Perder un hijo es perderlo todo. La sensación que uno tiene cuando un hijo propio se muere es que el mundo se termina pronto, y que nada más va a ser soportable después de una pérdida tan grande.

Casi todas las muertes de familiares cercanos tienen un nombre: un cónyuge que pierde al otro pasa a ser viudo, un hijo que pierde un padre pasa a ser huérfano, pero un padre que pierde un hijo no tiene nombre. Es como si el mismo lenguaje retrocediera aterrorizado ante un dolor inconmensurable, un dolor que no parece tener ninguna explicación lógica, ningún sustento racional, ningún asidero humano. Nuestro intelecto huye despavorido al tratar de encontrar explicaciones, tratando de encontrar culpables, tratando de encontrar algún tipo de sentido a algo que parece carecer de toda racionalidad.



Nadie le desea a nadie semejante dolor

Quienes lo hemos experimentado, no importa el tiempo que haya pasado, seguimos sintiendo renovado el desgarramiento del alma cada vez que una de estas tragedias sin nombre ocurren. Podemos comprender la impotencia, la rabia, y fundamentalmente, el dolor de los padres que sufren, como si fueran nuestros. Sabemos dónde están, porque nosotros hemos estado ahí. Pero si bien sabemos que se sale de esto, no podemos saber el cómo.

La reacción de los padres después de una pérdida tan dolorosa, absurda e increíble, si bien varía de acuerdo al temperamento de ambos, es casi siempre la misma. Surgen las mismas preguntas: ¿Por qué me tuvo que pasar a mí?, ¿qué hice yo para merecer semejante castigo? ¿por qué mi hijo, y no el hijo de algún otro, un ladrón, un político, o tanta gente mala que infesta el mundo?, ¿cuándo va a terminar este dolor?, ¿cómo hace un padre que ama a su hijo para superar este dolor? Y muchas otras preguntas, que en mayor o menor medida reflejan un estado de absoluta perplejidad: ¿Qué hago ahora? ¿Cómo sigo mi vida después de esto?



Llegan otras personas que han pasado por el mismo dolor

Con toda la buena intención del mundo. Nos dan «consejos», consejos que no buscamos, ni pedimos, ni nos interesan. Tratan de ayudarnos a su modo, y algunas veces hasta escuchamos estupideces que solo alimentan las ganas de matar al que viene a aconsejarnos.

Por ejemplo, a mi mujer, le dijeron a pocos días de haber perdido a su hija, que «aprovechara, saliera y fuera a hacer compras»… Y uno no puede creer, que alguien que pasó por el mismo dolor pueda decir semejante sandez, semejante estupidez sin sentido.

Muchos años después, y habiendo hablado con muchos padres que han perdido a sus hijos, comenzamos a desentrañar el por qué de esos consejos. Pasa que el dolor es tan grande, que uno solo desea que que pase pronto, y cuando ve a alguien sumergido en ese mismo dolor, trata de decirle cosas que apacigüen su alma, que logren poner al que sufre lejos del sufrimiento.

En ocasiones, esas cosas que nos dicen, en lugar de consolarnos, aumentan nuestro sufrimiento, o lo empeoran, porque NADIE es capaz de sentir REALMENTE empatía en este dolor. Como dije al inicio, cada padre lo vive de un modo diferente, porque los padres somos diferentes, porque los hijos son diferentes, porque las circunstancias de la muerte y el sufrimiento son diferentes. Porque la elaboración del duelo es algo tan personal, tan íntimo y tan complejo, que los consejos parecen siempre insuficientes o inadecuados.

1. ¿Tenemos que parar de sufrir?

¡Pare de sufrir! nos dicen los pastores evangélicos. ¿Tenemos que parar de sufrir? ¿Qué hacemos con este sufrimiento? Un hermano mío me recomendó, cuando se murió nuestra hija, que yo me mantuviera fuerte para sostener a mi esposa, que iba a sufrir más. Fue uno de los peores consejos que recibí en mi vida.

El sufrimiento es inherente a la pérdida terrible que sufrimos. Si nos mantenemos «fuertes» lo único que estamos haciendo es postergar el dolor, y cuanto más lo posterguemos, más daño nos va a hacer. Digámoslo fuerte y claro: la pérdida de un hijo debe ser sin amagues el dolor más desgarrador que puede sufrir un ser humano.

Mantenerse fuerte ante ese dolor no es estoicismo, ni es estupidez: es ser patentemente inhumano. Nadie puede «no sufrir» ante semejante dolor. Y abroquelarse en mantenerse fuerte puede convertirse, casi automáticamente en insensibilizarse artificialmente. En juzgar a aquellos que están sufriendo como débiles: lo digo porque me pasó a mí, y de a poco comencé a acosar a mi pobre esposa con que «dejara atrás el sufrimiento», o con que «se sobrepusiera».

Sufran, lloren, griten, pataleen. Están en todo su derecho. Es sano que lo hagan, y que lo hagan todo el tiempo que ustedes crean necesario y oportuno. Muchas cosas les van a recordar al hijo que se fue, y muchas cosas les van a renovar el dolor.

Como dice mi esposa: «Perder un hijo es como andar con un zapato dos números más chico: se puede caminar, pero duele». No juzguen a su cónyuge por cómo elabora el duelo. No se juzguen a sí mismos por cómo lo pasan. No se dejen juzgar por nadie por lo que están pasando. Esto es algo TAN personal, que cualquier juicio debe suspenderse.

Permítanse llorar, permítanse estar tristes, permítanse enfrentar esto como les salga, sin presiones de nadie. Sin sentirse obligados a pasar las etapas del duelo (Negación, rabia, negociación, dolor y aceptación) en un orden determinado o de un modo determinado. Nadie los puede obligar a sentirse de un modo determinado, y si se sienten mal, está bien. Y si en algún momento llega un consuelo, o un momento de paz, o de diversión, o lo que sea que alivie momentáneamente el dolor, también está bien.

2. Recordar al hijo que ha partido, también está bien

Quien se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen. El hijo que muere no está con ustedes, y sin embargo, no tiene que irse. Recuérdenlo. Recuerden todo lo que hizo, todo lo que no hizo, lo que quería hacer, lo que podría haber hecho.

Van a ver a muchos amigos de él que se los va a recordar. Van a ver a chicos de la misma edad que se los va a recordar. Cualquier cosa, incluso cosas que no tienen nada que ver con él, se los va a recordar en forma permanente: nosotros recordamos a nuestra hija Cecilia cada vez que tenemos que estacionar, por ridículo que parezca.

Y si bien el alma sufre cuando esas cosas pasan, está bueno que suceda: El que se fue vive ahora en sus memorias, y nunca lo van a olvidar, por más que quieran. El olvido es la muerte definitiva, y un padre nunca olvida ni un segundo compartido con un hijo. Está bien que se lo recuerden como era: con sus cosas buenísimas, y sus cositas malas.

Recuérdenlo al charlar en familia, cuando coman, cuando se acuesten, busquen memorias que lo hagan más vivo, pídanle a sus amigos que les hablen de él, conózcanlo más, escriban sobre él, cuéntenle a sus hermanos, si los tiene, qué orgullosos estaban de él, (sin abrumarlos por pintarlo como «el hijo perfecto») y van a ver cómo de a poco, van a ir sintiendo su presencia entre ustedes.

Vayan a visitarlo al cementerio o a su lugar favorito. Hablen con él, cuéntenle sus cosas, pídanle consejos. No importa si hoy la fe en Dios o en la religión anda un poco floja, eso también es normal que suceda, pero NUNCA pierdan la fe en su Hijo. Si el que se fue está en un lugar mejor que nosotros, seguramente se preocupa y se ocupa de sus familiares más queridos, así que ténganlo presente en forma permanente: su ausencia es solamente física, y en su dimensión espiritual, sigue con ustedes, pero en otra forma de estar presente.

Búsquenlo, y déjense encontrar por él. Pídanle ayuda a él para aprender a estar sin su presencia física. Su hijo los ama, porque ustedes le dieron la vida y le dieron amor y todas las alegrías que tuvo en esta vida, y siempre se va a ocupar de aquellos que le dieron todo. Como los ama, no va a dejar de ocuparse en forma permanente de ustedes, incluso si no creen que esta dimensión espiritual sea real.

Nosotros incorporamos en nuestras oraciones diarias a nuestra hija, y todos los días le pedimos cosas específicas, que muchas veces no vemos cumplidas, o que muchas otras veces se cumplen de una forma extraña que nos da la pauta de que alguien que nos ama, se ocupa de nosotros en forma personalizada.

3. No olviden jamás a su hijo

Tenemos mil anécdotas al respecto. Pero, en definitiva: no se olviden del hijo que no está, recuérdenlo como él querría que lo recordaran: con nostalgia, pero con alegría. Más allá de que crean o no crean en el cielo, piensen que en este mismo momento, en el que ustedes sufren de una forma inconmensurable, su hijo es feliz, más feliz que lo que cualquiera se pueda imaginar.

Aférrense a esa idea: está ahora gozando un gozo más allá de toda explicación humana, es feliz, inmensamente feliz, eternamente feliz, para siempre feliz, y sin sombra de sufrimiento. Cuanto antes comprendan esta idea y se aferren a ella, tanto mejor.

Si no tienen fe, o la fe se murió como consecuencia de la partida anticipada de su hijo, piensen en él como en alguien que no va a sufrir más. A nosotros todavía nos queda enfrentar la decadencia y la muerte, él ya se fue y no sufre más, no tiene más miedos ni más disgustos. Ya con eso, su vida fue hasta el momento de su partida, cien veces mejor que la de la mayoría de los mortales.

Parece un consuelo tonto, pero la ambición de todo padre para su hijo es que sea feliz, y si definimos la felicidad como ausencia de sufrimiento, él es en ese modo pequeño, feliz. Y si tenemos fe y nos apoyamos en esa fe, tanto mejor: nuestro hijo ya es más feliz que todo lo que nosotros hubiésemos podido hacerlo en TODA la vida, más feliz que lo que nosotros mismos seremos alguna vez.

4. No preocuparse por el que se fue, sino por los que quedaron

Los chicos son mucho más sabios que nosotros para elaborar el duelo: cuando falleció un sobrino mío, hace unos años, sus hermanos, poco después del entierro, reunidos en ronda, lo primero que se preguntaron fue «Bueno, y ahora, ¿a qué jugamos?».

Es una postura sana, buscar qué es lo que tienen que hacer «a qué van a jugar», no sólo con ustedes mismos, sino con los hermanos, si existen y con todo lo que viene de aquí en más. Están en un punto de inflexión en la vida, en el que van a tener un tiempo para reflexionar y para replantearse muchas de las cosas que hicieron y muchas de las que van a hacer.

Lo más duro del duelo es que el mundo sigue girando, y que el sol sale y se pone sobre nuestro dolor, y nada parece cambiar. Pero muchas cosas cambian después de la muerte de un hijo. Tal vez uno se vuelve sobreprotector del que quedó, y eso no está bien. Tal vez decidan tener más hijos, tal vez decidan no pensarlo por ahora… Pero todo se va a ver de otro modo.

Lo que antes nos parecía importante, ahora nos va a parecer una tontería, y cosas que antes nos parecían secundarias, van a pasar a ser cruciales a partir de ahora. Piensen en este tiempo de reflexión y de maduración del dolor como un tiempo de crecimiento, y piensen fundamentalmente en qué querría su hijo que ustedes hicieran.

Planteen qué va a ser prioritario a partir de ahora, y qué va a ser secundario. Usen este tiempo para crecer, para conocerse más íntimamente ustedes como pareja, y fundamentalmente para apoyarse incondicionalmente. Ténganse paciencia, búsquense y encuéntrense entre ustedes, cuiden a los hijos que quedaron, pero sin abrumarlos ni sobreprotegerlos, dejen que ellos llenen sus vidas con su alegría y sus travesuras.

Busquen apoyo y consuelo en su familia y sus amigos. Puede que suene un poco egoísta esto que voy a decir, pero en este momento hay una sola cosa importante: los que quedaron aquí. Todo lo demás sobra, así que dedíquense a ustedes y sus hijos.