Nuestros amigos de «Catholic Stuff» nos traen un nuevo video genial. El tema central es «el orgullo vs. la humildad», hoy quiero compartir contigo este recurso tan importante para nuestra vida personal y comunitaria, y además darte unos consejos para fortalecernos en esta virtud. 

¿Qué es la humildad? «La humildad nos hace reconocer que nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar», es decir a los pequeños (Mt 11, 25-27) (CEC 2779).

En otras palabras, la humildad es una virtud necesaria para poder conocer al Padre y se hace imposible este conocimiento si no es por medio de su Hijo Jesucristo.

¿Te ejercitas en la virtud de la humildad?

Toda virtud nace del hábito, como diría santo Tomás: «El no practicar la virtud conlleva al origen de los diversos vicios». Por esto, es necesario ejercitarnos en las diferentes virtudes cristianas, especialmente en la humildad, virtud por la cual Dios habita en en corazón y actuar del hombre. 

Y ahora que tenemos claro el concepto de humildad, pasemos a ver cuáles son los cinco consejos que te ayudarán a ejercitarte en esta hermosa y muy necesaria virtud: 

1. Abajarse

Es complejo comprender en qué consiste el «abajamiento», pues distinto a la sumisión que llega a pisotear a la persona, el abajamiento conlleva el reconocimiento de sí mismo, dentro del conjunto de fortalezas y debilidades, junto con una sincera aceptación de los errores. 

Abajarse es comprender que somos criaturas limitadas frente al Creador ilimitado. Ser conscientes de la absoluta necesidad de trascender y buscar el auxilio divino en las diversas situaciones de la vida. 

2. Obedecer al director espiritual

Una de las maneras más prácticas y sencillas de ejercer la humildad es la práctica de la obediencia a nuestros superiores. Y en especial a nuestro director espiritual, él nos guía hacia un camino de perfección en la fe. 

Ser obedientes es fundamental, siempre que las pautas no conlleven a la culpa. Este es un camino seguro en la búsqueda de la caridad, sencillez, y humildad.

El director espiritual es quien por medio de una sana doctrina y espiritualidad cristiana, te aconseja y guía en el acercamiento a Dios y la búsqueda de la santificación de la vida.  

3. Acércarse a Dios de corazón

Es necesario ser sinceros en nuestra búsqueda de Dios. Así como pedir a Dios el don de la humildad es importante en la vivencia cotidiana de nuestra espiritualidad, la oración humilde en la que nos reconocemos necesitados del Padre, es un medio eficaz en la búsqueda de las virtudes. 

La humildad nos hace nobles. Y aunque muchas veces encontremos conceptos sobre la humildad que no son más que falsas ilusiones, hoy te quiero invitar a iniciar un camino de purificación y fortalecimiento desde la sencillez de tu corazón.

Donde se descubra poco a poco cuáles son los elementos personales que nos están alejando de la humildad y cómo mejorar en ellos.

4. Imitar a la Santísima Virgen María

La virgen María como discípula del Señor, es el mejor modelo a seguir en el camino de la santidad. Ella en su pureza, sencillez y humilde piedad nos enseña la grandeza de reconocernos «siervos humildes» de Dios. 

Meditar en los dolores de la Santísima Madre, en los pasajes bíblicos en los que ella está presente, en la oración piadosa y ferviente de su actitud silenciosa, nos ayudará a avanzar en este camino.

¿Qué mejor manera de caminar hacia el Maestro, que yendo de la mano de quien le enseñó a caminar a Él?

5. Rezar las letanías

Por último, te recomiendo rezar las letanías de la humildad. Que tus momentos de oración no sean solo peticiones a Dios por cosas materiales. Sino que la acción de gracias, la alabanza y la súplica de virtudes celestes, guíen nuestra espiritualidad y la acerquen más y más al corazón de Dios. 

Letanías de la humildad 

Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón parecido al tuyo.

(Después de cada frase decir: Líbrame, Señor)

Del deseo de ser alabado,

del deseo de ser honrado,

del deseo de ser aplaudido,

del deseo de ser preferido a otros,

del deseo de ser consultado,

del deseo de ser aceptado,

del temor a ser humillado,

del temor a ser despreciado,

del temor a ser reprendido,

del temor a ser calumniado,

del temor a ser olvidado,

del temor a ser ridiculizado,

del temor a ser injuriado,

del temor a ser rechazado,

(Antes de cada frase decir: Concédeme, Señor, el deseo de…)

que otros sean más amados que yo,

que otros sean más estimados que yo,

que otros crezcan susciten mejor opinión de la gente y yo disminuya,

que otros sean alabados y de mí no se haga caso,

que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil,

que otros sean preferidos a mí en todo,

que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda.

De ser desconocido y pobre, Señor, me alegraré,

De estar desprovisto de perfecciones naturales de cuerpo y de espíritu.

… que no se piense en mí,

que se me ocupe en los empleos más bajos,

que ni se dignen usarme,

que no se me pida mi opinión,

que se me deje el último lugar,

que no me hagan cumplidos,

que me reprueben a tiempo y a destiempo,

bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia,

porque suyo es el Reino de los Cielos.

Oración

Dios mío, no soy más que polvo y ceniza. Reprime los movimientos de orgullo que se elevan en mi alma. Enséñame a despreciarme a mí mismo, Vos que resistís a los soberbios y que dais vuestra gracia a los humildes. Por Jesús, manso y humilde de corazón. Amén.