Hace algunas semanas atrás, vi un documental sobre Pedro Opeka, un sacerdote argentino de 70 años, de la congregación de San Vicente de Paul, misionero en Madagascar, sinceramente el documental me conmovió mucho. Su vida es el reflejo de un alma entregada al servicio de los demás.

Dicho país, es una isla que se encuentra en el Océano Índico, cercano a Mozambique. Tiene una población de 25 millones de habitantes y es considerado uno de los diez países más pobres del mundo, con el 71% de la población debajo de la línea de pobreza. La incansable lucha de este sacerdote permitió que se le atribuyera el Premio Nobel de la Paz. 

¿Cuál es exactamente su trabajo misionero en Madagascar? Lleva casi 50 años en ese país y gracias a su obra, muchas personas abandonaron la situación de pobreza extrema. Tanto así, que se ganó el apodo de «La Madre Teresa con pantalones».

«No vi pobreza, ahí conocí la miseria» -revela el Padre Opeka-. El sacerdote narra que al llegar vio miles y miles de personas que vivían de uno de los basurales más grandes del mundo. Esa noche, asegura no haber podido conciliar el sueño, rogó a Dios que le diera fuerzas para rescatarlos de aquella deplorable e inhumana situación.

Emprendió una lucha sin descanso contra la pobreza

A partir de 1990 y luego de un largo trabajo que llevó años, convirtió el basurero de Akamasoa donde vivían miles de familias pobres, en una ciudad con 25 mil habitantes, 10 mil escolarizados, con redes de agua, escuelas y colegios secundarios.

Su proyecto cobró tanta fuerza, que prácticamente se convirtió en un estado paralelo al de Madagascar. Lo que el Estado no podía hacer por los más necesitados, el Padre Opeka lo realizaba gracias a su impulso misionero.

Lo más impactante del documental, es escuchar el testimonio de su lucha contra la pobreza en uno de los países más relegados del mundo, una de las zonas más pobres del planeta. Allí cambió la pobreza por oportunidades. Una de sus frases más conmovedoras del documental es: «El asistencialismo no ayuda a poner de pie a una persona, en cambio, el trabajo ayuda a dignificar a la persona».

¿Qué estamos haciendo para ayudar a otros?

Vale la pena que nos preguntemos cada uno en nuestro corazón, ¿Qué hago por los más necesitados? No es suficiente darles dinero o comida -es importante claro- pero también hay que comprometerse y, si es posible, ayudarlos a salir de la situación de pobreza, no solo física sino espiritual. Esto me recordó una cita del Apóstol Santiago que aplica perfectamente a la situación.

«¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, ¿Si no tiene obras?, ¿acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: ¿Tú tienes fe? pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe». (St 2,14-18)

Los invito a reflexionar sobre esta cita y a pensar si realmente nos atrevemos a salir de nuestra zona de confort para ayudar a otros. En caso de que quieran conocer un poco más el trabajo del Padre Pedro, les comparto el enlace con su conferencia en el Vaticano. ¡Nunca es tarde para ayudar! 😉

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