Un hermoso soneto que ha sido atribuido a varios santos como San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Ávila:

“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.


El artículo continua después de la publicidad:

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.”


El artículo continua después de la publicidad:

P.D.: Es importante decir que este texto debe leerse dentro de su genero: la poesía. Teológicamente el cielo no es un lugar ni una recompensa, es la presencia plena de Dios y en ese sentido es imposible plantear su hipotética exclusión.