
Quiero decirte algo que me viene dando vueltas al corazón estos días. Veo las noticias sobre la guerra en Gaza y siento que corremos un riesgo muy grande: acostumbrarnos al dolor ajeno. El escándalo del mal, de la violencia y del sufrimiento puede llegar a parecernos tan cotidiano que ya no nos duele. Y cuando dejamos de sentir, dejamos de actuar.
El filósofo Paul Ricoeur decía que «el mal no solo destruye, también anestesia». Es decir, no solo hiere a quienes lo padecen, sino que también puede insensibilizar a quienes lo observamos desde lejos. Y ese es un peligro enorme para nuestra fe: vivir como espectadores del sufrimiento humano, mirando con frialdad las imágenes en las pantallas, como si fueran un episodio más de una serie.
Santa Teresa de Calcuta lo expresó de manera muy sencilla: «Si miro a la multitud, nunca actúo; si miro a una sola persona, actúo». La guerra en Gaza no es un asunto lejano: son personas concretas, con nombre y rostro, a quienes la violencia les arrebató la casa, la familia, la esperanza.
Hace poco, Mark Ruffalo (el actor que ha hecho de Hulk en las películas de Marvel), usó su visibilidad pública para alzar la voz por los niños y familias que están sufriendo en Gaza.
Ser influencers del bien
Muchos piensan que solo los famosos o los grandes líderes pueden influir en la opinión pública. ¡Pero no es así! Quiero decirte que tú y yo también estamos llamados a ser «influencers del bien».
No se trata de tener millones de seguidores, sino de atrevernos a sembrar mensajes de esperanza allí donde estamos. Romano Guardini decía que «la fe cristiana no nos hace menos humanos, sino más humanos». Por eso, un catequista que enseña a sus niños a rezar por la paz, un profesor de religión que abre un espacio en clase para hablar de solidaridad, una madre que educa a sus hijos en la compasión… todos ellos son verdaderos influencers del Evangelio.
La pregunta que me hago es: ¿qué transmito yo con mi vida cotidiana? ¿Soy testigo de esperanza o colaborador de la indiferencia? ¿Mis palabras, mis publicaciones en redes, mis actitudes muestran que soy cristiano, o me dejan pasar como uno más? En tiempos de guerra, hasta un gesto pequeño tiene valor profético.
Nuestra oración por la guerra en Gaza
El Papa León XIV convocó hace poco una jornada de ayuno y oración por la paz. Gestos como este son necesarios porque sacuden la indiferencia y nos unen como Iglesia. Pero no pueden quedarse en un día aislado.
San Juan Pablo II, en su encíclica Evangelium Vitae, insistía en que la paz es una «tarea cotidiana» que comienza en lo pequeño: «La paz no es simplemente ausencia de guerra; es la promoción de la vida y de todo lo que la hace digna» (EV 27). Eso quiere decir que no basta con rezar un día; necesitamos hacer de nuestra vida entera una oración por la paz.
¿Cómo? Con gestos concretos: encomendando cada día a quienes sufren en la guerra en Gaza, evitando la violencia en el lenguaje, reconciliándonos en nuestras familias, escuchando con paciencia al que piensa distinto. No se trata de grandes discursos, sino de un estilo de vida donde cada relación se convierte en semilla de paz.
El Papa Benedicto XVI lo expresó de manera luminosa: «La paz comienza en el corazón de cada persona, cuando dejamos entrar en él la verdad y el amor de Dios»(Mensaje Jornada Mundial de la Paz, 2006). Ahí está el núcleo: no hay paz verdadera si no comienza en lo más íntimo de nosotros mismos.
Una fe que no se anestesia
No quiero que mi fe se vuelva indiferente ni se anestesie frente al dolor ajeno. Charles Péguy decía: «Lo peor no es el pecado, sino la costumbre». Y creo que eso aplica aquí: lo más grave no es solo que exista la guerra, sino que nos acostumbremos a ella, que dejemos de escandalizarnos.
Viktor Frankl, que sufrió en los campos de concentración nazis, escribió que «el hombre es aquel ser que siempre decide lo que es». Incluso en medio del horror, siempre hay una decisión que podemos tomar: mantenernos humanos, conservar la compasión, no ceder a la indiferencia.
Y Hannah Arendt, reflexionando sobre el totalitarismo, advertía que «el mal se banaliza cuando dejamos de pensar y de sentir». Justamente por eso, nuestra fe no puede dormirse: está llamada a mantener despierto el corazón y la conciencia.
Como creyente, siento que Jesús me llama a otra cosa: a dejar que el sufrimiento de los demás me duela, aunque incomode, aunque me saque de mis planes. Porque el Evangelio no es anestesia, es fuego. No es un calmante para dormir, es una voz que me despierta y me envía.
La guerra en Gaza nos confronta como humanidad y como Iglesia. Y el modo de responder no es con indiferencia, sino con oración, compromiso y gestos cotidianos de paz. No podemos detener las bombas, pero sí podemos evitar que el odio y la violencia entren en nuestros corazones.
Jesús, el inocente que sufrió la violencia
El Evangelio nos recuerda que Jesús mismo sufrió la violencia y la injusticia. Fue condenado siendo inocente, golpeado, burlado, asesinado. Y, sin embargo, no respondió con odio, sino con amor: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»(Lc 23,34).
Si queremos ser cristianos de verdad, no podemos acostumbrarnos al mal ni encerrarnos en la indiferencia. La paz comienza en cada gesto de reconciliación, en cada acto de perdón, en cada oración confiada.
Al contemplar a Cristo crucificado, entendemos que la violencia no tiene la última palabra: el amor es más fuerte que la muerte.
Quiero invitarte a ver este breve video donde el actor Mark Ruffalo alza la voz por los que sufren en Gaza. Al mirarlo, te propongo hacerte estas preguntas para la oración personal o el diálogo en grupo:
- ¿Qué siento cuando veo imágenes o escucho testimonios de la guerra en Gaza? ¿Me duelen o me he acostumbrado?
- ¿Qué gestos pequeños puedo hacer en mi entorno para ser constructor de paz?
- ¿A quién puedo escuchar, acompañar o sostener hoy para no vivir en la indiferencia?
- ¿Soy capaz de hablar de la paz en mis redes, en mi familia o en mi comunidad, como «influencer del bien»?
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