Como jóvenes debemos preguntarnos día a día: «¿Qué haré por Cristo?», ésta pregunta surge de un libro que recopila pensamientos de la Madre María Félix, fundadora de la Compañía del Salvador, una mujer que trabajó incansablemente por la salvación de las almas. Y este gesto me llama la atención, porque ¿cuántas veces transcurre nuestro día (por no decir toda la vida) sin hacer algo por el bien del otro y sin caer en la cuenta de que esto tiene como recompensa la vida eterna? Además, te imaginas que por un momento, como verdadero hijo de Dios, transmitas tan solo un poco del inmenso amor que Él ha infundido en ti al crearte, pues te cuento que cambiarás muchos corazones que se encuentran absortos en las preocupaciones y las tristezas de la vida.

Para que cada vez tu vida pueda responder más a esta pregunta te invito a que tengas en cuenta tres cosas muy importantes:


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1. Ver con los ojos de Cristo

«En aquella ocasión Jesús exclamó: «Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has mantenido ocultas estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, pues así fue de tu agrado. Mi Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se lo quiera dar a conocer. Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11, 25-30).

Esta cita bíblica no es más que una invitación para ti y para ese corazón que tienes (quizás dormido), a ver diariamente con los ojos de Cristo, sentir como sentiría Él y a caminar junto a esa persona que está a tu lado, necesitada de una compasión real y no de lástima y migajas de un amor efímero. 


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2. Ponernos en manos de Dios

Pero, tengo miedo. ¿Cómo llegar a esto? Lo primero que hay que hacer es ponernos en manos de Dios y dejar que su voluntad se realice en nuestras vidas, así como lo hizo la Virgen María.

El Papa Benedicto XVI nos dice con respecto a esto: «Así, en nuestra oración debemos aprender a confiar más en la divina providencia, pedir a Dios la fuerza para salir de nosotros mismos y renovar nuestro ‘sí’, para decirle: ‘hágase tu voluntad’, para conformar nuestra voluntad con la suya. Es una oración que debemos repetir a diario, porque no siempre es fácil confiarse a la voluntad de Dios». Para ganar fuerzas en este punto es bueno preguntarnos: ¿Estas orando? ¿Confías en las personas? Porque si no oras, mucho más te costará abandonarte en brazos de alguien que no conoces, aunque siempre ha estado para ti. Pero tranquilo, no eres el primero y mucho menos el último. Muchos hemos pasado por esas circunstancias y hasta que no tienes ese encuentro con aquel que cambia tu vida, que le da el sentido y el rumbo indicado, no podrás hacer mucho. Sin embargo, ¿estás dispuesto a que esto te pase? Si es así, solo hay una instrucción que es muy fácil y a la vez sencilla: abre tu corazón. Como lo diría san Juan Pablo II: «No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo.

3. Dirigir nuestra mirada a Dios

Luego pregúntate: ¿qué hacer para dirigir mi mirada en medio de la rutina a Dios? No construyas falsas expectativas, no tengas esa actitud de soberbia que te lleva a pensar que “nos merecemos” algo pero algo siempre mejor de lo que ya tengo. He aprendido (en este camino de fe) que nunca es tarde para trabajar en nuestra humildad, muchas veces la solución a nuestros conflictos existenciales la podemos hallar en esta virtud, pero tenemos que trabajar cada minuto para conseguirla, porque no es fácil, y menos cuando desde pequeño te han enseñado a sobresalir y a ser el “mejor”.  A estas alturas de nuestras vidas, ¿hemos aprendido a ser lo mejor de nosotros mismos para construir con nuestros esfuerzos diarios la civilización de amor de la cual nos hablaba Pablo VI?

¿Qué haré por Cristo? Has lo que nadie espera, lo que convertirá grandes problemas y lágrimas en millones de sonrisas, que nadie limite la gracia que Dios te ha dado al crearte para hacer grandes cosas, sé un joven de grandes ideales, pero de la mano de Dios porque solos no podemos.

Escrito por Mishel Medina.