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«Al principio no sabes ni a lo que te enfrentas, ni dónde anda. Lo único que tienes es miedo, miedo al dolor, al sufrimiento, a la incertidumbre, a que el niño sufra…».

El video que les traemos hoy es del Opus Dei. Nos cuenta el viaje de vida de un padre de familia al descubrir que Alvarito, uno de sus hijos, nacería con una enfermedad rara, sin nombre, pero que incluiría parálisis cerebral.

Luego de 10 minutos de conversación con el neurólogo, la vida de nuestro protagonista dio un brusco giro hacia el miedo, la incertidumbre y la desesperanza.


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El diagnóstico nefasto que había recibido significaba, para él, el fin de la vida como la conocía, la muerte de tantas expectativas, el fin de sus esperanzas… Aquí me detengo y pregunto ¿nos hemos sentido así?

El dolor

Hay eventos en nuestra vida que de pronto nos cambian la agenda del día, de la semana, de toda nuestra existencia. Podemos llegar a pensar que no merecemos esa mala noticia, que la vida es injusta, que Dios se olvidó de nosotros, podemos incluso sentirnos traicionados por Él.

Lo cierto es que, simplemente, los eventos sombríos, las tragedias son también parte de la vida. Todos llevamos un dolor en el alma, todos tenemos una historia triste que podría hacer llorar a cualquiera.

Lo grande de nuestra fe es que, al estar con Dios, podemos ver las cosas con ojos de eternidad, con ojos de esperanza. Esa esperanza que nos hace volver a la realidad, redescubrirla y regresar más fuertes y más cercanos a nuestro Dios. ¿Cómo?

Yo sé bien en quién he puesto mi confianza

Ciertamente la realidad será una bendición por descubrir si es que partimos del principio que defendía San Pablo:

«Yo sé bien en quién he puesto mi confianza; estoy convencido de que es poderoso y que me guardará, hasta aquel día, lo que deposité en sus manos» (2 Tim 1, 12).

Perseverar en esta vida como si viéramos lo que aún no se puede ver requiere de fe y de valentía. El cristiano no puede tener un alma cobarde ni timorata.

Como sabemos, el cristiano no solo es el que tiene cierta afinidad por Cristo y su mensaje, sino es aquel que activamente intenta seguir sus pasos, quiere ser como Él y quiere llevarlo y hacerlo vida allí donde su amor solo se conoce de oídas.

Un consejo de san Josemaría Escrivá

En la historia, el protagonista redescubre su realidad luego de ver un video de YouTube de san Josemaría Escrivá, justamente cuando responde la pregunta de una madre de familia con un hijo enfermo con parálisis cerebral. Puedes ver el video completo aquí.

La madre le pregunta al sacerdote cómo llevar la situación con alegría, a lo que San Josemaría responde:

«Dios, nuestro Señor, envía alguna criatura en esas condiciones a las familias que ama mucho. Que NO es una desgracia. Quiérelo mucho a ese hijo. Quiérelo.

Ya sé que lo quieres mucho, quiérelo todavía más. Piensa que es un regalo, un regalo grande, una prueba de confianza que os ha hecho nuestro Señor».

La ternura de Dios

Ante estas palabras, el protagonista se conmueve, le conmueve la ternura del sacerdote al hablar de este tema… Haciendo un paréntesis, podríamos preguntarnos si el efecto del discurso de san Josemaría se debe a que logró encapsular y transmitir el amor y la ternura de Dios.

En ese pequeño discurso, tanto la madre de familia como el protagonista sintieron la ternura de nuestro Dios, sintieron que el mensaje era para ellos, pudieron experimentar esa certeza.

Al sentirse amados, descubrían que su vida estaba cobijada por ese amor y, por lo tanto, la realidad ya no tenía este tinte negativo. Lo genial de nuestro Dios y de su amor es que, estando con Él no es que la realidad cambie, es que adquiere otro sentido.

No nos desconecta de nuestro ambiente —eso sería un camino hacia la demencia— sino que nos enraíza a la realidad y le da una nueva profundidad, le da la perspectiva de eternidad.

Aquí me pregunto, ¿pasamos suficiente tiempo con nuestro Señor como para poder transmitir a los demás ese amor y ternura que necesitan? ¿Los animamos y alimentamos la fe con nuestra forma de ser, de hablar o de trabajar?

Los sacramentos: «Esto estaba aquí, esto estaba aquí para mí»

Una de las cosas que llama la atención es el efecto que la confesión, la misa y la comunión pueden tener en nuestra vida cuando el corazón está dispuesto.

Cuando nuestro protagonista vio su realidad con otra perspectiva, le abrió el corazón al Señor y pudo redescubrir los Sacramentos.

Se dio cuenta, para su sorpresa, que este tesoro había pasado desapercibido por muchos años y que todo este tiempo estuvo allí para él y para tantos otros que lo quieran recibir.

El secreto descubierto

«Tengo paz, tengo tranquilidad, nos reímos, somos felices, somos una familia feliz, oye…pero hay dolor, hay incertidumbre… ¿qué está pasando aquí?».

Es en nuestro día a día y en la entrega de nosotros mismos que podemos experimentar el amor de nuestro Dios.

Su amor, como decíamos antes, no niega la realidad ni la suprime. El dolor y la incertidumbre son parte de la vida, pero al estar de su mano, esa realidad se transforma y veremos que es posible ser felices, tener el corazón contento y cobijado ya desde aquí.

El protagonista así lo descubre y llega a esa conclusión: «El secreto de la felicidad es darse y olvidarse de uno mismo, esa es la gran lección que Álvaro trajo a mi vida».

Y aunque es cierto que muchos de nosotros ya hemos escuchado esto antes, ver a este padre de familia que todos los días entrega su vida a amar a su hijo y su familia (con todo el sacrificio que esto implica) y que, al mismo tiempo, tenga esa luz, paz y alegría en su rostro hace que su testimonio sea más cercano.

Para terminar, quisiera compartir un fragmento del libro de Sirácides, un libro de sabiduría precioso y que los animo a saborear:

«Camina con conciencia recta y mantente firme; y en tiempo de adversidad no te inquietes.

Apégate al Señor y no te alejes, para que tengas éxito en tus últimos días. Todo lo que te suceda, acéptalo y, cuando te toquen las humillaciones, sé paciente.

Porque se purifica el oro en el fuego, y los que siguen al Señor, en el horno de las humillaciones. Confía en él: Él te cuidará: sigue la senda recta y espera en él» (Sir 2, 2-6).

¿Cómo afrontar la enfermedad de un hijo?