Puede resultar un poco osado pretender entender qué pudo significar para María el ser la única persona en el mundo en haber sido creada sin la marca del pecado original.

María es la mujer que resalta sobre todas las mujeres en la historia de la humanidad, es la Madre de Cristo y por Él madre de todos los hombres. Entender que ella, como lo dijo el mismo ángel Gabriel, es la “gracia plena” nos puede sonar a que fue una mujer perfecta. Y que por esto, el ser buena le debió resultar una tarea fácil, «obrar el bien, para ella era lo natural… así cualquiera se gana el cielo».


El artículo continua después de la publicidad:

Hace poco una buena amiga me hizo pensar en esto, y mientras conversábamos, llegamos a la conclusión que en realidad, en un mundo donde la marca del pecado es lo común, vivir sin pecado concebida debe haber sido una tarea sumamente difícil.

Aquí les compartimos algunos puntos en los que reflexionamos. Cuéntanos qué opinas de ellos y si agregarías un punto más.

1. No comprender el mal


El artículo continua después de la publicidad:

Para una mujer (que por naturaleza somos sensibles a los demás y además sentimentales) y más si no tienes ningún mal en ti, entender la naturaleza del mal en otros debe haber sido algo muy complicado. Cómo, ella que solo quería salir a servir, a hacer la voluntad de Dios y que su corazón desbordaba de amor, podría haber entendido las bajezas humanas. Qué importante habrá sido la labor de sus padres para que ella pudiera comprender esto. Desde los juegos en los niños, las palabras crueles hasta el riesgo que su propia vida corría cuando se enteró que esperaba al hijo de Dios.

2. Vivir en soledad

No es casualidad que la vida de la Virgen María haya permanecido oculta. Ya lo dice San Luis María Grignion de Montfort: «(..) Su anhelo más firme y constante que el de ocultarse a sí misma y a todas las creaturas para ser conocida solamente de Dios». Si bien su amor era enorme, la soledad también lo debe haber sido. Para un corazón con tanto amor para dar, no debe haber sido fácil amar en silencio. La recompensa a ese sufrimiento llega, porque Dios que es infinitamente más grande que María, nos gana siempre generosidad. Su anhelo de amor y encuentro está saciado en su hijo y en el amor por cada uno de nosotros. Así de grande es el corazón de María.

3. Los comentarios mal intencionados

María no estuvo libre de comentarios mal intencionados y del repudio (incluso su mismo prometido, José, que al enterarse de su embarazo consideró repudiarla en secreto). María no era un personaje notable, ni siquiera era hombre (y lo digo porque en esta época un hombre era considerado más que una mujer) no provenía de una ciudad importante, incluso podemos decir, como lo explica san Juan Pablo II citando al profeta Nathaniel: «¿De Nazareth puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). No creo que, siendo una mujer de silencio, haya gastado su tiempo dando explicaciones, que ¡nadie iba a creer! Ella sufrió todas estas habladurías en silencio…

4. Resistir a la tentación de un poder tan grande

Saber que iba a ser la madre del mismo Dios debe haber sido algo para dejar a cualquiera sin aliento. Ya me imagino a cualquiera de nosotros alardeando por semejante encomienda, y claro, ¿cómo no compartir una alegría tan inmensa? María de alguna manera lo hace, pero en este “alardear”, muy lejos de ser para gloria propia, es para gloria de Dios: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava. Por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el poderoso, santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen» (Lucas 1, 46-50). Es la única parte en la Biblia donde se muestra un discurso tan largo de la Virgen, y cada una de sus palabras fue para alabar a Dios.

5. La magnitud del dolor

Con un corazón tan grande, tan lleno de amor y un conocimiento tan profundo de Dios; María fue hecha para amar al amor mismo. Suena a un juego de palabras pero lejos de ser eso, lo que quisiera explicar es que así como profundo y hondo era su corazón, así de profunda y honda debió haber sido la magnitud de su dolor. Dolor que sentiría ante la humanidad, ante el pecado del hombre, ante el sufrimientos y la miseria. No se me ocurre ni pensar lo que significa perder a un hijo. ¿Cómo habrá sido para el corazón de María sufrir la pérdida de su propio hijo de una forma tanterrible? Ya lo decía Simeón: «¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!» (Lc 2, 35). Creo que el sufrimiento de María no acabará hasta el fin de los tiempos. Ella sufre por cada uno de nosotros y nos acompaña en cada uno de nuestros pesares.

6. La responsabilidad de una humanidad entera

Este es un punto con el que nos podemos identificar las madres. A quién no le ha embargado la responsabilidad que implica el criar y formar a un niño. Extrapolemos eso a ¡toda la humanidad! Si bien existe el libre albedrío, y dependerá de la libertad de los actos de nuestros hijos el conquistar su santidad, a las madres siempre nos queda esa responsabilidad. No quiero ni imaginar la responsabilidad que María siente por cada uno de nosotros. La responsabilidad que la debe haber embargado en el momento en que comprendió que el sentido de su vida estaba íntimamente ligado a la salvación del mundo entero.

«La Iglesia, alimentada por la palabra del Señor y por la experiencia de los santos, exhorta a los creyentes a dirigir su mirada hacia la Madre del Redentor y a sentirse como ella amados por Dios. Los invita a imitar su humildad y su pobreza, para que, siguiendo su ejemplo y gracias a su intercesión, puedan perseverar en la gracia divina que santifica y transforma los corazones» (San Juan Pablo II).

Todas las imágenes fueron tomadas de wikimmedia commons.

¿Has pensado alguna vez alguna de estas cosas? ¿Qué otras cosas se te ocurren a ti?


Publicidad: