Solo son tres los nacimientos que se celebran en el calendario litúrgico. Estos son: el de Jesús, el de san Juan Bautista y el de nuestra Madre.

Hoy pues, celebramos esta hermosa excepción con el nacimiento de la Virgen María, sin pecado concebida. Ahora que soy madre me es imposible no preguntarme qué habrán sentido sus padres al verla, ¿habrá sucedido algún hecho en particular que les anunciara lo especial de esta hija suya? Seguramente habrán quedados prendados con su belleza y dulzura, pero, ¿qué padre que con amor recibe a su hijo no piensa que es lo más maravilloso que ha visto en esta tierra? Ciertamente los padres soñamos con nuestros hijos pero creo que jamás nos alcanzaría la imaginación para soñar con ser los padres de la pureza misma.


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Como una suerte de paralelo imaginario, me pregunto a qué retos nos enfrentaríamos si nos hubiera tocado ser los padres de María.

Teniendo una niña tan dulce y delicada uno pensaría que la labor de padres debe de haber sido de lo más sencillo. Sin berrinches, sin desobediencias, orden absoluto en la casa, cantos y mucho silencio… “pan comido”, como se dice en mi pueblo. Pero podríamos estar pasando muchas cosas por alto:

1. Una atención cuidadosa

María modelo de obediencia, sin demandas aparentes más que hacer la voluntad de sus padres. Criar a una niña así podría sentirse como “fácil” y sin intención, como padres podemos caer en la indiferencia. María era concebida sin pecado, pero esto no significaba que no necesitara cuidados más allá de los físicos. Una atención personal y cuidadosa dada la grandeza de su misión. Cuántas veces los padres nos centramos en lo básico, en el alimento, en la ropa, en la formación académica y creemos que con esto nuestra labor está hecha. Más aún si tenemos un niño obediente y tranquilo… pero, ¿y lo que pasa en su interior? Somos responsables por ellos, así como san Joaquín y santa Ana también nosotros somo los primeros responsables en introducir la fe en nuestros hijos. Es una tarea primordial, y hoy debería seguir siéndolo.

2. Hacerse cuestionamientos profundos

Sin pecado concebida, su relación con lo bueno es natural. No existía inclinación alguna por el mal. ¿Cómo explicarle el mal del mundo? Qué dolores y angustias tan grandes habrán tenido que calmar. Como padres, ¿cómo explicamos estas cosas a nuestros hijos? Es un reto muy grande explicarles de una manera en que no los llenemos de miedo y desconfianza. Y para esto es necesario nosotros mismos crecer en esa confianza que nos da el sentirnos hijos de Dios, cultivar nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios para formar pequeños corazones que descansen en Él.

3. Una intensa relación con Dios

María fue formada en un hogar que honraba y alababa a Dios. Su relación con El definitivamente fue la más profunda y la más intensa que cualquier ser humano que haya habitado la tierra haya tenido. Su misión era la más grande de todas las misiones: dar paso al Salvador ¿Podríamos reconocer como padres una relación y una misión tan profunda? Sus preguntas, sus oraciones y sus propias acciones podrían parecernos incomprensibles, seguro entender un amor así pudo poner a prueba la misma fe de sus padres. ¿Cómo reaccionamos los padres de hoy frente al amor a Dios que nuestros hijos demuestran? No es raro que lo tratemos como algo tierno, cómico inclusive, y lo consideremos pasajero, algo de la edad, en lugar de fomentarlo. Y, cuando se vuelve intenso, le tememos, lo consideramos una locura, una pérdida de tiempo frente a las demandas del mundo. Qué gran lección nos dejan los padres de María, que alimentaron un amor tan grande que tal vez ni siquiera pudieron comprender.

4. Entrar en la propia vida y contemplar

Y siguiendo con el punto anterior. Tener una hija así necesariamente habrá demandado entrar en el propio mundo interior, cosa que no es fácil. Cuántas veces la vida se nos pasa de largo, nunca encontramos tiempo suficiente para detenernos y hacer silencio. Para entender y a la vez guiar a nuestros hijos es fundamental hacer esto. El que María haya sido concebida sin pecado no les quitó ni el trabajo ni la responsabilidad a sus padres de su formación en la fe. Aparentemente es fácil criar a una niña naturalmente inclinada solo hacia el bien, pero, Joaquín y Ana eran conscientes de la responsabilidad de dar la forma a ese corazón que se preparaba para recibir a lo más grande. Como padres nos puede pasar que no miramos más allá de las capacidades más evidentes de nuestros hijos, e incluso a veces no las notamos y las pasamos de largo, acostumbramos a enfocarnos en lo que “les falta” y fallamos en dar dirección y criterio para el desarrollo de sus virtudes y dones.

5. El dejar ir y aceptar

Haber tenido una niña tan especial debe haber sido una experiencia inigualable de gozo, de ternura, de amor profundo. Aceptar que el destino de alguien tan hermoso pueda ser tan duro, es casi inimaginable e injusto hasta cierto punto. Pero ahí radica también nuestra misión como padres, saber que son nuestros hijos, pero antes que nuestros son de Dios, antes que nuestros planes está el plan que Dios tiene para ellos. Un plan que implica la búsqueda de lo magnífico, la felicidad eterna en términos que terrenalmente tal vez no logremos comprender. ¡Qué reto tan grande! Entender que se van, que no son nuestros, que necesitan salir a buscar a Dios y que Dios velará por ellos,  así como lo hará por nosotros.

«Preguntémonos más bien: ¿Buscamos entender ‘dónde’ los hijos verdaderamente están en su camino? ¿Dónde está realmente su alma? ¿Lo sabemos? Y sobre  todo: ¿Lo queremos saber? ¿Estamos convencidos de eso, en realidad, no esperan algo más?» (S.S. Papa Francisco).

Todas las imágenes fueron sacadas de wikimediacommons.