
Hace un par de años, me encontré con un libro de esos que se convierten en un tesoro en el camino de la fe: El arte de la vida sana: La hemorroísa y el sendero de la salvación, de Fabio Rosini. En ese momento, ya venía recorriendo un proceso de reencuentro con el Señor y de sanación personal, de modo que sus páginas llegaron como una confirmación y una guía en mi camino.
La historia de la mujer con flujo de sangre —mejor conocida como «la hemorroísa»— es, para mí, un testimonio poderoso del deseo que tiene el Señor de sanarnos y regalarnos una vida de libertad y plenitud. Su fe audaz, su valentía para acercarse a Jesús y la transformación que experimenta nos hablan de un Dios que no solo puede sanarnos, sino que anhela hacerlo.
En este artículo, quiero compartir algunas reflexiones basadas en la obra de Rosini, inspiradas en esta mujer admirable. Que su historia nos ayude a transitar nuestro propio «sendero de salvación», confiando en que el Señor está siempre dispuesto a restaurarnos y darnos una vida nueva.
Jesús, la verdadera fuente de vida y sanación

Antes de adentrarnos en el drama de la hemorroísa, es importante recordar que el Evangelio de Marcos (Mc 5, 21-43) nos relata la historia de dos mujeres en un solo pasaje: una niña, hija de Jairo, jefe de la sinagoga, y una adulta, la mujer que padecía flujo de sangre. Rosini nos presenta varios paralelismos entre ambas mujeres, pero el principal se hace bastante evidente: ambas están perdiendo la vida.
El pasaje inicia con la petición de un padre. Jairo acude a Jesús «y, al verle, cayó a sus pies, y le suplicaba con insistencia, diciendo: “Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva”».
Un dato interesante es el nombre de Jairo, que viene del hebreo Yair, y que significa «Dios ilumina». Sobre este padre desesperado, dice Rosini: «Parece estar en tinieblas, pero quizás en ese momento es cuando más necesita ser ‘iluminado’». Aquí ya encontramos un primer elemento esencial: la luz de la sanación no viene de nosotros mismos, es Otro quien ilumina nuestras oscuridades. Es Otro quien nos sana.
Un segundo elemento es la petición de la imposición de manos. En la tradición judía, este era un gesto de bendición paterna, símbolo de la transmisión de la vida del padre a los hijos. Esto lo podemos ver en la escena de la bendición de Jacob y Esaú por parte de Isaac en Gén 27, 1-40.
En pocas palabras, Jairo es un padre que no puede transmitir vida a su hija y le pide a Jesús que lo haga. «Quizá sea precisamente esta la luz: ha entendido sus limitaciones, reconoce que debe confiar en la paternidad del Mesías», nos dice Rosini.
La hemorroísa y nosotros: las heridas que siguen sangrando

Continúa el pasaje, donde se nos presenta a la protagonista de nuestra reflexión. Esta mujer había sufrido flujo de sangre menstrual desde hacía doce años. La palabra flujo, en griego, es pēgē, que indica una fuente o un chorro, es decir, una pérdida abundante. En pocas palabras, a esta mujer se le escapa la vida a chorros.
En las Escrituras, la sangre es símbolo de la vida. Según la ley judía, entrar en contacto con sangre era causa de impureza, pues era como tocar la muerte (como nos dice el libro de Levítico). Por eso, esta mujer, además de estar enferma, era considerada impura por su condición. Y más aún, como su flujo era constante, no había forma de purificarse a través de los rituales establecidos.
Ya nos podemos imaginar su sufrimiento: no podía ser tocada, abrazada, sostenida. La soledad, el rechazo, la desesperanza. Aislada de su familia, de su comunidad, del contacto con lo divino y, por ende, de Dios, pues en su estado no podía acudir al templo ni a los rituales religiosos.
Nos dice Rosini: «Esta mujer es la humanidad». Nosotros mismos nos podemos ver en ella. Tal vez hemos tenido la experiencia de que nuestras heridas nos avergüenzan, nos quitan libertad, nos roban la vida, nos alejan de Dios y de los demás. Aquellos pecados que no hemos sido capaces de dejar atrás, de sanar: heridas que continúan sangrando.
Pero no debemos desfallecer; la suerte no está echada. «Es necesario que no hagamos caso del certificado de defunción que hemos escrito en nuestro corazón», dice Rosini. Una lección importante que nos deja la hemorroísa es no dejarnos convencer de que somos «insalvables».
Tocar el manto de Jesús: un acto de fe y valentía

Sigue nuestro relato: «habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: “Si logro tocar, aunque solo sea sus vestidos, me salvaré”». Aquí se nos introducen dos sentidos importantes: la escucha y el tacto.
No sabemos qué habrá escuchado esta mujer sobre Jesús, pero ha oído lo suficiente para acercarse a Él con una certeza en el corazón: solo Él puede sanarla. Vemos aquí la fuerza que tiene la palabra, y, por ello, es necesario cuestionar lo que escuchamos y lo que nos decimos a nosotros mismos.
Muchas veces hay falsedades que han hecho su morada en nuestro corazón: «ya ríndete, nunca vas a poder sanar, no eres digno o digna de acudir a Jesús». El demonio nos quiere engañar siempre, quiere sembrar desesperanza, duda y división en nuestros corazones.
Lo vemos en el relato del Génesis 3, cuando la serpiente engaña a Eva. Mientras Dios crea y da vida con su Palabra, el demonio quiere traer engaño y muerte. O tal vez nosotros mismos nos hemos convencido de nuestra «indignidad» y nos rendimos ante nuestras heridas y pecados.
Aquí surgen algunas preguntas para hacernos en oración: ¿Qué palabras estoy escuchando? ¿Palabras que me sanan o que me enferman? ¿Palabras de bendición o de maldición? Dice Rosini: «Hasta que no cambie mi discurso interior —como veíamos en el caso de la hemorroísa— seguiré usando las mismas estrategias que he venido usando hasta ahora». Si seguimos escuchando las mismas palabras, no nos vamos a sanar. Necesitamos palabras nuevas, que nos den vida y verdad.
Otro elemento es el tacto. La hemorroísa se salva tocando el manto de Dios y, tocándolo, toca la vida cuando, en los últimos doce años, solo había experimentado muerte. Este gesto de valentía es lo que hace a esta mujer admirable. No se victimiza con facilidad; pudo haberse sentido indigna por su enfermedad, pero tal es su seguridad que da el salto.
La sanación implica fe y confianza en la posibilidad de ser curados, en la esperanza de una vida que solo el Señor nos puede dar. Esta mujer nos enseña a no dejar de estrechar la mano hacia el Señor, aunque no nos sintamos dignos de tocarlo.
La fe mueve el corazón de Dios

Dice el pasaje que, luego de tocar el manto de Jesús, «inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal». El término que utiliza Marcos para hablar del mal o la enfermedad de la cual queda curada la hemorroísa es mastix. Esta palabra, en su sentido literal, significa látigo. Es decir, lo que dice el texto es bastante fuerte.
Dice Rosini que la hemorroísa «sintió que su cuerpo quedaba sano de ese azote». En contraste, la sanación del Señor es suave, delicada, es una caricia de amor. Ya cuando la mujer ha sido sanada, nos topamos con una realidad hermosa: la fuerza de la fe mueve el corazón de Dios.
Esto también lo vemos en la petición de Jairo: la fe y la certeza de que el Señor podía sanar a su hija llevan a Jesús a ponerse en marcha y a devolverla a la vida. En resumen, un paso importante en el camino de sanación es reconocer que el Señor quiere dar vida donde nosotros la hemos perdido. El relato de esta mujer nos invita a acercarnos al Señor con nuestras heridas, con la confianza de que Él nos ama, para que sea Él quien las sane.
No tengamos miedo de tocar el corazón del Señor, que es un corazón misericordioso, un corazón de Padre, que quiere que sus hijos e hijas no vivan oprimidos, sino en libertad, amor y verdad.
La hemorroísa y algunas preguntas para la reflexión
Te invito a tomarte unos momentos para leer el pasaje de la curación de la hemorroísa y resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 21-43) y a responder estas preguntas en la oración:
¿Por dónde se me «escapa la vida»? ¿Por dónde estoy «sangrando»? ¿Hay heridas que escondo y no permito que el Señor sane?
¿Percibo el anhelo de Jesús de sanarme? ¿Qué significa para mí que Él me quiera sanar? ¿Qué me dice esto sobre Él y sobre mí mismo?
Haciendo memoria de mi historia personal, ¿cómo percibo que el Señor ha querido sanar mis heridas? (A través de momentos, personas, etc.)
Señor, ¿qué paso me pides dar en mi camino de sanación personal?
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muy linda enseñanza
muy buenas está reflexionñ
al leer el libro, y comprender la vida de la hemorroisa, me sentí identificada, vivir 12 largos años de temores, dolor, indiferencia, etc.
La lectura me permite darme cuenta que muchas veces nos henos sentido como la hemorroisa, y es a través de Dios que conseguimos la paz, la salvación
Muchas gracias, ha llegado en el momento preciso, acabo de salir de ml primera quimio, y huy, recibí tres grandes señales de mi amado Señor Jesús. Esta lectura es la tercera. Gracias, gracias, gracias. Mil bendiciones 🙏❤️
🤍✝️🕊️
Gracias por esta reflexión, me conmovió mucho, sobre todo al recordar el inmenso deseo que tiene Jesús por sanar nuestras heridas. ¡Qué ganas de leer este libro de Rosini! Ignoraba su existencia y ahora quiero leerlo.