Teología del Cuerpo

Hace ya un buen tiempo, te compartía unas ideas, sacadas de la Teología del Cuerpo, acerca de la pregunta «¿quién soy yo?» para ayudarte a responder esa pregunta.

Hoy, sin embargo, quisiera detenerme en un punto específico que, en mi opinión, es la clave para responder realmente esta difícil pregunta. En ese orden de ideas, acompáñame en esta breve, pero profunda, reflexión.

Un poco de contexto desde la Teología del Cuerpo

En las catequesis sobre teología del cuerpo de San Juan Pablo II, el Papa se detiene a analizar el momento en que Dios, después de crear al hombre (Adán, que significa humanidad), pronuncia las palabras: «No está bien que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada».

Seguro San Juan Pablo II se preguntaría: ¿por qué Dios, que seguro sabía que la soledad no era buena para el hombre, lo crearía en soledad? ¿Qué sentido tendría? A estas preguntas, el Papa entendería que se trataba de una forma de «prueba» que Dios le pone a Adán.

Para contextualizarnos aún mejor en esta situación, también para hacerlo más cercano a nuestras experiencias diarias, esta escena coloca al hombre, sin exagerar, absolutamente solo: no había animales, mucho menos otros seres humanos. Sin embargo, dirá el Papa, no veamos tanto esta soledad como ausencia de otros seres (animales y humanos), sino como una soledad existencial.

En ese orden de ideas, para nuestras circunstancias cotidianas, se trataría de aquellos momentos en los que, a pesar de estar con alguien, sentimos en el interior una soledad penetrante.

En soledad absoluta, ¿qué hay?

Ahora, la soledad original ciertamente nos ubica en una situación en la que no hay nada: solo está Adán y el jardín en el que fue puesto por Dios. El texto, sin embargo, nos muestra a Dios que no cesa de actuar en favor del hombre: es esta acción la que lo motiva a pronunciar sus palabras y a seguir con la creación de los animales y, luego, de la mujer por separado.

Esta acción nos revela algo importante: la presencia de Dios en medio de todo. Por las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, sabemos que esta presencia no era física. No solo por el hecho de que Dios es Espíritu puro, sino porque el hombre no podía ver a Dios cara a cara: ese privilegio estaba guardado para después. Esto hace surgir la pregunta: si Dios no estaba presente físicamente, ¿cómo estaba en contacto con Adán? Y la respuesta es: en la interioridad del hombre.

El corazón de cada uno de nosotros es el hogar del Espíritu Santo. Él reside ahí, como en el jardín en Edén, tratando de entablar una relación con nosotros.

En la situación en que nos encontramos en esta escena, entonces, tenemos: Adán, el jardín y Dios. Ahora, como vemos después en el relato, Dios no cesa de actuar en favor del hombre. De este modo, es fácil darnos cuenta de que Él siempre está actuando de este modo: en favor nuestro. Lo mismo podemos decir, incluso, durante este momento de soledad. En ese sentido, entonces, ¿en qué consiste este ‘favor’?

La Teología del Cuerpo y el significado más profundo de la soledad original

Teología del Cuerpo

Si Dios actúa siempre en favor del hombre, quiere decir que la soledad en que lo creó originalmente es, precisamente, a su favor. Es en este ‘favor’ en que consiste esta “prueba” de la que habla el Papa. El favor era facilitar las cosas para que el hombre pudiera encontrarse, en su interior, con Él. ¿Para qué?

Dios, como nos enseña la teología, es fuente de todo bien, creador de todo cuanto existe, el Ser por excelencia. Más allá, incluso, sabemos que Dios es la Verdad.

Ahora, para entender lo siguiente, debemos, de golpe, comprender mejor la función que tiene la Verdad en la vida humana: la Verdad ilumina, revela lo que está escondido. Recién creado, ¿qué podía estar oculto para Adán? Tres cosas: ¿quién era Dios? ¿Quién soy yo? Y, finalmente, ¿de dónde vengo?

La soledad original fue pensada por Dios, justamente, para facilitar el alcance a estas respuestas. Sin embargo, no es cualquier cosa: es el fundamento de todo. La manera como está puesta la historia nos hace ver que sin esta ‘prueba’, todo lo que sucederá después no habría tenido sentido.

En el encuentro con Dios, en la soledad original, el hombre comprende su más profunda esencia: su parecido con Dios. Además, le revela la naturaleza de esa esencia: salir de sí mismo hacia otro. Dios, como sabemos, es Tres Personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), en una relación constante de amor. Las tres personas, a las que nosotros nos parecemos, están constantemente en salida. Es decir, están en modo «tú».

La soledad original le revela al hombre que su más profunda identidad es que es amador, como Dios, y que ser amador implica dirigirse, por completo, hacia el otro, en una donación plena de sí mismo. Adán no hubiera podido entender esto de otra manera. Más aún, los animales y la mujer no hubieran sido tratados con la dignidad apropiada si Adán no hubiera comprendido antes la clave que descubre aquí.

Ante Dios… no es cualquier cosa

Teología del Cuerpo

El encuentro personal con Dios, en las profundidades, no es cualquier cosa. Tampoco es algo fácil de conseguir. Hemos descubierto que la naturaleza de nuestra verdadera esencia es salir de nosotros mismos al encuentro con el otro. La dificultad actual radica, precisamente, en que esta fórmula está invertida: salir hacia el otro es complicado, porque implica una infinitud de renuncias personales, en favor del otro.

Pensemos lo siguiente: a Dios, de golpe, le habría convenido crearnos de otra manera (no lo sabemos, queda en el misterio). A lo mejor, si nos hubiera creado como ángeles, la tragedia humana del pecado no se habría presentado y todos estaríamos mejor. Sin embargo, acudiendo a la fe, como hacía constantemente el Papa San Juan Pablo II, no podemos olvidar que, aunque mucho quede en el misterio, lo que es cierto es que, si Dios decidió esto y no lo otro, es porque esa era la mejor opción.

Entonces, sí, puede que le hubiera convenido más a Él crearnos de otro modo. Pero Él no pensaba en sí mismo cuando nos creó: pensaba en nuestra felicidad absoluta. Y, por eso, podemos decirlo de esta manera, decidió hacer ciertos sacrificios personales, con tal de facilitarnos esa felicidad.

La fe no nos permite pensar en un Dios que piense en sí mismo, ni siquiera por un segundo: Él, en su amor infinito, está siempre preocupado por nosotros, haciendo todos los sacrificios que requerimos para nuestra salvación. La prueba reina de esto es: que entregó a su único Hijo, para salvarnos de la muerte certera a la que estábamos justamente condenados.

Es esta naturaleza de salida constante de sí mismo de Dios la que resulta en nuestra dificultad de encontrarnos con Él: para encontrarnos realmente con Él, debemos, también, estar en modo «tú». De lo contrario, aunque Dios pase al frente nuestro, no seremos capaces de reconocerlo, pues estaremos mirando hacia nuestro ombligo.

La Verdad ilumina

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Habíamos dicho, para concluir esta reflexión, que la Verdad ilumina y revela lo que está oculto, ¿verdad? Esto nos muestra una condición fundamental que se suma a la anterior de ponernos en modo «tú»: debemos estar verdaderamente dispuestos a que esa luz que proviene de la Verdad nos alcance. Estar en modo «tú» es lo que facilita esto.

Veamos una escena del Evangelio que nos sirve para verlo mejor: en una ocasión, Nuestro Señor les dice a sus discípulos que si «tuvieran fe como un grano de mostaza, podrían decirle a este monte: “trasládate de aquí allá”, y se trasladaría, y nada les sería imposible» (Mt 17, 20). ¿Por qué Nuestro Señor utilizaría un «grano de mostaza» para hablar de la fe? Nosotros pensamos, más bien, que para mover una montaña, se requiere de mucha fe.

Y, sin embargo, Cristo dijo que se requería una fe como un grano de mostaza. En el fondo, lo que nos dice es: no es que tengan mucha fe… lo que importa es que, por pequeña que sea, mientras sea verdadera fe, “nada les sería imposible”.

Dios no busca mucho en nosotros… busca lo mínimo, pero que sea de todo corazón. Lo mismo pasa con nuestra disposición de dejar que la luz de la Verdad nos alcance. ¿Por qué? Porque, como dijimos más arriba, revela cosas ocultas. Y hay muchas cosas ocultas en nosotros que no queremos ver. Esta verdadera disposición de ser alcanzados por la Verdad, de tener esa «fe como un grano de mostaza», implica querer ver todo, especialmente lo que no queremos ver.

Esta es la esencia de tal prueba de soledad existencial en la que a veces nos encontramos, como Adán en aquel jardín: es Dios buscándonos para encontrarnos con Él en el interior. Para hacerlo, para lograrlo, debemos ponernos en modo «tú» y disponernos, con sincero corazón, a ser alcanzados por la Verdad.

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