Inicio de Cuaresma

Cuaresma, es el inicio de un tiempo de purificación, de renuncia. El mundo católico se prepara para vivir un tiempo que, a mirada de muchos, tiene un simbolismo duro: el desierto. Creo que ninguno de nosotros se atrevería a ingresar al desierto por voluntad propia, aunque para los que nos encanta viajar y encontrarnos con la naturaleza, el desierto tiene un atractivo particular.

Personalmente, nunca me ha entusiasmado el inicio de la Cuaresma. Para mí significa el fin del verano, el inicio del año escolar; es el final de algo que me encanta y realmente me cuesta cada año darme cuenta de que estamos a puertas del Miércoles de Ceniza, es como que la fiesta acaba.

Aun así, volviendo a la imagen del desierto, me resulta tan hermoso. Soy de esas personas a las que los colores del desierto les parecen maravillosos.

Cuando leí La historia sin fin y me encontré con el desierto de colores y Graógraman, me llené de entusiasmo con esa figura tan poderosa, tan llena de vida y tan llena de destrucción al mismo tiempo.

Alguna vez, parada en lo más alto de una duna, he percibido como un llamado en medio de ese silencio. He comprobado con el tiempo que esta no es una experiencia exclusiva mía.

Durante mi vida, he escuchado hablar a muchos sobre ese llamado de lo salvaje, de lo inhóspito, casi irresistible para algunos. Algunas veces, incluso para mí.

El desierto atraviesa la experiencia humana

Desierto

Esta realidad tan agreste, casi incompatible con la vida, toca algo muy profundo. No es casual que el desierto tenga un lugar tan frecuente en las Sagradas Escrituras, pero también en obras literarias y autores como Saint-Exupéry, Michael Ende (que ya lo mencioné) e incluso autores recientes como Coetzee.

No solo nuestra tradición sitúa al desierto como ese lugar necesario para el encuentro real y la transformación. En nuestra fe, el desierto es pedagogía pura: el pueblo de Israel vagando por el desierto antes de encontrar la tierra prometida, Moisés y la zarza ardiente, Elías que huye al desierto cuando está deprimido y agotado, Juan el Bautista, Jesús y los cuarenta días antes de empezar su vida pública. El desierto es tan poderoso.

Es un lugar donde nos quedamos casi desnudos, sin nada. Donde las falsas seguridades desaparecen y solo queda el hambre, el silencio y la verdad. Es ahí donde finalmente se abre un espacio para Dios, y Él nos habla: «La llevaré al desierto y le hablaré al corazón» (Os 2,16). ¿Has escuchado hablar a Dios? A veces es casi insoportable, pero profundamente hermoso.

El desierto nos quita lo accesorio

Desierto

¿Por qué es tan necesario atravesar el desierto? ¿«Solo» para escuchar la voz de Dios? ¿Por qué no nos habla en un lugar más cómodo? Cuán necesario debe ser para cada uno que nuestra fe nos lo recuerda año a año y casi nos empuja a atravesarlo.

Lejos de ser una tradición repetitiva y molesta, es un regalo más grande de lo que imaginamos. Creo que recién a esta edad me doy cuenta de lo importante que es la Cuaresma en este sentido.

El desierto duele. Todo el que lo haya atravesado lo sabe. No es sencillo enfrentarse a la propia fragilidad, a las tentaciones que nos avergüenzan, a esos ídolos en los que hemos creído a pesar de las advertencias, o a todas aquellas falsas seguridades que nos han generado dependencia. El desierto es horrible y, aun así, atravesarlo significa libertad.

El desierto no se atraviesa solo

Inicio de Cuaresma

Aunque el desierto en la experiencia humana sea un lugar tan terrible, en la experiencia del cristiano nunca debería significar abandono definitivo. Al desierto no se entra solo, aunque así parezca. El desierto es un lugar de encuentro. Esa ausencia, ese silencio no es ausencia de relación; es el lugar donde la relación se vuelve más verdadera.

El pueblo de Dios no entra solo al desierto, nos acompañamos los unos a los otros y también nos acompañan esos a los que no vemos, pero que están ahí presentes. Si bien es un lugar frugal, el maná del cielo está presente. Hay que ser ingenuo para entrar a esos desiertos sin el pan del cielo.

Sentir el vacío, lo salvaje, la ausencia, la aridez, necesita de otros. Otros que recen por ti, como los apóstoles por Cristo, como los discípulos de Juan, como los ángeles del cielo que custodiaron a tantos. El desierto es el camino inevitable para poder reconocer la grandeza, lo fecundo, el valor de lo sagrado y, por supuesto, de todo lo dado por Dios. Pero solos, es imposible.

Con el inicio de la Cuaresma, nuestro símbolo del desierto, recordemos que es más que dejar de comer carne, dejar de ver redes o ayunar de malas palabras; es experimentar el vacío que precede a la verdad, la soledad que precede al encuentro definitivo y la purificación del deseo que lo orienta a aquello, o a Aquel, que lo sacia todo. Y lo hacemos juntos.

El desierto en la vida cotidiana

El desierto no solo sucede en Cuaresma. Los desiertos los atravesamos muchas veces en la vida. A veces no nos damos cuenta y los resistimos con garra, los evitamos. Porque quién quiere que las cosas le duelan tanto; nadie en su sano juicio desea algo así. Pero si supiéramos lo que luego del desierto nos depara, entraríamos triunfantes.

Aquí, no quiero que se entienda que hay que exponernos deliberadamente a situaciones límite. Lo que quiero decir es que a veces, esas situaciones dolorosas que vivimos, si las vivimos en compañía y con la mirada de fe, aunque dolorosas y con desenlaces de Cruz, como el mismo Cristo lo experimentó en carne propia, siempre pueden conducirnos a un encuentro genuino con uno mismo, con los demás, con la creación y con Dios, sanando de maneras insospechadas esas cuatro fracturas que todos los seres humanos tenemos.

Algunos desiertos

Inicio de Cuaresma

En la práctica de mi profesión y en mi propia vida personal hay un desierto con el que me he encontrado de una manera dramática: el desierto conyugal. Una experiencia tan dolorosa y con desenlaces que afectan vidas completas, no solo de los cónyuges, sino de los hijos y de la familia completa; incluso hasta los amigos se ven afectados y, si miramos más allá, se afecta toda la sociedad, porque una historia de amor rota nos rompe de alguna manera a todos.

El desierto conyugal no solo es sequedad afectiva; cuando se experimenta es bastante desconcertante. Este desierto incluye la caída de idealizaciones con la experiencia de decepción que eso implica, el derrumbe de expectativas y, finalmente, la confrontación con la verdad del otro y la propia. Es durísimo.

Cuántas veces, en lugar de atravesar este desierto (acompañados), lo observamos «desde lo alto de una duna» y abandonamos sin más. Huyendo de un dolor que, al no atravesarlo, no solo nos deja a medias, sino que a la larga produce dolores vacíos.

En el matrimonio, cuando pensamos que solo vale la pena mantenerlo si «sentimos», se convierte en un oasis imaginario. Cuando lo medimos desde el sentimiento y el deseo, el amor se convierte en un espejismo en medio del desierto; un ideal imposible de alcanzar. El oasis verdadero aparecerá cuando nos atrevemos a dar respuesta a la pregunta: «¿Soy capaz de elegirte aun si no te siento?». Atravesar esa crisis no solo purifica el amor, sino que lo hace más fuerte y más auténtico, independientemente del resultado como pareja. Es un desierto que, si estamos casados, inevitablemente atravesaremos con mayor o menor intensidad.

Atravesando desiertos en la época digital

Así como el desierto conyugal, hay otros desiertos más. Pero el desierto necesita silencio, aridez, austeridad. ¿Es posible vivir esto en una cultura a la que le da pánico el silencio y la escasez?

El scroll infinito ha hecho que no haya pausa, que no haya final, que no haya vacío. Y el desierto empieza exactamente donde el estímulo termina. No vamos a satanizar la tecnología, aunque muchas veces tengamos ganas de hacerlo. El problema es que la tecnología elimina el umbral de incomodidad que precede a la profundidad. Lo bloquea.

Antes, cuando nos aburríamos, nos enfrentábamos a nuestros pensamientos, a los propios cuestionamientos. Ahora, antes de que aparezca esa sensación… hacemos scroll.

El desierto no es romántico cuando empieza; aun cuando sentimos el llamado de lo salvaje, no es un llamado seductor. Es un silencio incómodo que hay que sostener, una sensación de vacío que puede provocar vértigo, una ligera ansiedad y unas ganas locas de hacer algo para que esa sensación pase.

Ahora, con el inicio de esta Cuaresma, no nos perdamos de la extraordinaria, aunque incómoda, experiencia del desierto. Apaguemos el celular veinte minutos para hacer nada. Caminemos un momento sin audífonos, sentémonos a contemplar algo sin música, recemos el rosario sin playlist, hagamos el esfuerzo de no llenar cada pausa con contenido. Hagámonos esas preguntas incómodas que asustan y compartámoslas con otros que nos puedan acompañar a atravesarlo.

El desierto hoy no es un lugar, aunque también podría serlo; el desierto es un estado al que podemos ingresar o no.

Para terminar esta reflexión, les dejo una imagen de El Principito que me hicieron notar hace poco: el pozo está escondido en el desierto, un desierto lleno de arena que se mueve constantemente; tal vez incluso ese pozo se encuentre enterrado, esperando ser descubierto.

La tecnología, y no solo ella, sino el sinnúmero de estímulos que hoy tenemos, es como esa arena movediza que cubre el agua que calmará nuestra sed. La pregunta es si estamos dispuestos a lanzarnos al desierto a descubrir, a buscar debajo de esa arena la fuente de agua viva.

¿Cuándo fue la última vez que te quedaste quince minutos en silencio, sin ningún estímulo externo?

Bienvenido al desierto, bienvenido al inicio de la Cuaresma.

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