Si alguna vez has hecho un comentario agresivo en redes sociales o le has dado «me gusta» a uno que ha hecho alguien más, quédate aquí, que este artículo es para ti.

La compañía española Orange realizó un experimento social para comprobar si aquellas opiniones anónimas que escribía un grupo de jóvenes, muchas de ellas agresivas, eran capaces de sostenerlas teniendo a la persona a la que se referían en frente. El resultado lo dijo todo. Apenas vieron a la persona entrar a la sala, sintieron vergüenza y algunos lloraron cuando ella misma leyó los comentarios en voz alta preguntando quién los había hecho.

La prueba permitió concluir que podíamos ser personas más crueles en redes sociales que en la vida real. Pero, ¿por qué ocurre esto? La psicóloga Beatriz Croquevielle, en un artículo publicado en la web de Fundación PsiConecta (Puedes leer el artículo aquí), señala que, según varios estudios, esto ocurre por:

  • Una desinhibición en línea, es decir, que el no tener una relación cara a cara con la otra persona y tener un anonimato relativo lleva a una disminución del control emocional y la autovigilancia.
  • Las conductas agresivas obtienen recompensas sociales rápidas y refuerzos positivos.
  • La falta de consecuencias reales para los haters.
  • La exposición frecuente a contenido antisocial podría incrementar la participación en comportamientos agresivos.

Esta realidad nos presenta el reto que tenemos como cristianos. En varias oportunidades he constatado que detrás de algunos haters hay creyentes que en su perfil de la red social escriben que Dios es su razón de ser. Yo me quedo perpleja y me pregunto: ¿por qué, si conocen a Dios, se comportan de esta manera? Entonces, los invito a que tengamos en cuenta las siguientes consideraciones sobre el modo en el que actuamos en el mundo online:

1. Nuestra buena conducta debe ser igual en cualquier lugar o espacio, sea físico o virtual

No hay un entorno en el que el mandamiento del amor quede al margen. Así como procuramos no insultar, calumniar, burlarnos o herir a alguien que vemos, tampoco lo podemos hacer en redes sociales, porque detrás de un @ hay una persona que siente, a la que le afecta lo que decimos.

2. «De la abundancia del corazón habla la boca»

Si hemos hecho comentarios malintencionados, vale la pena preguntarnos por qué lo estamos haciendo, qué hay en el fondo de nuestro corazón para que nos expresemos de esa manera. ¿Qué vacío se está intentando llenar al atacar al otro? Porque, sin duda, el odio que expresamos ante personas que ni siquiera conocemos no tiene que ver con ellas, sino con nosotros mismos.

3. Sembremos paz y no división

Cada comentario que realizamos deja huella en la red y en quien lo recibe. Si nos dedicamos a la crítica violenta, a la humillación del que piensa diferente, a sembrar el odio, no estamos cumpliendo con nuestro deber como cristianos de sembrar paz. Lo que compartimos en nuestras redes tiene que ser reflejo de la esperanza que Cristo vino a traer; nuestra presencia digital es otra manera de evangelizar con hechos, y las palabras que empleamos hacen parte de ella.

4. Dejémonos iluminar por la gracia divina

Antes de publicar, enviar o compartir, detengámonos un instante y escuchemos nuestro corazón. Permitamos al Espíritu Santo que sea nuestro editor y revise si el amor está allí presente: ¿si tuviéramos en frente a la persona, le diríamos exactamente lo mismo? Y si la respuesta es negativa, no lo hagamos. Cerremos la red social y vayamos a caminar, a respirar o a pedirle a Dios que no nos permita ser el mal que le sobra al mundo.

5. ¿Y si estamos defendiendo la fe?

Recordemos lo que Jesús nos dijo: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen». No podemos extender el odio escudándonos en que estamos defendiendo nuestra fe. No podemos superar la violencia con más violencia. Si la paz y la caridad están en riesgo con lo que vamos a decir, debemos revalorar. A veces podemos caer en la tentación de comprar la pelea que otros proponen para que perdamos el control y provoquemos justo el efecto contrario: en vez de acercarlos a Dios, los terminamos alejando.

Los invito a que nos tomemos muy en serio nuestra forma de ser en redes sociales y seamos ejemplo de la fe que profesamos. Podemos encomendarnos a San Carlo Acutis para que, en vez de haters, seamos siempre influencers de Dios. Y como nos recuerda la marca Orange: «No hagamos en las redes sociales lo que no hacemos en la vida real».