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En estos últimos años me ha tocado estar muy cerca de hermanos separados: evangélicos, pentecostales, presbiterianos, anglicanos, etc. Nuestra lucha común por la vida nos ha acercado y ha sido una gracia de Dios que podamos conocernos, colaborar y profundizar en lo que nos acerca y convierte en hermanos. Rezar juntos el «Padre Nuestro», sabiendo que por el bautismo somos hijos del mismo Padre, es realmente una gracia.

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Pero, naturalmente, hay cosas en las que discrepamos. Muchas veces, sin querer, decimos cosas que tocan alguna fibra sensible de nuestros hermanos separados, y no faltan discusiones, incluso peleas. Una de las cosas que más levanta la temperatura con nuestros hermanos separados es el tema de la Virgen María. Nos acusan de «mariolatría» (sostienen que adoramos a la Virgen María) y cuando uno trata de explicar, las respuestas son casi siempre aferrándose a una idea de que los Católicos tenemos un amor excesivo por la Virgen María.

Si me acusan de amar mucho a la Virgen, me parece que nunca la voy a poder amar más que su propio hijo. Así que siempre me voy a quedar corto, estoy «loquito» por mi Mamá del Cielo. Los católicos tenemos un cariño entrañable por nuestra Madre y no podemos creer que alguien pueda leer el Evangelio y no sentir el mismo amor.

Hasta que un día me di cuenta: nuestros hermanos separados, además de estar separados ¡son huérfanos de Madre! Así que ahora, luego de explicarles los dogmas marianos, le rezo a Mamá para que Ella los adopte, porque sé que no hay corazón, por más endurecido que esté, que se resista a su corazón maternal.

Pero ¿Qué es eso de «dogmas marianos»?, ¿cómo surgieron?, ¿quién los hizo?, ¿cuándo se hicieron? Los dogmas son la parte de la enseñanza de la Iglesia que forman parte de la tradición. Si vamos al Catecismo de la Iglesia, dice:

«El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irrevocable de fe, verdades contenidas en la Revelación divina o también cuando propone de manera definitiva verdades que tienen con ellas un vínculo necesario». (Catecismo de la Iglesia Católica, 88)

No creemos en el dogma porque lo diga la Iglesia

Es muy importante esto: no creemos en el dogma porque lo diga la Iglesia, sino porque está contenido, explícita o implícitamente en la Revelación Divina. Es decir que se requiere un fundamento escriturístico para definir que un dogma es dogma. Y una vez definido, no se puede retractar, así que la Iglesia siempre ha sido especialmente cuidadosa al proclamar cualquier dogma, porque obedeciendo al mandato de Jesús de que lo que atemos en la tierra quedará atado en el Cielo, los dogmas no pueden contradecirse entre sí o sostener algo que no está en la Sagrada Escritura. La Iglesia no es la dueña de la verdad, sino su custodia y única intérprete.

Muchos de los Dogmas Marianos surgieron por «aclamación popular». El constante amor del Pueblo cristiano hizo que ya desde los primeros siglos de la Iglesia, se pidiera al Papa que proclamara ciertos dogmas sobre la Virgen María. Tan temprano como en el siglo I, ya algunos cristianos rezaban el «Bajo tu amparo», una oración mariana que dice que maría es Madre de Dios.

Los griegos le decían «Theotokos», es decir «deípara», o Madre de Dios. Pero pasaron más de 300 años, hasta el año 431 cuando el concilio de Éfeso definió dogmáticamente que María era Madre de Dios. Esto se hizo escrutando la tradición traída desde los apóstoles, pero también indagando en la Sagrada Escritura. «¿Quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme?» fue uno de los primeros argumentos, pero no el único.

El video que hoy les comparto es del conocido actor Jim Caviezel. Nos habla de la necesidad que tenemos los católicos de declarar a nuestra Madre como «corredentora», es decir como «partícipe necesaria» en la redención de la humanidad.

No voy a profundizar en los argumentos bien sopesados que da Jim para pedir la proclamación de este dogma, pero sí me gustaría que nos detengamos unos minutos a considerar tres puntos que Jim no dice, o que no explica completamente:

1. Dios pudo habernos redimido de cualquier manera 

Y sin embargo eligió hacerlo del modo que lo hizo. No hacía falta que Nuestro Señor Jesucristo se encarnara, y sin embargo lo hizo. No hacía falta que naciera de una mujer, y sin embargo lo hizo. No hacía falta que sufriera en la cruz, y aun cuando en su humanidad pidió no beber de ese cáliz, lo bebió hasta el fondo. Si eligió a María para venir al mundo, María tiene un papel central en la historia de la Redención.

2. María está íntimamente unida a la tarea redentora

Hace poco tiempo, leí un paper médico que dice que la sangre de los hijos corre por las venas de la madre. Es decir que la Sangre de Nuestro Señor corre por las venas de María. Desde el primer momento María fue una «custodia viva», es decir «portadora de Dios».

Su corazón hizo circular la Sangre Redentora. Y como le dijo Simeón, siete espadas atravesaron ese corazón inmaculado. Sí, como creemos, «completamos en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo», es decir, que Cristo sufrió lo que sufrió porque tuvo en cuenta todos los sufrimientos de la humanidad ofrecidos en el futuro, ¿Cómo no habría de tener en cuenta los sufrimientos de su Santa Madre?

3. María es la omnipotencia suplicante 

Como dice San Alfonso María de Ligorio, ningún Rey, por poderoso que sea, le niega nada a su Madre. Y Jesús no es la excepción. Sabemos que adelantó su hora porque su Madre se lo pidió en Caná de Galilea. Y sabemos que esa misma Madre estaba presidiendo a los Apóstoles en la oración cuando vino el Espíritu Santo.

Tenemos pruebas concretas y tangibles que cuando María pide algo, Jesús la «obedece», como hijo perfecto que es. Y el título de corredentora, permitirá el triunfo de su Inmaculado Corazón, como bien lo señala Jim. ¡Necesitamos reconocerla como lo que fue para poder terminar con los sufrimientos del mundo!

El papel de María como corredentora es clarísimo, por los argumentos que expone Jim Caviezel, pero para que el talón de Nuestra Señora pueda aplastar la cabeza de la serpiente, necesitamos todos reconocer que ella fue partícipe principal, a través del desgarro de su corazón, de la tarea de la Redención.

El fundamento escriturístico ya es tarea de los «burócratas» del Vaticano, pero la oración insistente pidiéndole a Ella que su Inmaculado Corazón triunfe, depende de nosotros. En el Movimiento de Schoenstatt tenemos una frase que repetimos constantemente: «Nada sin Ti, nada sin nosotros».

No hacemos nada sin Nuestra Señora, ni nos negamos cuando vemos que Ella nos pide algo, por difícil que nos parezca. ¡Pidámosle a Ella que su Inmaculado Corazón triunfe! ¡Hagámoslo a través de la herramienta más poderosa que tenemos, que es el Santo Rosario! ¡Que tu Inmaculado Corazón Triunfe pronto, Mamá!

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