El objetivo de este artículo es ayudar a personas que padecen enfermedades psiquiátricas crónicas, así como los que tienen que acompañarlas de cerca. Tengo 44, y hace más de 20 años sufrí un único episodio muy grave, en el que perdí la consciencia y control de mí mismo, como una evidente manifestación de mi bipolaridad.

Además, Dios ha puesto, a lo largo de estos años, personas con trastornos similares, que he podido acompañar y aconsejar. Quiero compartir algunos aspectos, principalmente espirituales, que han sido esenciales para mi proceso de recuperación.

Asúmanlo como consejos espirituales, y no como una prescripción médica, puesto que cada uno tiene un caso muy particular, y exige el acompañamiento de su propio médico personal. Lo hago desde el corazón y con mucho cariño, pues sé lo difícil y sufrido que es aprender a vivir así.

1. Aceptar la propia cruz: opción por la vida cristiana

Enfermedad psiquiátrica: qué impacto tiene la fe en ella

La razón principal por la que muchos no se recuperan bien es la complicada aceptación que implican estas enfermedades. Es muy importante decir que el importante paso de reconocer y aceptar la enfermedad en sí misma —lo cual ya es algo digno para felicitar— no es suficiente.

Como cualquier otra enfermedad crónica, es fundamental aceptar, no solo la misma enfermedad, sino los cambios generales que implica en toda la vida. Con una fuerte carga de exigencia y especial cuidado, pues implican cambios importantes en los hábitos y conductas de vida.

Si uno quiere desarrollarse con autonomía y madurez, la disciplina es un factor decisivo: las medicinas, el sueño regular, ningún tipo de sustancia que influya en el cerebro (alcohol, drogas, cafeína, etc), y el adecuado manejo del estrés y tensiones.

Recomiendo dos actitudes espirituales fundamentales

La humildad y la recta valoración personal. La humildad permite aceptar la verdad de uno mismo. Mirarse con los ojos de Dios, y no tener miedo de darse cuenta de que tienes más o menos problemas que los demás.

Debemos entender que en esta vida unos tienen defectos o virtudes, que los demás pueden o no tener. «Estos o aquellos» defectos, no nos hacen ni más, ni menos. Si bien la percepción actual ha cambiado mucho en los últimos 40 años, algunos todavía perciben estas enfermedades como una suerte de estigma.

En segundo lugar, es importante reconocer que no valgo menos que otros por esta enfermedad. El valor que tenemos como personas, no está en el hecho de ser más o menos perfectos, sino en ser imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 27).

Tip que puede ayudarte

Personalmente, me ayudó mucho comparar mi caso con la aceptación humilde que exigen también enfermedades —por ejemplo—  como la diabetes o la hipertensión, con los cuidados y disciplina que ameritan.

Esto me hace recordar un pasaje del apóstol san Pablo en el que reniega del Señor, pidiéndole que le quite un «aguijón de la carne» (2 Coríntios 12, 7). Y el Señor —coloquialmente hablando— lo reprende, diciéndole que no se haga problemas y, más bien, acepte con docilidad esa fragilidad. Pues es ahí justamente, en la limitación y debilidad, donde se manifiesta todo el poder de la gloria de Dios (2 Coríntios 12, 9).

Cuando nos reconocemos frágiles y sencillos, Dios tiene «espacio» para manifestarse en nuestra vida y sanar nuestro corazón. Cuanto más reconocía y aceptaba mi enfermedad, me hacía cada vez más libre de ideas equivocadas. Pude descubrir que mi valor está mucho más allá de cualquier enfermedad física o psicológica. Somos personas, creadas a «imagen y semejanza» de Dios, y esto nos concede una dignidad única e irrepetible.

2. La vida cristiana: una pedagogía del dolor – alegría

Enfermedad psiquiátrica: qué impacto tiene la fe en ella

Cuando uno se descubre frágil e indefenso, usualmente pide ayuda. Lo vemos con mucha claridad y sencillez en la actitud que tienen los niños hacia sus madres. Sin embargo, cuando somos mayores, por distintas razones, nos cuesta esa docilidad. Quizás sea por vanidad, quizás la soberbia. Pensamos que mostrarse frágil y necesitado nos hace inferiores. Nuestra cultura actual nos enseña que debemos ser autosuficientes, pragmáticos y que todo se resuelve apretando un botón.

«Sencillos como palomas, y astutos como las serpientes» (Mateo 10, 16). Sencillos para reconocer nuestra fragilidad y aceptar la ayuda necesaria, y astutos para hacer lo que sea necesario para la propia recuperación. Ser como niños si queremos entrar en el Reino de Dios.

El salmo 131 nos lo dice hermosamente: «Señor, mi corazón no es soberbio, ni mis ojos altivos. No ando tras las grandezas, ni en cosas demasiado difíciles para mí. Sino que he calmado y acallado mi alma, como un niño destetado en el regazo».

Mientras más frágiles, más buscamos la experiencia de seguridad

La pregunta es: ¿Dónde ponemos nuestra seguridad? Qué bueno sería si recurriéramos siempre a Dios. Pero sabemos que muchas cosas a nuestro al rededor ( la propaganda, los medios de comunicación, las redes sociales, películas y series), se empecinan en presentarnos el hedonismo —la búsqueda del placer descontrolado— así como el consumismo y materialismo, como las respuestas «mágicas» para todos nuestros problemas.

Sin embargo, los que ya enfrentamos estas enfermedades hace años, sabemos muy bien que los placeres desordenados de este mundo, así como el afán descontrolado por el consumismo, solamente sirven para huir y no enfrentar la enfermedad. O compensar la experiencia de vacío y sin sentido que podemos sentir, con el dinero. Por más ricos que seamos, no podemos comprar nuestra salud. El dinero es necesario para comprar las medicinas, pero no educa nuestra voluntad para la disciplina.

Tip que puede ayudarte

Debemos aprender a apoyar la cabeza en algún hombro amigo, y llorar como niños. Así me he sentido muchas veces, y lo he necesitado. Principalmente, en los primeros años. Me costó muchísimo aprender cómo incorporar esta enfermedad a mi vida. Como dicen algunos santos: «Sangre, sudor y lágrimas».

La depresión, las tristezas, el sin sentido, el horizonte gris y el desgano generalizado, eran muchos días y por mucho tiempo, el «pan de cada día». Si no hubiera tenido esos amigos ahí para sostenerme, para escucharme, para enjugar mis lágrimas… no sé qué hubiese sido de mi vida. Esa experiencia de ser amado por otra persona ha sido y sigue siendo un bálsamo para mi alma. Es el colchón afectivo sin el que no podría enfrentar la dureza y frialdad de mi enfermedad.

Por supuesto que mi amigo más íntimo e invalorable ha sido siempre Dios. ¡Cuántas veces entraba a la capilla destrozado! ¡Cuántas veces me rendía ante el Señor! ¡Cuántas veces no podía hacer nada más que poner mi corazón a los pies de Jesús, y pedirle que se apiadara de mí! Es impresionante como las veces que lo dejaba entrar en mi interior, salía renovado de la capilla.

Ese encuentro personal con Jesús es algo transformador. Me hace imaginar esos encuentros que tuvieron los apóstoles con el Señor resucitado (Juan 20, 19), cuando les decía que no tuvieran miedo (Mateo 14, 22-36). ¡Cuántas veces me acerqué al Sagrario y como Pedro, le pedía al Señor que amainara la tempestad (Mateo 8, 23-27) en la que me sentía totalmente envuelto y confundido, creyéndome a punto de morir!

Cada vez que aprendía a ponerme en las manos de mis amigos y del Señor, experimentaba que no había otra manera para salir de mi oscuridad.

3. La fe en Jesucristo: una pedagogía de la cruz

La realidad del sufrimiento es un misterio. Cuesta entender ¿por qué permitió que yo sufriera tanto?, ¿por qué a mí? Si es amor, y me creó por amor… Sabemos cómo Dios siempre saca algo bueno de las situaciones más complicadas de nuestra vida. Que no hay nada que se escape a su mirada misericordiosa (Mateo 6, 7-15).

Para eso, es fundamental, no separarnos nunca de la vid (Juan 15, 1-8). Así como ser el grano de trigo, que debe caer en la tierra y morir (Juan 12, 24), si queremos dar los frutos hermosos que tiene pensado Dios para nuestras vidas. Nuestra fe se pone en juego, en el momento que me pregunto y decido si estoy dispuesto o no, a cargar mis cruces por seguirlo al Señor.

«El que quiera seguirme, que cargue su cruz» (Mateo 16, 24)

El cristiano —aunque suene duro decirlo— opta por el camino del sufrimiento, pero no porque le guste sufrir, sino porque la vida —así como está llena de cosas hermosas— implica sufrimiento. Pero junto con Cristo, el yugo se hace suave y la carga ligera (Mateo 11, 30).

Él mismo quiso experimentar nuestro sufrimiento, hasta llegar al punto de dar la vida por nosotros en la cruz. Para comprender y sentir en carne propia el suplicio que vivimos nosotros a consecuencia del pecado (Filipenses 2, 6-1).

Tip que puede ayudarte

¡Abandónate en el Señor! Un momento crucial en este largo y paciente camino de aprendizaje fue cuando arrodillado, me di cuenta que Cristo me miraba a los ojos (Marcos 10, 17-30), y entendí que —más allá de mi enfermedad— Él me ama, y efectivamente, murió en la cruz para que yo también pueda cargar la mía, pero con el cariño y la ternura de su amor.

En la cruz de Cristo la muerte se convierte en vida, y del sufrimiento brota el amor. Es un camino doloroso, pero así descubrí la luz en la oscuridad de mi dolor. Aprendí a vivir mi enfermedad, y descubrí un camino de realización y felicidad en el dolor.

4. La amistad con Cristo: una pedagogía del amor

Ese amor de Cristo transformó mi vida. El sufrimiento de mi enfermedad, las limitaciones y fragilidades, se convirtieron en una escuela de amor. Aprendí, poco a poco, a cargar la cruz de los demás, y ayudar a tranquilizar un poquito más su propio dolor.

Como el buen Samaritano (Lucas 10, 25-37), como lo dice san Pablo: «Ser otro Cristo» (Gálatas 2, 20 / Filipenses 1, 21). Entendí cómo mi vida no se reduce a mi enfermedad, la vida es muchísimo más grande y maravillosa. El amor que podemos vivir es algo que va más allá de la enfermedad.

La experiencia de la enfermedad lo cambia todo

Es más, diría incluso, que la experiencia de la enfermedad permite vivir con más profundidad, descubrir más tesoros en esta vida. Le da un color distinto a la vida, y sentimos —en la tempestad— la brisa suave del amor de nuestro Señor.

A lo largo de los años, esa cruz, que en algún momento era muy muy pesada, se hizo más liviana. Se trata de sacar el dolor del corazón, y llenarlo de amor. Y lo que no se puede sacar, convertirlo en motivo de mayor conversión. Este amor, en el mundo actual, suele ser muy difícil encontrar, porque exige sacrificio, entrega, generosidad, renuncia, en fin… preocuparse más del otro, que de uno mismo.

Tip que puede servirte

Aprender a sufrir me enseñó a ayudar y acompañar a otras personas que necesitan ayuda, como yo lo necesité a gritos, en los comienzos de mi enfermedad. ¿Te has preguntado si tu experiencia de dolor y sufrimiento podría servirle a otra persona para acercarse más a Dios?

Les comparto todo esto, queridos amigos, porque la vida cristiana es un camino en el que se puede descubrir la felicidad en el dolor. Es un camino en el que te encuentras con el amor de Jesucristo, y eso lo cambia todo. Si me permites, quisiera hacerte esta pregunta: «¿Estás dispuesto a darlo todo por el Señor?». Y si no, pregúntale tú mismo al Señor: «¿Qué quieres de mi vida, Señor?».