad y vida». Siguiéndolo a Él, seguimos a la verdad misma y, conjuntamente, nos ha prometido que la verdad nos hará libres. Pero ¿libres de qué?, nos podemos preguntar.

Libres de prejuicios, libres de dudas, de ataduras, de falsas creencias, de falsos querer. Libres de nuestra propia voluntad, de nuestros egoísmos, libres de querer tener la razón y de no dejar a Dios ser Dios. 

3. Santo Tomás apóstol nos enseña a ver con el corazón

santo tomás apóstol

Hace poco, en una homilía, escuchaba a un sacerdote que nos decía: «son importantes los momentos de soledad, pero entienda que jamás se está totalmente solo, estamos a solas con El Señor». Y esto es porque, aunque no vemos, creemos. Aunque no vemos, apostamos y afirmamos que Jesús está cerca de nosotros como lo ha prometido. Confiamos en que nos ha dejado su santo espíritu y, adicionalmente, se ha quedado en un pedazo de pan. ¡Qué gran locura de amor!

Qué intimidad y paz se siente en el alma, cuando ante la duda, se vive la certeza de que el Señor está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Para nuestro Padre Dios, no somos uno más.

Cada uno de nosotros es ese hijo único y valioso al que se le ha encomendado una misión importante, así como lo hizo con cada uno de los apóstoles. Él no esperó a que los apóstoles estuvieran listos, Él simplemente los llamó y los formó.

La misión que Jesús nos encomienda no es tan exagerada o gigante como a veces la recreamos en nuestra mente. La misión la vivimos y la descubrimos cada día. Es como un regalo que vamos destapando y disfrutando poco a poco, teniendo la plena confianza y seguridad de que es Jesús mismo quien nos acompaña. Y que gracias a Él, nuestras dudas también serán disipadas y se convertirán en certezas.