Hace unos años atrás se hizo viral un post llamado «La chica del bañador verde» una carta escrita desde el corazón de una madre que se compadece ante la inseguridad e incomodidad de una joven adolescente al tener que mostrar su cuerpo en una playa. Vaya que el verano a más de una nos ha puesto en aprietos. El post tuvo muchísimos compartidos, es más, de vez en cuando la carta vuelve a recorrer algunas redes sociales o a ser compartida mediante mensajes de texto. Date un tiempo y léela es muy conmovedora, sobre todo los comentarios de la gente que la lee.

Quisiera decir que esa experiencia de incomodidad con el propio cuerpo o porque la naturaleza nos trajo con uno bastante distinto al que el mundo desea, o porque nuestra propia voluntad nos juega en contra, es solo cuestión de la adolescencia…pero no lo es.

Hay miles, millones de mujeres de todas las edades pendientes de su cuerpo, sintiéndose menos porque no son lo suficientemente lindas, guapas, atractivas, etc. Podemos tener una voluntad de hierro, los conceptos claros y la fe en su sitio y siempre al ir a la playa o pasearnos por algunos de estos sitios en los que tenemos que mostrar más de lo usual, sentimos no solo pudor e incomodidad por revelar aquello que es nuestro, sino que encima tenemos que mostrarlo con todas sus imperfecciones en un mundo que alaba los muslos tonificados y la piel sin accidentes.

He visto batallar contra la balanza y las medidas a un sin número de mujeres mayores y menores que yo. Yo misma llevo una batalla sin cuartel con el sobrepeso desde hace muchos años, algunas veces gano yo y en otras, termino en situación de desastre.

¿Por qué nos sentimos vulnerables ante el aspecto que tenemos?

Tal vez el interrogante completo sería: ¿Por qué nosotras, las mujeres especialmente nos sentimos vulnerables ante el aspecto que tenemos frente a los demás?, ¿por qué es tan frecuente que centremos nuestro valor en la belleza física?, ¿será que a los 80 años me arrepentiré de haber criticado mi cuerpo flácido de 40, 30, 20, 15, 10…? Me da una tristeza enorme pensar que existen niñas pequeñas que piensan y sienten que no son lo suficientemente buenas, lindas o atractivas para gustarle a todos. Pienso en mis hijas y por nada del mundo quisiera que alguna de ellas alguna vez experimentara esa sensación.

Pero por más que me esfuerzo, yo aún llevo esas inseguridades, y cómo no llevarlas. No solo son las publicidades y los medios de comunicación. Esto ya se impregnó en la conversación del día a día en la casa, con la familia, con las amigas, en fin. La sociedad está dejando desde hace varias décadas un legado casi cultural sobre lo que significa bello en una mujer y me atrevo a decir que el significado de esa belleza tiene que ver con su cuerpo por lo general. Analicemos un poco de dónde viene esto y qué podríamos hacer para revertirlo, aunque sea un poquito en nuestros hogares y ayudemos a generar un cambio.

1. Entendamos la naturaleza de la mujer

La publicidad ha sabido aprovecharse de la naturaleza femenina. El cuerpo de la mujer antropológicamente está menos dotado que el del hombre. A ver no se me echen encima y quieran ajusticiarme antes de seguir leyendo. El cuerpo del hombre por diseño tiene mayor fuerza (física) que el de una mujer, fortaleza física que ha utilizado a lo largo de la historia para realizar una infinidad de tareas en donde el cuerpo tiene que recorrer grandes distancias, levantar grandes pesos, enfrentarse a adversarios de tamaño mayor o similar, etc.

Como su cuerpo de por sí es fuerte, no se «fija» mucho en él. El cuerpo de la mujer está diseñado para nutrir, para recibir, está más orientado a la ternura que a la fuerza física. Al ser su cuerpo más «débil» en cuanto a fuerza física y al estar orientado más en el cuidado de otro, es como si la mujer se mirara así misma mucho más que el hombre. Esta, podría ser una razón por la que estamos más pendientes de nosotras mismas. Por un lado eso es bueno, porque podemos ser más introspectivas, pero si esto no lo manejamos bien nos quedamos en la apariencia física y no terminamos de entrar en temas más relevantes.

2. Cambiemos el discurso cultural desde casa

Más allá de la posible explicación antropológica inicial. Es necesario reconocer que esta atención desmedida por el cuerpo es algo ya cultural y que seguimos transmitiendo este discurso de generación en generación. Es un discurso netamente femenino que pasa de madre a hija, de tía a sobrina, de abuela a nieta, etc. Es un camino largo por recorrer pero si queremos atenuar un poco esta excesiva obsesión por la apariencia física, necesitamos cambiar el discurso desde casa.

Es verdad que la belleza y la apariencia física importan, no digo que andemos descuidadas todo el tiempo, sino que cada cosa tiene su justa medida y un lugar específico. De nada sirve que sea bonita si tengo un corazón duro como la roca. O si no cultivo también mi intelecto y mi espíritu. Recordemos que a través del cuerpo es que me doy a conocer a los demás, mi cuerpo comunica mucho más que una apariencia.  

3. Empecemos a mirar donde se centra nuestro valor

Parece una tarea titánica, y ciertamente lo es, pero es una tarea que vale la pena emprender. No les hablemos a nuestras hijas sobre la apariencia de su cuerpo. Sobre si está gorda o flaca. Hablemos de sus cualidades, de sus habilidades, de su sonrisa, de lo lindo que es estar con ellas, de lo buenas amigas que son. Si centramos el discurso en habilidades interiores, en sus dones más allá de su belleza, la seguridad la irán encontrando en sentirse amadas por quién son, no por cómo se ven. Esta es una tarea para papá y para mamá especialmente, pero es necesario que la familia entera se involucre. Hablemos de cultura, de intereses más allá de cómo se ve fulana o zutana. 

4. La importancia de un cuerpo sano por encima de un cuerpo bello

Parece que eso de primero cuerpo sano por encima de un cuerpo bello, fuera una mentira para disfrazar la vanidad. Si bien en un inicio puede parecer así, vayamos purificando esta intensión. Aprendamos a comer sano porque es bueno crecer en la templanza, porque es bueno luchar contra la gula y no porque está de moda.

Comiendo sano y a horas adecuadas además de salud, cultivamos virtudes como la templanza y la disciplina. Pero si nos volvemos tan pendientes de lo que comemos terminamos esclavizados de una forma de gula muy común en nuestros días: Yo como muy poquito, solo sano, sanísimo, pero solo de esta lista de ingredientes. Es como aquella historia que nos cuenta el libro «Cartas del Diablo a su sobrino» donde la anciana lo «único» que quería era un pedacito de pan tostado crujiente y una tacita de té, pero exactamente como ella quería. Antojo que la conducía directamente a la perdición.  La alimentación es un factor muy importante para la salud pero tampoco nos volvamos esclavos de ella. 

5. La belleza es algo que convoca, que da calma, no que obsesiona

Una vez escuché a un joven decirle a una chica: «Existen dos clases de mujeres, las mujeres sexys y las mujeres bonitas. Yo prefiero a las bonitas… porque la sexys me hacen sufrir mucho» Puede sonar divertido lo que dice pero tiene razón. Cuando una mujer se centra solo en atraer por un tema casi sexual, por sentirse deseada, en realidad pierde su belleza y se vuelve esclava de ella. Y además corre el riesgo de volverse superficial y jugar con los sentimientos de otros.

La verdadera belleza es casi como regresar al hogar, una persona bella infunde calma, ganas de estar a su lado, no por un deseo desordenado sino porque estar a su lado genera confianza, calidez y finalmente amor.

6. Mamá necesita amar su cuerpo… y papá también

¿Cómo se supone que mi hija podría amar su cuerpo si yo todo el día ando criticando el mío? Tal vez no sean críticas explícitas y negativas, pero por ejemplo si todo el tiempo ando a dieta para poder entrar en un vestido, o porque llega el verano, o porque si no estoy guapa mi esposo puede empezar a mirar a alguien más, nuestras hijas interpretan que su apariencia física podría no ser la adecuada, la suficiente. Les estaríamos transmitiendo el mensaje de que te aman solo por cómo te ves.

Demos un paso hacia la reconciliación con nuestros propios cuerpos. Empecemos a cultivar la templanza, hablemos con cariño de nosotras mismas, apreciemos nuestro cuerpo no solo por su aspecto sino por todo lo que este nos permite hacer, agradezcamos lo que Dios nos ha dado. Entendamos que Dios nos ha pensado así y que Él nos ve realmente como somos, aprendamos a mirarnos con los ojos que Dios nos ve.

Por otro lado si papá anda criticando la apariencia de mamá todo el día o peor aun, anda mirando a otras mujeres y comentando sobre su «belleza»… pues imagínense el mensaje que le están dejando a sus hijas. Puede que incluso entiendan que no son lo suficientemente bellas ni siquiera para su propio padre.

7. Cuidado con lo que miras y escuchas

Aquí de nuevo la templanza y el autodominio entran en juego. Si escucho una música que habla todo el día del cuerpo de la mujer como si fuera un objeto de consumo y placer, pues esas ideas se me van a ir fijando, así crea que son broma. El concepto de nosotras mismas se apoca y el que tenemos de los varones ¡también! Los empezamos a considerar seres incapaces de contenerse, incapaces de ver más allá de los atributos físicos de una chica y eso ¡no es verdad! 

Lo mismo con lo que ves en la televisión o en redes sociales, o incluso en las revistas que compras, si solo ves moda, sigues a personas únicamente porque su apariencia es la más solicitada, etc… pues a eso terminas apuntando.

Recuerda dónde está tu valor, recuerda que no está solo en tu cuerpo. No te compares con otros, eres única e irrepetible. Detengamos un poco esta locura de culto al cuerpo de la que nadie o casi nadie se libra.

«Con demasiada frecuencia, sin embargo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría.

Se trata de una belleza seductora pero hipócrita, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación en sí misma. La auténtica belleza, por el contrario, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo.

Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano». (S.S. Benedicto)