Solo el amor salva. Es la conclusión que podemos sacar del ingenioso video de Ikea Canada sobre el reciclaje que verán a continuación.

La analogía de la lámpara con nuestras vidas es sugerente

Creo que todos hemos experimentado, en distintos grados y formas, el dolor de la humillación o la vergüenza a causa del rechazo, la discriminación o la marginación, debido acaso a alguna falta, error o pecado cometidos, o quizás debido a alguna herida, debilidad o problema más bien recibidos, sean estos de índole física, psicológica o espiritual.

En estos casos, es casi imposible no percibir una densa nube de inseguridad que se cierne sobre nosotros, por esos tantos, y tontos, malos pensamientos que pueblan nuestra cabeza, abrumándonos y repitiéndonos a martillazos (con un dejo casi diabólico), que valemos poco o nada, que nadie nos quiere, que ya no servimos para nada, que nuestra vida no tiene sentido etc.

Nos parecemos bastante a esa pobre lámpara al costado de la basura: nos sentimos rotos por dentro, abandonados y andamos con la cabeza gacha sin esperanzas en medio del camino; sin embargo, para una mirada atenta y objetiva, todavía estamos resplandecientes, llenos de vibrante color, en buen estado, capaces de reflejar una gran belleza y sentido.

¿Por qué si todo esto es tan evidente no somos capaces de verlo? ¿Por qué se nos vuelve tan negra la mirada y el corazón? Creo que una de las causas principales, dentro de muchas otras, es la tristeza. Sí, pues nos dejamos hundir por el dolor que nos generan nuestras heridas y acabamos por naufragar en el mar de la tristeza, hasta perder la visión sobrenatural y espiritual de la realidad; hasta desangrarnos interiormente.

La ceguera espiritual que provoca la tristeza es una de las grandes conquistas del Maligno

Nos acorta la vista concentrando toda nuestra atención sobre nuestras heridas, problemas y dolores o sobre los de aquellas personas que nos han herido (¿Acaso para vengarnos?). De este modo, nos obnubilamos ante todo lo bueno y valioso que aún hay en nosotros, en el mundo, y también en los demás.

Terrible es este mal de la tristeza. Ya lo advertían tantos siglos atrás con lucidez los monjes del desierto. Juan Casiano por ejemplo decía:

«El espíritu de la tristeza que oscurece el alma y no le permite ninguna contemplación espiritual, impidiéndole toda obra buena. Cuando este espíritu malvado aferra el alma y la obnubila, no le permite cumplir sus oraciones con buena disposición de ánimo ni perseverar en el provecho que traen las sagradas lecturas, no permite que el hombre sea humilde y tierno hacia sus hermanos, en pocas palabras, le genera odio por cualquier tipo de actividad».

Para lograr romper este círculo vicioso, no basta tan solo una toma de conciencia del problema o una buena voluntad de cambio. Se requiere más bien un verdadero toque de gracia, una dulce mirada que nos saque de nosotros mismos y nos confirme de nuevo en el amor. Esa mirada que se refleja tan bien en la tierna imagen de la niña. Esa niña de nada, como llamaba Peguy a la esperanza;  que evoca la dulce mirada del Señor.

Y aquí la tristeza puede convertirse en algo bueno, porque puede ayudarnos a abrirnos a Dios. Nos lo decía el apóstol Pablo: «Ahora me alegro, no porque os entristecisteis, sino porque os entristecisteis para penitencia […] Pues la tristeza según Dios es causa de penitencia saludable, de que jamás hay que arrepentirse, mientras la tristeza según el mundo produce la muerte» (2Cor 7, 9-10).

En otras palabras, el dolor y la tristeza si son según Dios, pueden servirnos para  dejarnos mirar, abrazar y cuidar por Él (como la niña del video), porque nuestra vulnerabilidad es una puerta que nos abre a la dependencia. ¡Confiemos en Él! Dios ve nuestras heridas no para juzgarlas, sino para sanarlas.

Mientras los hombres son fugaces en el amor y tenaces en el juicio, Dios por el contrario es fugaz en el juicio y tenaz en el amor. No nos quedemos absortos, obsesionados con el bombillo quemado, sin reparar en la posibilidad de que bastaría quizá un toque profundo de gracia para cambiarlo todo. Él está a la puerta llamando (Cfr. Apo 3, 20), ya sea directamente, o por algún intermediario (Cfr. Lc10, 27-37).

¡Abrámonos a su misericordia en la oración! No nos dejemos encarcelar por aquellos pensamientos negativos como le sucedió a los fariseos que acabaron por cerrarle las puertas de su corazón a Jesús y a los demás hermanos. Al final, eran incapaces de ver el valor infinito que se escondía detrás de las apariencias.

Nuestro Maestro, en cambio, veía ya en el timorato pescador al gran apóstol (Cfr. Lc 5, 1-11), veía en la mujer humillada por su adulterio la conversión (Cfr. Juan 8, 1-11), veía en los ojos del desesperado y miserable ladrón el paraíso (Cfr. Lc 23, 35-43), ve en cada uno de nosotros a sus hermanos, hijos del mismo Padre, y nos ofrece siempre su reconciliación.

Aprendamos de Él, para que hagamos con los demás lo mismo; hagamos nuestra su mirada que da luz y vida, hagamos nuestra su muerte que para dilatar su resurrección.