Digamos la verdad: no todos los niños son buenos. Hay niños malos…muy malos. Sin embargo, decir lo contrario tampoco sería cierto. Más correcto es afirmar que existe en casi todos los niños una tendencia buena, aunque a veces se desvíe, a saber, que por lo general suelen ser más inocentes y desvalidos, por eso son más confiados y dependientes, lo que los lleva con más frecuencia a ayudar y a ser ayudados.

Suelen ser más simples y vitales, por eso son más esperanzados y amigables, lo que los lleva a jugar y a soñar sin desaliento; suelen ser más espontáneos y libres en sus juicios, por eso calculan menos y están más dispuestos a olvidar y a perdonar, lo que los lleva con mayor facilidad a amar y a ser amados. En el video que compartimos a continuación veremos cómo para los niños, hacer nuevos amigos es lo más fácil del mundo, lo más natural. ¿Estarías dispuesto a hacer un nuevo amigo como estos niños?

Digamos la verdad: Los niños son buenos, o al menos desean naturalmente serlo. Los niños malos no existen, o no deberían existir. Los niños malos son en realidad «hombres viejos», o sea, niños que a punta de golpes y desilusiones le han cerrado la puerta a su niño interior. En lo más profundo de cada uno de nosotros aún somos, y podemos volver a liberar, el niño que llevamos dentro. Haz que el niño que fuiste no se avergüence del adulto que eres.

Seamos como niños

Como bien decía Antoine De Saint-Exupéry «todos los mayores han sido primero niños (pero pocos lo recuerdan)». Si lo recordáramos tal vez podríamos acoger de nuevo la voz de nuestro niño interior. Y si lo acogiésemos con seguridad volvería a ser nuestro el Reino de los Cielos. 

El video de hoy nos lo recuerda: en medio de nuestras desilusiones y soledades, en medio de nuestros fastidios y tristezas, en medio del tedio de un mundo «adulto» que ya poco sabe de amores y amistades auténticas, se alza siempre la voz fresca de ese niño interior que quiere despertar en nosotros la chispa cándida de la confianza (a veces confianzuda), esa que es capaz de devolvernos la esperanza en el amor. ¡Escuchemos a ese pequeño! lo único que quiere es hacernos volver al Padre y a la amistad con nuestros hermanos. No se lo impidamos, porque en eso se juega el Reino. Nos lo advertía ya el Maestro: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él» (Marcos 10, 13-16).

Oídos atentos a la voz de Dios

Si por algún motivo no le oímos, no perdamos la esperanza, ¡salgamos a buscarlo! Dios en lo más hondo de nosotros es ese niño que a veces parece esconderse, pero que en verdad solo está jugando, probando acaso la fidelidad de nuestra amistad, cuando lo único que quiere es ser encontrado. Martín Buber en su maravilloso libro sobre los cuentos Jasídicos lo caracterizaba con dramática ternura cuando narraba que: Iejiel, el nieto de Rabí Baruj, jugaba una vez al escondite con otro niño. Se ocultó muy bien y esperó a que su compañero de juegos lo encontrara. Después de aguardar largo tiempo salió de su escondite, mas no vio a su camarada en parte alguna. Entonces comprendió que éste en ningún momento lo había buscado. Esto lo hizo llorar, y llorando corrió hacia su abuelo y se quejó de su desleal amigo. Entonces los ojos de Rabí Baruj se llenaron de lágrimas y murmuró: «Dios dice lo mismo: yo me escondo pero nadie quiere buscarme»

¿Siendo adultos tenemos la facilidad de encontrar nuevas amistades?, ¿al ver sola a otra persona sentimos el deseo de acompañarla o más bien huimos? Reflexionemos en el amigo que somos y en el que podríamos ser para otros, en la amistad que le brindamos a los demás. A veces solo basta una sonrisa, un «buenos días» o un «cómo estás» para darle luz al día de otra persona. Si la amistad que le brindas a otros tuviera que ser calificada ¿Cuánto obtendrías del 1 a 10?