qué es la humildad

Gilbert Keith Chesterton fue uno de los mayores autores de toda la literatura inglesa moderna y uno de los más brillantes apologistas católicos de toda la historia.  Sin embargo, aunque fue uno de los personajes públicos más famosos de su época y habiendo sido titánicamente alabado por su sagaz inteligencia (¡llegó hasta tener su propia columna semanal, el «G.K´s Weekly»!), siempre mantuvo una gran humildad a lo largo de su vida.

Su obra se encuentra totalmente atravesada por esa constante: el asombro ante la existencia, el humilde agradecimiento y la inocente alegría por vivir. 

¿Qué nos puede enseñar este gran autor para nuestro día a día? ¿Qué lecciones podemos tomar de su obra para ser cada día un poco más humildes? Quédate leyendo hasta el final y te cuento cinco de ellas (¡la última te sorprenderá!).

1. Humildad es andar en la verdad

Chesterton nos enseña que la humildad no significa que debamos mentirnos a nosotros mismos, pues nadie puede obligarse a creer una mentira y es ridículo postular un vicio como una virtud.

La humildad implica otra cosa: conocernos verdaderamente. No solo en lo bueno, sino también en lo malo, para saber apreciarnos en el punto justo como verdaderas creaturas de Dios, valiosas pero débiles.

Como dice el famoso Padre Brown en una de sus aventuras: «Soy un hombre. Por lo tanto, todos los demonios habitan en mi interior» (El martillo de Dios).

Ese reconocimiento de la propia debilidad es el primer paso necesario en el camino de la humildad y de la sabiduría. Que son, al fin y al cabo, el mismo.

2. La soberbia nos vuelve pesados 

qué es la humildad

Si la humildad implica reconocer nuestra debilidad, la soberbia, en cambio, expande (¡o incluso inventa!) virtudes. La humildad quita para dejar espacio a Dios, mientras que la soberbia hincha nuestro corazón con nuestras cosas buenas, enfermándolo.

De ahí que Chesterton diga en Ortodoxia: «Los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos a la ligera (…) Satanás cayó por el peso de la gravedad» (Ortodoxia).

La soberbia fue el pecado de Lucifer. Ccon su non serviam quiso renunciar a su condición de creatura y se rebeló contra Dios (lo mismo que hicieron Adán y Eva).

La soberbia es lo que provoca que caigan grandes figuras, y cuanto mayor sea la altura, peor la caída (corruptio optimi pessima). ¡Mucho cuidado con esto! 

3. Sin humildad, no hay asombro ni alegría

La mentira y el peso de la soberbia son contrarios a nuestra naturaleza, ya que fuimos hechos para amar y para adorar. En consecuencia, con la soberbia nuestro ego termina por absorber y destruir todo lo hermoso que poseemos: «El orgullo es una debilidad en el carácter; seca la risa, seca el asombro, seca la caballerosidad y la energía (…) el disfrute más completo posible se encuentra reduciendo nuestro ego a cero» (Herejes).

No hay felicidad sin humildad, porque no hay Amor sin ella, y sin Amor… ¿Para qué vivir? El mundo es una cosa asombrosa, pero solo con humildad puede ser disfrutado realmente en su valor justo: “Lo más probable es que todavía estemos en el Edén. Lo único que ha cambiado es nuestra manera de ver las cosas” (El Defensor).

Así pues, ¡pongámonos los anteojos de la humildad! Sobran motivos para alegrarse, reírse y asombrarse. Con esta virtud nos daremos cuenta de que la vida es una cosa en sí misma valiosa y maravillosa, incluso cuando no complace a nuestro ego, pues: «Todo lo que brilla es oro, porque el brillo es el oro» (Manalive).

4. Ser humildes es ser como niños

qué es la humildad

Hay una cita famosa de Chesterton que dice así: «Es posible que cada mañana Dios le diga al sol: hazlo de nuevo, y que en cada atardecer le diga a la luna: halo de nuevo. Quizás no sea una necesidad automática (…). Es posible que Él tenga el apetito eterno de la infancia, pues nosotros hemos pecado y crecido, y nuestro Padre es más joven que nosotros» (Ortodoxia).

Efectivamente, esto es bíblico: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (MT 18, 3). Pero ¡Ojo! Esto no implica que tengamos que ser irresponsables, berrinchudos o poseer aquellas otras características secundarias presentes en los infantes.

Implica, en primer lugar, volver al asombro primero y puro de la niñez: «La fascinación de los niños reside en esto: en que con cada uno de ellos todas las cosas vuelven a nacer y el universo vuelve a ponerse a prueba» (El Defensor). 

En segundo lugar, implica reconocernos como humildes Hijos de un Padre bueno y bondadoso que nos ha dado un Hogar profundamente hermoso como vía para llegar a Él:

«La humildad es el lujoso arte de reducirnos a un punto, no algo pequeño ni grande, sino algo sin tamaño, para ver todo el cosmos como es en verdad: de una estatura inconmensurable (…) Esto es lo que ve quien, como el niño del cuento de hadas, no tiene miedo de volverse pequeño» (El Defensor).

5. Lo propio del sabio es amar y debatir sin aplastar

Dice el Padre Brown que «la humildad es madre de gigantes» (El martillo de Dios). Y, verdaderamente, Chesterton fue no solo un gran tratadista de la virtud de la humildad, sino una persona extraordinariamente humilde. Él ha llegado a decir: «Nunca me he tomado en serio mis libros, pero me tomo muy en serio mis opiniones» (Autobiografía).

Debatió con figuras gigantescas de la Inglaterra de su tiempo, especialmente con el premio nobel de literatura George Bernard Shaw. Eran tan conocidos los debates que se daban entre ambos que incluso se hablaba de la dupla «Chestershaw».

Aunque su amigo era totalmente contrario a él en todo sentido, Chesterton siempre habló con él (y de él) con gran respeto, humor y muchísima alegría (y este agradable vínculo era mutuo). 

Era un genio extraordinario y una persona sumamente bondadosa y humilde: así lo describirían muchos conocidos y amigos suyos. En el emotivo cierre de un libro que le dedicó luego de su muerte, su gran amigo Hilaire Belloc dice: «Que así sea. Él está en el Cielo» (On the place of Gilbert Keith Chesterton in English Letters). 

¡Esto es lo maravilloso de la humildad! A quien disminuya su ego, luego le serán sumados bienes inconmensurablemente más valiosos (y los últimos serán los primeros).

Pidámosle a Dios, entonces, la virtud de la humildad. A nuestra Madre roguemos para que la obra del gran (y humilde) Gilbert Keith Chesterton siga guiando a más y más almas al seno de la iglesia de Nuestro Señor, fuente de toda verdad y verdadero autoconocimiento.

¿Conoces otras lecciones de humildad que podamos sacar de este autor? ¡Dínoslas en los comentarios! 

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