¿Cómo lleva Cristo a plenitud esta profunda intuición de Google que, celebrando su traductor, nos recuerda el gran anhelo de comunión que cela el hombre: ese anhelo de trascender las barreras del lenguaje para comprender y ser comprendido, para amar y ser amado?

Podríamos partir diciendo, como hemos dicho en otro post, que cada «decirse» es un «darse». Que cada vez que nos expresamos, hablando, escribiendo, gesticulando, etc. damos una parte de nosotros — de lo que sentimos, pensamos, percibimos…de lo que somos — a los demás, y al mundo. Cada «darse», sin embargo, es potencialmente o un «don» que genera comunión, o un «daño» que crea división, según como sea asumido y vivido. Porque a pesar de que en nosotros haya una tendencia prevalente hacia lo bueno, es decir, a promover la comunicación que busca la verdad, la fraternidad, la comunión o, en otras palabras, el amor, no siempre logramos nuestro cometido, pues existe también un dinamismo opuesto, una tendencia que se rebela dentro, por lo cual no estamos exentos de la tentación a lo malo, es decir, de desear utilizar el lenguaje como medio para esparcir la mentira, el chisme, el rencor, etc. Sabemos que la «Ley es espiritual», pero advertimos también otra «ley que lucha contra la ley del espíritu». Es más: «somos hombres de carne y vendidos al pecado», y la carne es débil, por lo que acabamos por «no hacer el bien que quisiéramos sino el mal que detestamos» (Cfr. Rom 7, 14-15.23)



El lenguaje es en el fondo una dilatación de nuestro interior

Y por ello puede responder sea a los impulsos del espíritu sea a los de la carne. Y como nos enseñaba Jesús: de lo que abunda el corazón habla la boca: «El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca» (Lc 6, 45).  Hay que estar, por eso, muy atentos a cultivar un corazón bueno y en ese sentido, es fundamental vigilar los movimientos interiores que moldean nuestro «modo de ser» (de hablar y obrar), porque el «diablo como león rugiente anda buscando a quien devorar» (1Pe5, 8), es decir, buscando a quien corromper con estos impulsos de mal.



Con toda diligencia tenemos que guardar nuestro corazón, porque de él brotan tanto los manantiales de la vida, como los de la muerte (Cfr. Prov. 4,23). Es necesario detenernos para preguntarnos ¿de dónde vienen estos pensamientos, de los cuales luego nacen tales sentimientos o afectos (o viceversa)? Ya que, con sutileza, ambos van configurando en el tiempo, como en un tejido, los deseos que luego guían nuestras pasiones, e impulsan y sostienen nuestra acción. Se requiere vigilancia y silencio, porque tantas veces también el mal no se hace tan explícito. Más bien se presenta como algo bueno: «legítima defensa» (que nos lleva a responder al mal con el mal), «preocupación por el otro» (que nos lleva a una insana curiosidad), «correcciones fraternas» (que nos llevan a juzgar sin amor), etc.

Maldad camuflada 

No es poco frecuente también que el mal, aun mostrándose tal, se justifique bajo el manto de la banalidad. Entonces una densa y pesada maldad puede camuflarse a través de excusas que parecen ligeras, pero no lo son: por ejemplo, bajo el manto del humorismo, escondemos hondas heridas, que nos llevan a utilizar nuestro ingenio y lenguaje para traducir y sintetizar la realidad en duros sarcasmos e ironías. Es ya un lugar común encontrarnos «tomándole el pelo» a los demás, con palabras, imágenes, gestos, gifs, memes, etc. hirientes, que humillan y ofenden sutilmente.

En estos casos, deberíamos en cambio hacer silencio para «tomarle el peso» y la responsabilidad a los dolores y a las heridas interiores que nos mueven a actuar así. Porque entre bromas y pretextos, no acabamos nunca de medir la seriedad, la magnitud y el impacto que nuestro lenguaje tiene sobre nosotros mismos y sobre los demás. «Entre broma y broma la verdad se asoma», y antes o después saldrá a la luz, aquella maldad con la cual no hemos querido hacer cuentas. «Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Nada hay tan oculto que no haya de ser descubierto o tan escondido que no haya de ser conocido. Por el contrario, todo lo que hayan dicho en la oscuridad será oído a la luz del día, y lo que hayan dicho al oído en las habitaciones será proclamado desde las azoteas» (L12, 1-3).

Dilatación negativa del lenguaje

Por otro lado, tantas otras veces, la dilatación negativa del lenguaje se expresa a través de una maldad para nada banal o disimulada, por el contrario, caemos en altisonantes discusiones y tristes escándalos, y, sacando lo peor de nosotros, proferimos palabras de odio, frutos de las duras condenas y juicios que cargamos dentro. Nuestra palabras, entonces, son como dagas afiladas: vuelan cortando primero el aire, luego el rostro y, en fin, el corazón de los demás. Dagas que dividen, que suscitan la irritación, el odio, la venganza, estimulando la discusión y la mentira. Nuestras expresiones durante estas tristes riñas dejan de asemejarse a las de los niños libres, de corazón puro, los hijos de Dios, para parecerse más bien a las de soldados experimentados: rostro endurecido, voz carrasposa, mirada oscurecida donde se pueden contemplar la ira, el resentimiento, el celo, la venganza, mientras marchan con disciplina férrea listos para lanzarse sin tregua a la batalla.

La corrupción de lo mejor es lo peor. El lenguaje puede volverse la cueva del odio y por ende de la muerte, aun siendo intrínsecamente la casa de la comunión y de la vida (del ser), frutos del Amor. No es casualidad que el demonio en el Génesis sea presentado como una serpiente astuta (Cfr. Gen 3,1-5) que corrompe el lenguaje, distorsionando la verdad (la lengua bifurcada es símbolo del discurso ambiguo), que además sea llamado por Jesús padre de la mentira (Jn 8, 44), y que en su origen etimológico su nombre, diablo, signifique  dividir (dia=a través / ballo=arrojar, es decir, arrojar algo en medio para separar, o arrojarse en medio de las personas para ponerlas unas contra otras).

Para evitar llegar a esta situación, en un tratado sobre el perfecto modelo del cristiano Gregorio di Nissa nos aconsejaba: «Todo aquel que tiene el honor de llevar el nombre de Cristo debe necesariamente examinar con diligencia sus pensamientos, palabras y obras, y ver si tienden hacia Cristo o se apartan de Él. Este discernimiento puede hacerse de muchas maneras. Por ejemplo, toda obra, pensamiento o palabra que vayan mezclados con alguna perturbación no están, de ningún modo, de acuerdo con Cristo, sino que llevan la impronta del adversario, el cual se esfuerza en mezclar con las perlas el cieno de la perturbación, con el fin de afear y destruir el brillo de la piedra preciosa».

El poder de las palabras 

Nos advertía y enseñaba también nuestro Maestro que «no es lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre.[…] Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias» (Mt 15,7). Es crucial pues, como decíamos, vigilar con diligencia y continuidad. Porque a veces casi sin darnos cuenta, cobijamos por largo tiempo palabras, gestos, obras, que se van fortaleciendo en un círculo vicioso, creando un entramado que acaba por adquirir una consistencia grande y pesada, dándole al mal una fuerza narrativa y un influjo cada vez más difícil de contrarrestar y desmontar. Porque se vuelve insoportable tener que admitir que nuestras ideas, y el modo de vivir que las traduce, están mal, por lo que nos vamos llenando de sutiles e ingeniosos matices para justificarnos (se crea un tejido de medias verdades difícil de corregir y aclarar).

En algunos casos estas narrativas llegan a tallarse para siempre en el corazón (nuestro o de los demás). Así lo que al inicio estaba escrito o plasmado sobre arena maleable, acaba (para bien o para mal) por grabarse sobre la piedra, y ya no hay viento que se lleve lejos estos pensamientos y deseos, ni manera de volver atrás. Entonces lo que antes desaparecía rápido, acaso con un sincero arrepentimiento, una buena toma de posición y confesión, ahora nos persigue y perturba obsesivamente sin dejarnos tranquilos, y no nos suelta, pues habiendo echado largas raíces, no podemos desapegarnos así nomás de él. Nos empantanamos entonces en una durísima y ahora desventajada lucha contra los príncipes y gobernantes de estas energías, poderes y potencias de mal (Cfr. Ef. 6, 12).

Examen de conciencia 

Es sumamente importante por ello durante la oración, hacer un atento examen de conciencia, para volver a rastrear y purificar el lenguaje con el que traducimos la realidad: aquellos pensamientos, palabras, recuerdos, imágenes, con los que narramos, explicamos y damos sentido a nuestro pasado, presente y futuro. Y también los correspectivos sentimientos, deseos, y afectos, que sostienen y dan fuerza a tales narrativas, que son en el fondo las que rigen silenciosamente nuestro corazón. Debemos pedirle al Señor que nos ayude a desvelar, ver y a tomar conciencia también de las heridas que pueden estar influyendo en todo esto.

¡No debemos jamás minusvalorarlas, ni dar nada por descontado! A veces puede tratarse de eventos y situaciones que parecen o juzgamos tontas, pero que no lo son. En muchas ocasiones, como decía Nietzsche, quien fue un vivo ejemplo de esta triste realidad (y que podemos aplicar al mundo de nuestro corazón): «Las palabras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensamientos que caminan con pies de paloma dirigen el mundo».

Tenemos que sumergirnos con humildad y paciencia en estos mares de nuestro interior y preguntarnos bajo la luz del Espíritu, como hacía María que custodiaba cada experiencia meditándola en su corazón: ¿Cuáles son esos pensamientos o palabras silenciosas que predominan en mi interior y que escucho con más frecuencia, a cuáles sentimientos, a cuáles deseos e intenciones, etc. obedecen?, ¿cómo se han ido configurado en el tiempo: bajo qué estímulos, acciones, omisiones, etc.?, ¿qué me dice Dios a través de ellos? De esta manera podremos conocernos más y mejor, para así identificar y reconocer con un sano discernimiento de donde provienen los impulsos que mueven nuestra acción, ayudando al Señor a ayudarnos mejor, para que pueda sanar las heridas por donde el enemigo entra y de las cuales se aprovecha para manipularnos con facilidad. Solo de esta manera  puede el Señor transformarnos mediante la renovación nuestra mente, a conocer y cumplir la Voluntad de Dios — lo que es bueno, aceptable y perfecto — (Rom 12, 2).

El lenguaje del amor

Exactamente para esto, el Verbo, la Palabra eterna del Padre, con, por y en el cual fue tejido todo el universo para el Amor, se hizo carne (Jn 1,14), retejiendo de nuevo, y en modo nuevo, su lenguaje de Amor, para traducirse y acercarse adaptándose a nuestra condición de siervos (Cfr. Fil 2, 6-11). Para entrar en lo profundo de esas heridas donde el lenguaje se divide, se corrompe y se pervierte, allí donde las palabras, pensamientos, afectos y deseos, se han desordenado y multiplicado. Para desde allí reconciliarnos, unificarnos y restablecer otra vez un nuevo diálogo pacífico de comunión que nos permita discernir, acoger y libremente realizar la Voluntad de Dios.

Para esto la Palabra de Dios se ha hecho viva, eficaz, penetrante (Cfr. Hb 4, 12) a través de un lenguaje esencial y comprensible a nosotros. La Palabra divina «se expresa verdaderamente con palabras humanas. La tradición patrística y medieval, al contemplar esta «Cristología de la Palabra», ha utilizado una expresión sugestiva: el Verbo se ha «abreviado» (Verbum Domini 12)». O podríamos decir, siguiendo con la imagen del video, que la Palabra de Dios se ha traducido para entrar en contacto y colmar con su presencia con todas las dimensiones y coordenadas de nuestras experiencias cotidianas. ¡Escuchemos su voz!

¿Cómo hacemos para hacer que predomine en nuestro corazón la Palabra de Dios?

¿Dónde podemos encontrar, ver y contemplar de manera constante y concreta esta traducción de Dios, para dejarnos visitar y así poder entrar en un diálogo íntimo de amor con Él? Por supuesto en los sacramentos, sobre todo la Eucaristía, y también especialmente en las Sagradas Escrituras que, según la sugestiva imagen de Kierkegaard, deben ser leídas como una carta de amor que Dios, cual novio, nos dirige a cada uno de nosotros. Carta que pide ser leída con una disposición amorosa (y por ende mística) para descubrir cuánto el Padre nos conoce y se interesa de manera personal por cada uno de nosotros.

Carta que deberíamos meditar, rezar y aplicar más en nuestra vida cotidiana, en un círculo virtuoso, que nos permite constatar que realmente a través de ella Dios es capaz de traducir y transustanciar cada experiencia concreta de nuestra vida (de nuestro pasado, presente y futuro) nuestros dolores, preocupaciones, sueños, intereses, haciéndonos percibir y gustar así su presencia real, concreta, amorosa. Porque es una Carta que, a semejanza de la Eucaristía, hace realmente presente la carne de Cristo, permitiéndonos de este modo entrar en contacto directo con el Padre a través del Espíritu. En síntesis, para precisar mejor  nuestra reflexión sobre lo apenas dicho, es necesario recordar:

«La analogía desarrollada por los Padres de la Iglesia entre el Verbo de Dios que se hace «carne» y la Palabra que se hace «libro». Esta antigua tradición, según la cual, como dice san Ambrosio, «el cuerpo del Hijo es la Escritura que se nos ha transmitido», es recogida por la Constitución dogmática Dei Verbum, que afirma: «La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre, asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres». Entendida de esta manera, la Sagrada Escritura, aún en la multiplicidad de sus formas y contenidos, se nos presenta como realidad unitaria. En efecto, «a través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice solo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3)», como ya advirtió con claridad san Agustín: «Recordad que es una sola la Palabra de Dios que se desarrolla en toda la Sagrada Escritura y uno solo el Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados.[…] Mediante este don de su amor, supera toda distancia y nos convierte en sus «partners», llevando a cabo así el misterio nupcial de amor entre Cristo y la Iglesia. En esta visión, cada hombre se presenta como el destinatario de la Palabra, interpelado y llamado a entrar en este diálogo de amor mediante su respuesta libre. Dios nos ha hecho a cada uno capaces de escuchar y responder a la Palabra divina. El hombre ha sido creado en la Palabra y vive en ella; no se entiende a sí mismo si no se abre a este diálogo. La Palabra de Dios revela la naturaleza filial y relacional de nuestra vida. Estamos verdaderamente llamados por gracia a conformarnos con Cristo, el Hijo del Padre, y a ser transformados en Él.» (Verbum Domini 18.22)