¿Sabías que la Iglesia Católica está constituida por 24 ritos diferentes? La Iglesia católica romana es la más conocida, porque depende jurídicamente del Papa y está distribuida en todo el mundo. Pero existen 23 ritos orientales, que dependen de sus patriarcas (o eparcas, o metropolitas, o arzobispos) para su ordenamiento litúrgico y territorial, pero que en lo dogmático obedecen al Papa Francisco, que las guía a todas en la caridad.

¿Te parece confuso? Te cuento cómo me enteré yo: en Argentina hay una fuerte inmigración sirio-libanesa. Los sirios y libaneses se integraron a nuestro país y son actualmente tan argentinos como el mate y el papa Francisco. Pero cuando recién comenzaron a llegar, a principios del siglo XX, esa integración no fue tan rápida. Fue tanta la migración, que la Iglesia Maronita decidió fundar una eparquía (una división territorial similar a una diócesis) para los sirios y libaneses residentes en Argentina. Un día, yendo a misa en Mendoza, donde vive una hermana mía, me llevó a la parroquia san Juan Marón, de rito Maronita, ¡quedé fascinado con la liturgia! (aunque al principio no entendía nada) ¡Las palabras de la consagración son en arameo, así que son exactamente las mismas palabras que utilizó Nuestro Señor Jesucristo en la última cena! Al salir de la misa mi hermana me contó qué era el rito Maronita y por qué lo teníamos en Argentina, y luego, me enteré que hay muchísimos otros ritos, y que de allí venía la nota de la Iglesia: «Católica, apostólica y romana», es decir de rito latino.

Y entonces me surgió la duda, ¿por qué católica y apostólica? ¿Qué quieren decir cada una de estas notas? El video que hoy nos trae Rome Reports nos sirve para refrescarlo de un modo sencillo, de la boca del mismo Papa, que lo explica en un modo sencillo y concreto. Me permito agregar algunas precisiones a lo expresado por el Papa Francisco.

Católica

Porque es universal. En griego καθολικός (katólikos) quiere decir “universal”, es decir, que está en todo el mundo. Antes de la Ascensión, Nuestro Señor le dijo a los discípulos: «Vayan, entonces, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt, 28, 19-20). El mandato del Señor fue entendido desde el rechazo de los judíos y la dispersión de los apóstoles y discípulos por el mundo conocido en ese momento: todo el Imperio Romano. Así, Pedro y Pablo llevan la fe a Roma, Santiago el Mayor a España, san Bartolomé a Oriente; y así, cada uno fue cumpliendo con el mandato de Nuestro Señor. Al morir san Juan, cerca del final del siglo I, se puede decir que la Iglesia ya era Católica, es decir, “universal” para el mundo conocido en esa época. San Ignacio de Antioquía así lo indica en su carta a los esmirnotas, donde dice, cerca del año 110: «Donde está el obispo está la comunidad, así como donde está Cristo Jesús está la Iglesia católica». Esto nos indica además, que la Iglesia está unida como cuerpo místico de Cristo a su cabeza.

Apostólica y romana

Esta nota tiene dos características: como indica el Papa Francisco es misionera, porque de los apóstoles recibió el mandato de Nuestro Señor de enseñar a todo el mundo. Pero también es apostólica porque está fundada sobre la sucesión de los apóstoles, es decir, sobre quienes el Señor envió (eso quiere decir apóstol: “enviado”) que son los obispos, que enseñan, santifican y dirigen a la Iglesia que les ha sido confiada. Las iglesias “particulares”, es decir, territoriales, son plenamente católicas por su comunión con la Iglesia de Roma que, como dice san Ignacio de Antioquía, preside “en la caridad” a las otras.

Desde el ministerio de Pedro el obispo de Roma tomó el primado sobre los otros obispos. ¿Qué quiere decir el primado? Que los otros obispos tienen que estar en comunión con el Obispo de Roma, al que con el tiempo se comenzó a llamar “Papa”. Jesús, después de la triple negación de Pedro, le confirmó su ministerio diciéndole tres veces “apacienta a mi rebaño”,  para afirmarle en su misión.

¿En qué consiste ese “primado” de Pedro y sus sucesores? El Catecismo de la Iglesia nos dice: «El Romano Pontífice, cabeza del colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral» (CIC 891). Hay tanta confusión con respecto a la infalibilidad papal que es bueno detenerse un poco a examinar en qué consiste la misma, y remitirse a la constitución “Pastor Aeternus” que la define:

«El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables».

El Papa es infalible, es decir que tiene la potestad de “no equivocarse” en un ámbito muy definido y acotado. Para que una enseñanza suya sea considerada infalible tienen que darse varias condiciones:

Tiene que hablar como pastor y maestro de todos los cristianos Si habla como persona privada o le habla a un grupo particular de cristianos, sus enseñanzas no deben considerarse infalibles. Si el Papa, dirigiéndose al pueblo argentino, que conoce, nos dice algo particular para nuestra idiosincrasia, el resto de la Iglesia puede o no tomar esa enseñanza, pero no cae dentro del magisterio ordinario del Papa.

Tiene que ser en cuestiones de fe y moral (o costumbres). El Papa es bastante fanático (como buen argentino) de un equipo de Fútbol, San Lorenzo de Almagro. Sus definiciones sobre fe y moral por supuesto que las debo obedecer y acatar, pero podemos pelearnos toda la vida porque el equipo más grande de Argentina es River Plate. Bromas aparte, esto quiere decir que el Papa puede definir un dogma que esté relacionado solamente con la fe y la moral. Sus opiniones personales no caen dentro de la infalibilidad.

Tiene que haber una declaración formal de que la enseñanza es “irreformable”, es decir, definitiva. Pero para esto, la definición tiene que estar en un todo de acuerdo con la enseñanza previa de todos los Papas. El Papa tiene potestad sobre aquello que aún no está claramente definido por la doctrina, y tampoco es que puede definir lo que a él se le ocurra: tiene que haber una indicación, en la Escritura o en la Tradición de esa enseñanza. Por esta razón, cuando se discutía sobre el “limbo”, es decir, sobre dónde iban las almas de los inocentes que no habían sido bautizados, el papa Benedicto XVI dijo que no habiendo enseñanza en concreto en la Escritura al respecto, no se podía definir, dejando a esas almas a la infinita Misericordia Divina.

El Magisterio de la Iglesia es de una riqueza y una profundidad tal que las cuestiones “indefinidas” son pocas y están acotadas. La última definición ex-cathedra de un papa fue en 1950, el dogma de la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a los Cielos fue proclamado por el papa Pío XII el 1º de noviembre de 1950, en la Constitución “Munificentisimus Deus”. Este tipo de enseñanza definitiva se conoce como “magisterio extraordinario”. El llamado “magisterio ordinario”, es decir, el resto de las enseñanzas de los Papas y los obispos en comunión con el papa, no son infalibles en ese sentido estricto, aunque sí se debe prestar “religiosa sumisión”. Como dice la constitución “Lumen Gentium”

«Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento, de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según la mente y voluntad que haya manifestado él mismo y que se descubre principalmente, ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas»  (LG, 25).

¿Qué quiere decir esto? Que debemos recibir la enseñanza de los papas en materia de fe y moral con sumisión, y tratando de entenderla de modo tal que no sea un obstáculo para nuestra fe ni la de otros hermanos. Si cada cosa que publica el Papa vamos a estar discutiendo desaforadamente por cada punto y coma que no entendamos o que (probablemente) malinterpretemos, la enseñanza de la Iglesia sería imposible. Voy a tomar un ejemplo para ilustrar esto. El año que yo nací, allá lejos y hace tiempo, fue el año que el Papa Pablo VI publicó la “Humanae Vitae”. Debe de haber sido la encíclica más malinterpretada y más rechazada, incluso por muchísimos católicos de buena fe. ¿Por qué sucedió esto? Porque, según sus detractores, el papa estaba “frenando un avance de la ciencia” y porque la escritura no decía claramente: “no tomarás anticonceptivos hormonales sintéticos producidos por multinacionales farmacéuticas que se llenan los bolsillos arruinando la salud de las mujeres”.

Hoy, la “Humanae Vitae” es un clásico, una pieza clave que los activistas provida conocemos, y que es perfectamente entendida por la inmensa mayoría de los católicos. ¿Es infalible? ¡No! Sin embargo, sus enseñanzas son tan claras y vivas, tan incontrastablemente seguras, que no hay casi nadie que se atreva a cuestionarlas.

Volviendo al tema inicial, la Iglesia es católica, es decir que es universal, y apostólica, porque recibió de los apóstoles y sus sucesores una misión, la de enseñar a todas las naciones lo que Jesús les enseñó, y nos confirma en la fe mediante un Pastor infalible. Y es romana porque Pedro eligió como sede apostólica Roma, y los católicos que estamos directamente sujetos a él tenemos un mismo rito que llamamos latino.