Hace unos días se celebró el día de Acción de Gracias en Estados Unidos. Es una de mis celebraciones favoritas porque nos invita a detenernos por un momento y darnos cuenta de todas las bendiciones que hemos recibido durante el año.

Compartiendo y hablando un poco con mi hermana, en una de esas gratas coincidencias de la vida, me contó que esta semana por casualidad había escuchado una canción que le había gustado mucho: «La mirada de Jesús», de Santiago Benavides.

Así que anoche, antes de irme a dormir, me acordé de la conversación que había tenido con ella y me puse a escuchar la canción un par de veces.

Mientras la escuchaba vinieron a mi mente muchos momentos en los últimos meses donde simplemente me olvidé cómo me mira Jesús y decidí mirar a otros con mis propios lentes, desde mi perspectiva y bajo mis estándares.

Me impactó mucho imaginarme a Jesús mirando a diferentes personas con quienes yo mismo (y seguramente tú también), me cruzo tantas veces cada día.

Para el que se siente estrella por el carro que maneja…

O por la casa que tiene, o por el dinero en la cuenta, o por la ropa que luce. Por el celular que compró, por sus logros académicos o profesionales, o por los viajes que ha podido disfrutar.

Y pensé: ¿cuál sería la mirada de Jesús? Porque mi mirada ya la conozco. Una mirada de desaprobación, de un comentario con mis amigos quejándome porque algunas personas se creen mejores que los demás por lo que tienen. Una mirada de comparación, de juicio o de sátira.

De inmediato fui consciente, ¿cuántas veces yo mismo he medido mi valor por esas cosas?, ¿cuántas veces me he comparado con otros o he hecho cosas que ni siquiera quería simplemente porque otros lo hacían, por no quedarme atrás? Y, ¿cual fue la mirada de Jesús en esos momentos para mí?

Me imagino a Jesús esperando con compasión a que yo me diera cuenta de que nada de eso llena el vacío de mi corazón. Que se siente bien por un rato, pero siempre habrá algo mejor y alguien mejor, siempre habrá un nuevo celular, un nuevo reto, una nueva tendencia.

Y me doy cuenta de que pocas veces doy gracias por todo lo que tengo antes de ponerme a pensar en lo que quisiera alcanzar o lo que me falta. Pero mas importante aun, fue redescubrir que soy invitado a ofrecer una mirada de compasión y de amor para quienes me encuentro a diario viviendo las mismas luchas que yo tengo.

Para aquel hombre malvado que fue un niño maltratado…

¡Qué fácil es juzgar a otros por sus errores en la vida! Poner etiquetas y encasillar a los demás por sus acciones. No pretendo justificar las acciones equivocadas del presente porque exista un pasado de maltrato o abuso.

Sin embargo, para muchas personas es muy difícil reconciliarse con su pasado, con quienes los lastimaron o los hicieron sufrir en su infancia. Llevan cargas muy pesadas que luego desembocan en decisiones equivocadas que terminan en una espiral de consecuencias muy tristes.

Muchas veces al encontrarnos con estas personas es difícil sentir empatía o mirar con amor. Pero Dios que conoce nuestro corazón (Jer 17: 10), ve la historia que hay detrás de cada uno de nosotros y nos mira como un padre mira a un hijo.

Para recordar

Hace unos meses me encontré con una amiga y me contó que su hermana estaba viviendo un momento muy difícil por una decisión que había tomado. Estaba siendo juzgada y rechazada por su familia y sus amigos.

Le dije a mi amiga que no me gustaría ser señalado por los errores que he cometido en mi vida, o que si quienes me conocen pudieran ver todo el tiempo mis errores, probablemente no volvería a salir a la calle.

Así que al final del día de Acción de Gracias en un año que ha sido muy difícil para todos en distintas áreas, me siento muy agradecido por todas las bendiciones que he recibido en mi familia y en la vida.

Pero también porque «La mirada de Jesús» me recordó de una forma inesperada algo que olvido con frecuencia: «Cuando haya quien te asuste, te incomode o te disguste, cuando sientas que encontraste a quien mirar con desprecio: imagínate cómo mira Jesús».