
Vivimos inmersos en una sociedad donde se habla en medio del ruido y, aun así, no somos escuchados. Compartimos con muchas personas, pero a menudo sin abrir realmente el corazón, lo cual deja heridas en el alma. Millones de personas experimentan esta misma soledad emocional, que duele más que el silencio exterior.
El papa León XIV describió esta experiencia en la audiencia general del 30 de julio de 2025. Mientras comentaba el Evangelio del sordomudo, destacó que muchas personas ya no saben comunicarse. No por falta de voluntad, sino porque han sido heridas e incomprendidas. De este modo, las palabras se apagan por fuera porque el corazón sangra por dentro.
Con esta reflexión, el Papa recuerda nuestra fragilidad humana, pues todos llevamos heridas en el alma que, si no sanan, terminarán aislándonos en la soledad del resentimiento. Este dolor nos lleva a levantar muros interiores reforzados con odio y venganza, que solo el perdón nacido del encuentro con Jesús puede derribar.
Jesús toca nuestras heridas del alma
El Evangelio que comenta el Papa (Marcos 7, 31-37) relata que unos amigos llevaron a Jesús a un hombre sordomudo. Jesús no lo sana desde la distancia ni con gestos grandiosos.
Al contrario, se acerca a él, lo aparta de la multitud, pone sus dedos en sus oídos, toca su lengua y pronuncia una palabra que lo abre a la vida: Effetá.
Esa palabra, que significa «ábrete», simboliza lo que Jesús quiere hacer con cada uno de nosotros: abrir el corazón que ha sido cerrado por las heridas y devolvernos la capacidad de amar.
Por eso, Jesús se acerca, toca y transforma la realidad herida de la persona. Ante este ejemplo, es inevitable preguntarnos: ¿Nos mostramos fríos frente a las heridas del prójimo? ¿Somos de esos amigos que acercan al otro a Jesús para que destruya el muro que ha ido dejando el dolor?
La realidad es que nadie está demasiado herido, demasiado roto o demasiado equivocado como para quedar fuera del alcance de Cristo. Tú y yo necesitamos acercarnos a Jesús para que toque nuestras heridas. Y, a su vez, llevar a otros para que Él los toque y los transforme.
La soledad no es el final del camino
Cuando experimenta la incomunicación, la persona cree que la soledad es definitiva. Se convence de que ya no hay salida, pensando que las heridas del alma son incurables.
Sin embargo, el Papa recuerda que lo que realmente necesitamos son espacios con Jesús para descubrir que, incluso en medio de la oscuridad, siempre se puede volver a empezar.
Ahora bien, para quien vive prisionero de un recuerdo doloroso, es crucial entender que no puede permanecer atrapado en ese sufrimiento. La única liberación se da en el encuentro con Jesús al escuchar en el corazón su palabra: «Effetá».
Ese «ábrete» es una invitación al perdón, porque uno mismo es quien se libera primero cuando decide perdonar. Perdonar no significa borrar definitivamente un recuerdo. Al contrario, es el inicio para quitar el veneno, permitiendo que la paz regrese y el dolor se mitigue.
¿Hacia dónde llevamos a los demás?
Una idea que se repite en muchos lugares y de muchas formas, y que siempre llega a la misma conclusión, es que la Iglesia no es un lugar de perfectos, sino de pecadores. Por ello, este Evangelio nos deja un hermoso detalle que jamás debe pasar desapercibido: la acción de los amigos que llevan al sordomudo ante Jesús. Sin ellos, quizás este hombre nunca habría experimentado la presencia de Cristo en su vida.
Aquí surge la pregunta que nos interpela: así como los amigos lo llevaron a Jesús, ¿nosotros qué hacemos con nuestros allegados? ¿Acercamos o alejamos a nuestros amigos de Jesús?
Formamos parte de esa Iglesia que, con su escucha, su oración y su cercanía, tiene la misión de llevar a otros al encuentro con Jesús. Llevarlos al perdón que sana y reconstruye familias, comunidades, pueblos y corazones rotos.
De igual modo, si somos nosotros los rotos y heridos, también necesitamos dejarnos ayudar, abrir nuestro corazón, y buscar a quien nos escuche, nos guíe y nos acompañe. Al final, somos una comunidad de seres humanos heridos que debemos dejarnos llevar hacia Jesús y, al mismo tiempo, debemos llevar a otros.
De las heridas del alma a la esperanza: ¡sí es posible!
Para vivir auténticamente nuestra fe, las heridas no son un obstáculo. Allí donde el mundo solo ve fracasos, Cristo ve —y abre— nuevos caminos. Es precisamente en las heridas del alma donde Dios actúa. Por eso, el Papa, al dirigirse a los jóvenes durante el Jubileo, los animó a convertirse en faros de esperanza cada vez más brillantes, porque quien ha sido sanado por Dios puede llevar esa misma sanación a los demás.
Dios no solo elimina el dolor, sino que lo transforma en semilla de vida nueva y lo hace fecundo. Por ello, esta reflexión se vuelve una invitación práctica y concreta para todos nosotros: abrir el corazón al amor sanador de Dios, dedicar un momento de oración por alguien herido, escuchar con paciencia al que está solo y desamparado.
Incluso —cuando sea posible— acompañarlo al sacramento de la Reconciliación. Al final, estamos llamados a pasar de la esclavitud del pecado a la libertad del amor.
Este mundo, lleno de ruido, necesita nuestras voces que proclamen que el dolor no es el final, que no estamos condenados a vivir aislados, y que aún hay esperanza. Y esa esperanza tiene un nombre: Jesús, que sigue pronunciando sobre nosotros: «Effetá».
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excelente y nutrida la evangelización del Papa León XIV