Nuestro tiempo se asemeja mucho a la antigüedad en un punto no muy reconfortante, a saber, que también hoy la humildad no aparece en nuestra lista de virtudes. Virtud de cuño cristiano que los romanos no reconocían, ni tampoco los sabios griegos, no al menos en su acepción más profunda como trataremos de evidenciar. La fortaleza, la justicia, la perseverancia, etc. han tenido mejor suerte sea antes que después de Cristo: al menos todavía se promueven en las familias, en los colegios, en las universidades, etc.

La humildad en cambio parece una perfecta desconocida, quizá porque es una niña dependiente, mansa, o sea obediente, y dulce, quizá porque no hay espacio para la fragilidad y la dependencia en un mundo tan autónomo y competitivo como el nuestro. Es triste que poco se alabe y se hable de esta crucial virtud, así como también que se ignore el fundamento en que ella radica y del cual saca toda su fuerza: Cristo. Sí, quizá esta es la explicación de fondo de su desaparición: del Maestro manso y humilde (Mt 11,29) tampoco hoy se escucha hablar.



1. Un hecho curioso de nuestros días: un experimento

Un hecho interesante que nos permite confirmar parte de lo dicho, sobre la falta de la humildad en nuestros días, se lo debemos a una psicóloga de la personalidad del Instituto para el Desarrollo Humano, Max Planck: Julia Rohrer. A través de un proyecto llamado «Loss-of-Confidence» (Pérdida de la Confianza) la estudiosa ha buscado crear una plataforma donde sus compañeros pudiesen admitir públicamente cuando se han equivocado en sus conclusiones científicas, buscando así promover en un espacio serio y académico una sana cultura de la auto-corrección (o auto-critica) y por ende de la humildad. La psicóloga ha incluso tratado de avalar su propuesta mostrando con una serie de otros estudios, los beneficios psicológicos e intelectuales que se dan en las personas que son humildes. ¿Cuál ha sido el resultado? Mucha resistencia. Sí, Rohrer ha notado lo difícil que es promover la humildad intelectual y que, normalmente la gente no está dispuesta a admitir sus errores, lo que en muchos casos lleva a algunos científicos a defender a capa y a espada, aun en el error, sus posiciones y teorías…incluso hasta la muerte.



2. Un problema antiguo como el hombre: Sócrates

Este problema en realidad no es algo nuevo. Ya más de dos mil cuatrocientos años atrás un amigo del gran filósofo Platón, contaba que el Oráculo del templo de Delfos le había dicho que Sócrates (maestro de Platón) era el hombre más sabio de todos. El Oráculo por supuesto no siempre decía la verdad, o a veces las profecías no eran evidentes o coherentes en sí mismas, por lo cual había que empeñarse para descubrir su sentido más profundo. Por ello, Sócrates que se sabía muy ignorante en tantas materias (tal vez en todas), decidió recorrer la ciudad, para enfrentarse con los verdaderos sabios — o que al menos se decían tales — y así, casi como para desafiar su irónico destino, desmentir al Oráculo, pues entonces podría descifrar el auténtico significado de tan extraña predicción. Interrogó el maestro griego a los políticos, a los poetas, a los artesanos, pero sin buenos resultados, pues cuando iba un poco más allá de las primeras impresiones, para entender desde su ignorancia el fundamento de lo que afirmaban dichas personas, descubría el viejo Sócrates que en el fondo poco a nada comprendían de lo que iban diciendo.

Por poner un ejemplo, si un político por ahí afirmaba: «el Estado, debe velar por la justicia», Sócrates entonces le habría preguntado «¿Qué es la justicia?»,  y este le habría respondido «dar lo correspondiente a cada quien», a lo que Sócrates volviendo a la carga habría replicado «¿Pero qué es lo correspondiente?», y quizá en ese momento, o un poco después, el político se quedaría callado (en el mejor de los caso), al darse cuenta que no sabía la respuesta, o en cambio sin saber de verdad la respuesta empezaría a divagar con giros retóricos diciendo cosas inventadas o contradictorias, o afirmaría tal vez otras verdades de las que aún no tendría conocimiento de causa (entonces bastaría otra vez repetir el proceso para mostrar su inconsistencia).

Esto era algo que también le pasaba con frecuencia a los poetas inspirados por las musas, que no sabían dar razón de muchas de sus inspiraciones, o a los artesanos tan ignorantes fuera del campo de su profesión. En fin, la moraleja de la historia es clara: los hombres de la ciudad creían saber cuando en realidad eran ignorantes; peor aún: eran incluso ignorantes de su ignorancia. Sócrates en cambio sabía de no saber nada o casi nada, sabía de ser ignorante, y lo reconocía; mejor aún: gracias a la humildad de saberse tal y reconocerlo, era capaz de hacerse siempre nuevas preguntas, cada vez más incisivas que indirectamente desenmascaraban a los falsos sabios, permitiéndole así de convertirse en el hombre más sabio de todos.

Este tipo de ejercitación socrática (o mayéutica), es algo que sería muy saludable aprender a cultivar en nuestros diálogos, porque nos ayuda a examinarnos mejor, a admitir nuestra fragilidad y a desenmascarar la ilusión. Por ejemplo antes de afirmar algo con autoridad, sería bueno preguntarnos de dónde sacamos tal conclusión y si tenemos fundamentos o conocimiento de causa de ella. Sería bueno además dejarnos interpelar y ayudar por los demás, así como cuestionar también nosotros a nuestros amigos a través de esta clase de preguntas. De esta manera podremos tocar el límite de nuestros conocimientos para confesar nuestra ignorancia, y así crecer en humildad.

3. La única y auténtica respuesta al problema: Cristo

Ahora bien, la «humildad» socrática no basta: sea porque también desde ella se podría caer en la trampa de la presunción, es decir, de creernos sabios incluso por nuestra humildad, atribuyéndonos el mérito y entonces alzándonos como mejores que los demás; sea porque además esta dinámica no afronta y resuelve el fondo del problema mismo, es decir, no nos dice ¿por qué buscamos una falsa seguridad y valoración en estas dimensiones físicas, psicológicas o  espirituales que sean? ¿Cómo romper este círculo vicioso y dejar de proyectar nuestra identidad en realidades accidentales como son la belleza física, los talentos o los bienes fruto de nuestro obrar? Es obvio que muchas de estas temáticas fueron afrontadas por los filósofos griegos, que llegaron a intuiciones tan cercanas a la respuesta que algunos no temieron llamarlas incluso semillas (anticipaciones) del Verbo, sin embargo solo con la venida de nuestro Señor el problema pudo ser cabalmente tratado, dándole a la humildad su verdadera profundidad, así como un auténtico fundamento, es decir, llevándola a su plenitud. ¿En qué sentido?

En que Cristo, el hombre más sabio de todos — único y auténtico Maestro de la historia (Mt 23, 8) — viene a interrogarnos, no solo para mostrarnos la verdad, sino para plasmarnos y constituirnos en ella. Porque Él no es un maestro que viene a enseñarnos el camino, que conduciría a la verdad gracias a la cual podríamos tener acceso a la auténtica vida, sino que Él más bien se constituye en su relación personal con nosotros, como el Camino, la Verdad y la Vida. ¿Qué quiere decir esto? Que Cristo, nuevo Adán, manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (Gaudium et Spes 22), porque establece con el hombre una nueva comunión de amor, revelando el misterio del Padre y de su amor.

En ese sentido, poder admitir nuestros límites, errores, pecados, etc., y así alcanzar la verdad sobre nosotros y sobre los demás, es posible solo si en primera instancia nos abrimos a la verdad que Dios quiere revelarnos sobre quiénes somos en su Amor. O en otras palabras, la humildad cristiana no consiste tanto en humillarse, reconociendo un límite, una ignorancia, un error, o un pecado (concepto que los griegos no concebían en su acepción espiritual), cuanto en reconocer nuestra altísima dignidad de ser amados, a pesar de todo, por Dios. O lo que es lo mismo, la aceptación de nuestra condición frágil, limitada, necesitada, etc. no es un fin en sí mismo — no basta reconocerse en la miseria para alcanzar la verdad sobre sí mismo —, esto solo es necesario como instrumento, como condición para morir a nuestro ego, que incluso puede ser fuerte y grande en la auto-humillación, y así abrirnos al único Amor que puede constituirnos de verdad en la Verdad: el amor de dependencia filial que el Padre nos ofrece en su Hijo.

Un ejemplo por todos conocidos de lo que tratamos de balbucear, lo encontramos en la sublime parábola del hijo pródigo, o del Padre misericordioso mejor (Lc 15, 11-32). Allí, la humildad del hijo no se ve reflejada por su humillación y auto-condena ante su Padre («he pecado, contra el cielo y contra ti ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros»), sino por la aceptación de su dependencia, filial; por la aceptación de que su miseria estaba justamente en la falta de comunión con el Padre, única relación capaz de reconstituir su dignidad de hijo. Es más, habría que añadir que, justamente, en ese momento de vergüenza y humillación, aceptar ese abrazo paterno, esos besos y los beneficios de su ser hijo, es la auténtica manifestación de la humildad (tantas veces más difícil y humillante que las otras penas que nos imponemos). En esa línea, el Papa Juan Pablo II en su maravillosa encíclica «Dives in Misericordia», nos enseñaba que:

«La misericordia — tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo — tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé. Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y «revalorizado». El padre le manifiesta, particularmente, su alegría por haber sido «hallado de nuevo» y por «haber resucitado». Esta alegría indica un bien inviolado: un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su padre; indica además un bien hallado de nuevo, que en el caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad de sí mismo. Nuestros prejuicios en torno al tema de la misericordia son a lo más el resultado de una valoración exterior. Ocurre a veces que, siguiendo tal sistema de valoración, percibimos principalmente en la misericordia una relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la recibe. Consiguientemente estamos dispuestos a deducir que la misericordia difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo demuestra cuán diversa es la realidad: la relación de misericordia se funda en la común experiencia de aquel bien que es el hombre, sobre la común experiencia de la dignidad que le es propia. Esta experiencia común hace que el hijo pródigo comience a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad (semejante visión en la verdad es auténtica humildad); (IV, 6)».

4. La humildad cristiana: algunas consideraciones más

Repitámoslo: El Padre ha mandado a su Hijo para — desde su amor — superar y desenmascarar la ilusión que produce el pecado que nos impide abrirnos a esta confianza filial, haciéndonos autónomos, autosuficientes, autorreferentes, etc. Solo, cuando logramos superar esta barrera para dejarnos reconciliar por Dios, Él puede comunicarnos, a través de una relación de amor con Cristo, la verdad sobre quiénes somos y a qué nos llama a vivir (ambas dimensiones íntimamente ligadas).

Por esta razón podemos afirmar que la persona humilde es aquella que reconociéndose hijo en el Hijo, escucha la voz de su Padre y responde al llamado de esta dignidad. Ahora bien, si la experiencia del encuentro es real, esto quiere decir que se acepta otra vez el vivir como hijos, lo cual nos pone en unas coordenadas de vida muy precisas, a saber, implica cumplir, por amor, la Voluntad del Padre. Por supuesto que asumir esto implica, no pocas veces, un dramático grado de humillación y de muerte personal («quien quiera venir en pos de mí…» Mt16,24), porque nuestro ego siempre tiende a ser autónomo, a dictaminar según sus criterios la verdad el juicio sobre nosotros y sobre los demás (hasta con buenas intenciones) y a adjudicarse los méritos de todo (de las obras, de las ideas, intenciones, etc.).

Ser humildes en cambio es reconocer que somos polvo y que al suelo tendemos, y que solo por la presencia del Espíritu en nosotros es que nos volvemos hijos y nos elevamos al cielo. No es casualidad que la palabras latina «humilĭtas», venga de la raíz «humus», que quiere decir «tierra». O como diría San Pablo, se trata de tener conciencia que incluso el esfuerzo en la lucha no nace de nuestra eficacia, sino de Cristo mismo: «por lo cual me fatigo luchando con su eficacia, que obra poderosamente en mí»(Col 1,29). Revestirse de humildad es revestirse del amor de Cristo y revestirse del amor de Cristo implica, morir a uno mismo, para permitirle al Espíritu que se dilate y tome posesión de todos los espacios de nuestro corazón, de tal manera que pueda así llevar a cumplimiento la Voluntad del Padre en nosotros, permitiéndole — como ha hecho el Señor — que a través de nosotros pueda servir a los demás a experimentar lo mismo.  

No se trata de una aspiración ideal, el Señor es muy concreto al respecto: «no he venido para ser servido sino para servir» (Marcos 10,45) y lo mismo se aplica a sus discípulos: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11,29). «El que sea el mayor entre vosotros que se haga como el menor, y el que manda que sea como el que sirve» (Marcos 10, 43). Esta es la manera de ser del Maestro, y a ella hay que conformarse, dilatando por supuesto el deseo con las buenas intenciones, pero sobre todo llevándola al centro de nuestro corazón para que se traduzca en hechos de verdad: «Porque me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, puesto que lo soy. Pues si yo, el Señor, os he lavado los pies, ya sabéis lo que tenéis que hacer los unos con los otros» (Jn 13,13). Como enseñaba con agudeza Pedro Damasceno: «El que es manso según Dios es más sabio que los sabios, y el que es humilde de corazón es más poderoso que los poderosos, a partir del momento en que lleva el yugo de Cristo con conocimiento de causa (Mt 11,28-30)».

Desde esta visión se entiende por qué ser humildes quiere decir por sobre todo aceptar un don, más que de alcanzar una disposición o virtud. Se trata sobre todo de descubrir y admitir que nuestros límites, nuestras fragilidades y nuestra dependencia no son tanto un problema intelectual (reconocer nuestro mal y reconocer a Dios), cuanto una cuestión de raíz espiritual (o cordial), es decir, una cuestión que se resuelve en la apertura sincera al Padre desde la decisión de nuestra voluntad, lo cual nos exige sin duda llorar por nuestro mal, pero no para quedarnos allí, sino para desde esa experiencia abandonarnos en las manos de Dios y crecer siempre más en la dependencia filial, en la confianza amorosa a su Voluntad. Esto es así, porque es en lo más profundo del corazón donde se encuentran esas herida que nos alejan de Él, y son estas las que nos hacen después caer en la trampa de una «sabiduría» mundana; esa que nos lleva a creernos nuestra inteligencia, nuestros éxitos, bienes, fama o nuestros dones… ¡incluso espirituales! lo cual, a su vez,  nos aleja sutilmente de la acción del Espíritu, pues nos lleva a caer en la soberbia, en la ira, en el orgullo, etc.en este último caso bajo apariencia de bien. Pero sabemos que: No todo el que diga: «Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos» (Mt7,21). Esta es la gran astucia del maligno, «príncipe de la mentira» que prefiere «reinar en el infierno que servir en el paraíso» (Milton).

Por supuesto, sabemos que desmontar las argucias del demonio no es cosa fácil. Sin embargo, vale la pena el esfuerzo. Vale la pena discernir, rezar y pedir este don (y luego cooperar con él), porque ¡cuánto bien hace una persona humilde (y cuánto hacen falta)! En cualquier ambiente y circunstancia el humilde no genera rivalidades, ni atemoriza con su presencia, no incomoda con sus palabras o correcciones, sino que edifica, tranquiliza, renueva, porque es transparencia del Espíritu. Y si lo hace no es por su culpa, mas por la resistencia del ego de quienes, por no querer morir, se ven intimidados por la Verdad y  por el Amor del cual es portador (como era el caso de los fariseos ante Jesús). El humilde no está a la defensiva ni cerrado en sus ideas, porque no busca su interés personal sino servir al Señor para la salvación de los demás. María, en ese sentido, cristaliza en modo ejemplar esa ternura, esa bondad y esa sencillez que estamos llamados a asumir. Dios, al mirar la humildad de su sierva (Lucas 1,48), confirma la trascendencia de este camino de humildad para nuestra salvación y la de los demás.

En fin, como decíamos, no solo tenemos necesidad de reconocer y enmendar nuestra ignorancia intelectual, sino por sobre todo, la de confesar y aceptar nuestras miseria — heridas y pecados —, para desde ellas abrirnos al amor misericordioso de Dios que nos sana, nos salva y nos reconcilia en la verdad de nuestro ser hijos, gracias a una sabiduría que no es de este mundo. «¡Nadie se engañe! Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio; pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios. En efecto, dice la Escritura: El que prende a los sabios en su propia astucia. Y también: el Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios. Así que, no se gloríe nadie en los hombres, pues todo es vuestro, ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro; y vosotros, de Cristo y Cristo de Dios» (1Cor3 18-23).