*Advertencia de spoilers 

Quiero compartir algunas reflexiones sobre la película «Aquaman», pues, además de entretenerme como niño, me resulta muy natural hacer algunos paralelos con nuestra vida cristiana. Temas como la lucha del bien versus el mal, la búsqueda de la propia identidad, la capacidad de sacrificarse por un ideal que trasciende la propia vida, los obstáculos que son (algunos), muy difíciles de superar. El trabajo en equipo para enfrentar no solamente los propios problemas, sino las situaciones difíciles que implican esa misma batalla contra el mal. Finalmente, como los mismos héroes tienen que vencer sus propios miedos.



Lo que más me llamó la atención, fue cómo «Aquaman» toma conciencia de lo importante que es él para los demás. ¿Por qué me llamó tanto la atención eso? Pues creo que a muchos de nosotros nos pasa, que no tenemos conciencia de lo importante que cada uno es para los demás. Para mi pareja de matrimonio, para mis hijos, para los amigos, para mis compañeros de trabajo, etc. Incluso, a veces creemos que no somos importantes. ¡Mentira! Cada uno tiene su lugar en esta vida.

Justamente, se trata de que yo mismo descubra ¿cuál es mi identidad y misión? Una mirada sincera a nuestro corazón, basta para reconocer, que día a día debemos luchar «contra nosotros mismos». Como bien lo decía ya San Pablo: «Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco». (Romanos 7, 15) Además, ese camino del sacrificio por los demás, es el camino más rápido y auténtico hacia la auténtica felicidad.



1. Lucha épica del Bien vs el Mal

Para el diccionario de la Real Academia Española, el término «épico» proviene del latín epĭcus, que se refiere a aquello perteneciente o relativo a la epopeya o a la poesía heroica. Este género poético presenta hechos legendarios o ficticios que se desarrollan en un tiempo y espacio determinados. Trata de héroes que luchan por una causa noble, lo que quiere decir también, que están dispuestos a sacrificar su vida por esa causa.

Para nuestros días, en los que vivimos un profundo relativismo, hablar de una lucha entre el Bien versus el Mal, puede sonar algo anticuado, incluso, sin sentido. Más bien, lo que vemos es que cada uno alega ser «dueño» de la verdad. Yo me pregunto: Cómo alguien puede venir, y decirme: ¡Esta es la Verdad! Es una paradoja… ¿por qué tengo que aceptar esa verdad? Si, justamente, lo que dice es que cada uno tiene su verdad.

Para comprender mejor esto, quiero hablar de dos cosas, que pueden ayudar mucho en nuestras responsabilidades pastorales: la famosa tolerancia, y ver la «otra cara de la moneda» del relativismo. En los muchos años de pastoral con matrimonios, veo como se esfuerzan los esposos por ser más tolerantes entre sí. Sin embargo, hay que decir que, en la mayoría de los casos, se entiende mal esa palabra. Según el diccionario de la RAE, la palabra tolerancia tiene hasta siete significados. En su 2ª acepción dice así: «f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias». Eso significa, que debemos respetar el pensamiento y opiniones de cada uno. Sin embargo, más allá del respeto mutuo, debe estar la preocupación por descubrir juntos la VERDAD.

La otra cara de la moneda del relativismo, es decir por ejemplo: «Hoy día voy a dedicarme a mentirle a todas las personas y espero con entusiasmo, que todos me mientan». Puede sonar raro escucharlo así, pero es lo que se desprende de una opción relativista ante la vida. Además, va contra la doctrina y magisterio de la Iglesia, sin mencionar varias citas evangélicas. «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». (Juan 14, 6). «La razón y la fe son dos alas que nos llevan al conocimiento de la Verdad». (Encíclica de SS.JPII, «Fides et Ratio» #1)

2. Vivir el amor, algunas veces nos hace sufrir

El sacrificio y entrega por la misión es un ingrediente indispensable. No se pueden concebir los héroes, que lideran esas batallas contra el mal, sin el componente de una renuncia a los propios planes personales y — en el caso de esta película — la vida fácil que llevaba «Aquaman». Los que queremos mejorar el mundo, debemos estar dispuestos a sacrificarnos hasta la muerte, como lo hizo nuestros Señor: «el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.…» (Filipenses 2, 6 – 8).

Recordémonos de otro pasaje del Señor, horas antes de su Pasión y Muerte, cuando vemos la dificultad que tiene Jesús mismo, ante lo que pedía su Padre: «Padre, si quieres, líbrame de este trago amargo; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Lucas 2, 42)

¿No es acaso, la experiencia que tenemos todos nosotros, cuando nos esforzamos por librar y secundar al Señor Jesús en la batalla contra el Maligno? Nuestro General, nuestro Héroe, Jesucristo… Él mismo, muere por amor, sufre para salvarnos. Es el paradigma, que le da sentido a nuestras propias batallas diarias. Además, el único camino auténtico, es cargando la Cruz: «Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». (Mateo 16, 24)

Pero no estamos solos, Jesús mismo nos da su fuerza, su mansedumbre: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga». (Mateo 11, 28 – 30)

3. Descubrir y aceptar la propia identidad

Suele ser una temática recurrente para los superhéroes. El conflicto en su conciencia, a la hora de descubrir que están llamados a una causa que sobrepasa totalmente y de modo inesperado su vida cómoda (que suelen tener, antes de convertirse en el héroes). Es interesante ver cómo de la misma manera, sucede con personajes importantes del Antiguo Testamento, cuando Dios los llama para ser profetas. Por ejemplo, el gran Moisés: «…replicó: -¿Quién soy yo para acudir al Faraón o para sacar a los israelitas de Egipto? Respondió Dios: – Yo estoy contigo…» (Éxodo 4) ¿Cómo olvidarnos de la extraña e imponente historia de Jonás y la ballena? Cuando Dios habló con él, le ordenó que exhortara el arrepentimiento de Nínive — pero él se negó por obstinación. En su lugar, él hizo lo contrario — huyó del Señor y se dirigió directamente desde Nínive.

En el caso de «Aquaman», se logra de un modo bastante bueno, relatar el conflicto de conciencia que experimenta «Aquaman», antes de aceptar su verdadera identidad. En su caso no es fácil. Pues, su origen — lo cual es pregunta fundamental, para descubrir «¿Quién soy?» — proviene de la Reina de Atlántida y un simple hombre que cuidaba un faro a orillas del océano.

«Aquaman» no es solo uno de los heroes mas poderosos del Universo DC, sino que también uno de los más importantes. Los que conocen el Universo DC, saben que es el responsable, hasta tres veces, de reunir a La Liga de la Justicia, cuando han tenido dificultades los demás superhéroes al trabajar juntos.

Me viene claro a la mente, el pasaje del «joven rico», que está llamado por Jesús mismo — dicen algunos exégetas, con el llamado igual que hace Jesús a los demás apóstoles — a dejarlo todo para seguirlo, si es que quería alcanzar la Vida Eterna. Pero, sabemos que se va triste, pues no está dispuesta a aceptar su verdadera Identidad y Misión (Mateo 19, 16 – 30).

4. Un rey lucha por su nación, un héroe por todos

Casi al final de la película, cuando «Aquaman» tiene que pasar por la cascada y confirmar su realeza, tomando posesión del Tridente de Neptuno, que es el arma mágica que otorga a su portador un gran poder y el derecho divino, Mera y Attlana, comentan entre sí, «como un rey lucha por su nación, pero un héroe por todos los que ama».

De nuevo, me remito a Jesús, Quién entregó su vida por nosotros, e hizo de la Cruz, el instrumento de nuestra salvación. Desde entonces, la cruz es nuestro estandarte, y camino sin el cual no podemos acceder a la Vida, que nos trae el Señor. Muere por todos. Vino para todos. Principalmente, por los pecadores, los ladrones y prostitutas. «Al oír esto, Jesús les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores». (Marcos 2, 17)

No todos estamos llamados por Dios a ser héroes como «Aquaman», Moisés, Isaías, o Juan el Bautista, pero cada uno, en la medida que respondamos a nuestro llamado personal, somos artífices de la reconciliación, y colaboramos de esta manera, en la construcción de un mundo más justo. El Papa Francisco, exhortando a los fieles costarricenses en un mensaje enviado con motivo del IV Congreso Eucarístico Nacional, dice lo siguiente: «están llamados a sacar copiosas energías espirituales para construir un mundo cada vez más justo y reconciliado».