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Y recién después de 25 años, me di cuenta de que la vida no es fácil. Durante mi adolescencia, me repetía que la vida no era tan complicada como muchos la pintaban, que solo era cuestión de perspectiva, de tomar cada problema como se viene y enfrentarlo con valentía. No tenía ni idea de lo que decía y, sin embargo, tenía toda la razón.

Si tan solo pudiésemos enfrentar cada problema con perspectiva, si tan solo pudiésemos ser valientes todo el tiempo, tener fe en todo momento, pero no es así. Ningún corazón es tan fuerte. Ninguno es tan valiente. De qué sirve la propia confianza cuando ves a un hermano sufrir y nada de lo que haces parece ayudarle. No importa qué tan valiente seas si quien tienes a tu lado se destroza por el miedo y a ti solo te queda el dolor de la impotencia: el miedo de los que «no tenemos miedo».

De qué sirve, por otro lado, la preparación si de repente un día tus propios sentidos te engañan, si tu percepción falla, si tu mente juega juegos que tú no le enseñaste, pero que, sin querer, aprendiste. De qué sirve cualquier aparente madurez si en el momento decisivo ni los sentidos ni los pensamientos responden como quisieras, si no los podemos controlar y, entonces, no estamos listos. No estamos en control siquiera de nosotros mismos.


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1. ¿Estaba Jesús listo para la cruz?

miedo, Si Jesús sintió miedo… ¿por qué no debería sentirlo yo?

No. Aunque mil veces haya pensado que sí, hoy puedo asegurar que no. ¿Por qué? Porque era tan humano como nosotros, tan frágil, tan temeroso como cualquiera. En Getsemaní sudó sangre, como tantos otros que, sin quererlo, siendo ya adultos, sudan con temor frente a las pruebas que se avecinan.

Su cuerpo cayó al suelo, no por una actuación, no por un gesto de empatía, sino por el peso de la cruz que se avecinaba. ¿Controló Él eso?, ¿fue su voluntad caer rostro en tierra y derramar lágrimas de sangre, despojado de toda esperanza? Me atrevo a decir que no. Fue su cuerpo el que lo hizo caer, fue la fragilidad de su mente humana la que le hizo dudar, fue la triste impotencia de la incertidumbre la que le hizo temer, pero en definitiva no fue algo que Él pudiese controlar. Fue la belleza de ese misterio al que llamamos humanidad.

2. ¿Estamos condenados al sufrimiento?

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¿Al temor de que siempre pueda llegar un problema mayor frente al cual no sepamos cómo actuar? En definitiva, no. Ese temeroso y doliente Jesús de tan solo treinta y tres años era hombre tanto como era Dios, y así como Él, nosotros, siendo hijos suyos, tenemos algo de ese Dios. No solo en el alma, sino también en el cuerpo, en el corazón.

La pasión no terminó en Getsemaní. Jesús se levantó. ¿Fue simplemente una ayuda divina la que intervino por pena al Dios sufriente? No, Dios no sintió pena por su Hijo. En el misterio de la Trinidad, el Padre tiene misericordia del Hijo que sufre, es cierto, pero no rompe la fragilidad del tiempo para intervenir en su auxilio, no es ese tipo de padre sobreprotector.

¿Qué ocurrió entonces en ese momento en que la divinidad y la humanidad de Jesús parecieron verse enfrentadas? Si el dolor y el temor nublaban su voluntad, ¿qué acto pudo realizar ese Dios doliente que cargaba ya desde Getsemaní el peso de todo nuestro dolor? Con certeza, tendría que haber sido un acto que no nace de la humanidad, sino que tiene su origen en lo divino. O quizás, en cambio, pudo ser el acto más humano que cualquiera puede realizar.

En Getsemaní, Jesús inició aquello que luego extendería por horas bajo el peso de la cruz: no rechazó el peso. Lo abrazó. Aferró su vida al madero, aún cuando fuera este mismo el que le arrancaría la vida horas más tarde: Jesús abrazó su humanidad. Qué acto tan humano y, a la vez, tan sencillamente divino. Pues no corresponde al hombre abrazar su propia humanidad. Este es un abrazo que podría llegarle solo desde lo alto, desde la divinidad. Solo por Cristo que, desde su encarnación, inició el camino hacia la cruz: hacia el abrazo perfecto con la humanidad.

3. ¿Qué significa para nosotros abrazar la humanidad?

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Aferrarnos a lo mismo que hizo Jesús. Abrazar el miedo. Abrazar la cruz. Abrazar la triste incertidumbre de no saber qué pasará. Dejar de pelear por convencernos del «sí puedo». Atrevernos a gritarle al mismo Dios «¡Yo no puedo sin ti!», «¡Yo tengo miedo!». ¿Qué creemos que gritaba Jesús desde el suelo? ¿Padre, enfrento lo que venga con valentía, yo sí puedo? Pues, no. No lo olvidemos: su gemido fue rogar que, si fuera posible, lo aparte de la prueba, que no le haciera beber de ese cáliz. Su gemido fue: Papá, yo no puedo, tengo miedo.

¿Derrotismo, entonces? De ningún modo. Pues, el «no puedo» del hombre, viene siempre acompañado por el «Yo puedo» de Dios. Gritarle a la vida «no puedo» no tiene sentido. Mirar a Dios a los ojos y decirle «Yo no puedo» pertenece a un orden de sabiduría muy superior, pues entre esas líneas, de aparente derrota, se esconde la certeza de reconocer a Dios como Dios, de vislumbrar delante de Él mismo quién realmente es: «Tú lo puedes todo». «Si es posible, aparta de mí este cáliz, pero que no se haga lo que yo quiero, sino que se haga tu voluntad».

4. Yo no puedo, yo no sé, pero tú sí puedes, tú lo sabes todo

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Finalmente, ¿qué podríamos decir que implica abrazar la humanidad? Que no es más que nuestra mejor manera de abrazar la divinidad. Reconocer sin temor nuestra limitación, implica dejar de confiar en nuestras capacidades que, en efecto, son limitadas y muchas veces nos fallan. Y, en lugar de eso, decidir acogernos a las capacidades de Dios, que son perfectas y no conocen límites, que son bondadosas al punto de poder venir en nuestro auxilio.

«Viene la fe, por suplemento, a los sentidos completar», diría un sabio santo en el Tantum Ergo. Entonces, ¿en qué queda mi cuestionamiento inicial? Tengo solo 25 años, pero me atrevo a responder y a equivocarme una vez más. Ya podré corregirme luego, quizás… Con todo y todo, diré que, en efecto, creo que la vida SÍ es fácil. El único problema es que nosotros somos complicados. Excesivamente complicados. Bellamente inconsistentes, confusos, desordenados. Misterio que nosotros mismos no podemos abarcar. Pero misterio que, abandonado de sí mismo, puede quedar en manos de Aquel que sí lo sabe manejar. Cuando ya nada queda, solo queda abandonar. Abandonarse a Dios. Es lo que siempre me repite mi mamá.

Artículo elaborado por: Cristian García Zelada 

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