Cuando la vida empieza a pasar y nos convertimos en adultos, la infancia parece desvanecerse de a pocos, pero guardamos en nuestro corazón un profundo anhelo de volver a ser como los niños que alguna vez fuimos. Y no lo digo solo yo, lo ha dicho James Mathew Barrie el creador de «Peter Pan»; Gloria Fuertes, la poeta española y autora de libros infantiles y una infinidad de autores, artistas y productores de películas que han retratado este deseo.

En esta misma línea, Disney promocionó en redes, hace un par de semanas, el trailer de la película de «Cristopher Robin» el niño que fue amigo de aventuras de Winnie Pooh y su pandilla de amigos de peluche. Ahora, Christopher Robin es un hombre de negocios, que vive agobiado por el trabajo y pasa la mayor parte del tiempo lejos de su familia. En uno de esos momentos de agobio, aparece su amigo Pooh y su vida toma un nuevo rumbo, ¡puede sentirse niño otra vez!     


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Esta breve idea de Christopher Robin encontrando su felicidad a través del rescate de su niño interior, me ha inspirado algunos pensamientos sobre lo que sucedería si empezamos a aplicar este principio justamente cuando el contexto que nos rodea está lleno de problemas, preocupaciones y negativismo.

Cuando empecé a leer un poco más sobre el tema, me di cuenta de que había tenido la respuesta en mis narices: ¡la infancia espiritual! Un tema del que muchos santos han hablado a lo largo del tiempo e incluso el mismo Jesús le repitió a sus discípulos en varias ocasiones que «quien no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Lucas, cap.XVIII, v. 17).


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La figura máxima de la infancia espiritual fue Santa Teresita del Niño Jesús, una joven carmelita que vivió hasta los 24 años y ha sido considerada «Doctora de la Iglesia» por las profundas enseñanzas que nos dejó a través de su vida de abandono y total confianza en el Señor. Teresita rompió algunos esquemas en comparación a las enseñanzas de otros santos de la Iglesia en ese entonces y le dio a la vida cristiana una visión más refrescante y positiva, tal como describió en su autobiografía: «Siempre he deseado ser una santa, pero por desgracia, siempre he constatado, cuando me he comparado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo».

Aquí les compartimos algunas de esas heroicas virtudes que llevaron a Teresita a vivir una santidad dulce y feliz:

Humildad y confianza

Santa Teresita fue capaz de reconocer sus limitaciones e imperfecciones, sin perder nunca su deseo de ser santa. Incluso habla de la dificultad de sostener una vida de aparente perfección que en lugar de acercarnos al Señor nos aleja de Él. «Quisiera yo también encontrar un ascensor para elevarme hasta Jesús, porque soy demasiado pequeña para subir la dura escalera de la perfección».      

Alegría y positivismo

Así como Pooh le dice a Christopher Robin que todos los días pueden ser soleados, así enfrenta nuestra querida Santa su realidad y con seguridad afirma que «el buen Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por eso puedo, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad».

Sencillez

Los adultos estamos acostumbrados a complicarnos la vida y mientras más complicados somos, más interesantes nos creemos. Pero la santa de Lisieux, nos muestra el camino de la sencillez: «quiero buscar el medio de ir al Cielo por un camino bien derecho, muy breve, un pequeño camino completamente nuevo».      

Parece un poco difícil ponerlo en práctica, por eso Santa Teresita nos da un último consejo muy valioso: «reconocer su nada, esperarlo todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, es no inquietarse de nada, no buscar fortuna».

«Cómo criar hijos felices» es una conferencia online a la que puedes tener acceso para comprender los principales aspectos que no puedes posponer u obviar cuando se trata de educar ¡súper recomendada! Te invito a reflexionar con esta pregunta ¿el niño que fuiste hace un tiempo, se avergonzaría del hombre que eres hoy?