Cuando el Papa Francisco nos invitó a vivir este Jubileo de la Misericordia, que hace pocas semanas concluyó, no lo hizo para mantenernos entretenidos y que los católicos de todo el mundo tuviéramos algo de qué preocuparnos en nuestras comunidades, movimientos y parroquias. Lo hizo porque estaba convencido de que descubriendo cómo es el amor misericordioso de Dios, nosotros también podríamos llegar a ser misericordiosos como lo es Él. Entonces, su estrategia pastoral no consistió únicamente en poner en un calendario una fecha de inicio y de fin, y darnos algunas celebraciones para poder hacer fiesta y recordar lo lindo y bueno que es Dios, sino que dispuso de un plan para que nosotros aprendamos de la misericordia del Padre y podamos ponerla en práctica.

Pero lo que tocó los corazones de los católicos y acaparó las miradas de la prensa internacional, incluso de los no creyentes, siendo motivo de muchas portadas en periódicos y de informes detacados en los noticieros, fue que el Papa puso un gran énfasis en practicar las obras de misericordia,  tanto las espirituales como las corporales, y por estas últimas con la creatividad que siempre lo ha caracterizado, instauró los «viernes de misericordia», en los que a lo largo de todo este año, fue realizando visitas a distintos grupos, comunidades, instituciones y organizaciones, muchas de ellas, visitas sorpresa, en donde compartió con aquellos que más sufren.

No queremos que estos gestos de amor al prójimo, al ejemplo de Jesús, se queden solo en el recuerdo, sino que calen en nuestros corazones y nos impulsen a seguir viviendo la misericordia del Señor, una misericordia marcada por la caridad y la justicia, sobre todo, luego de haber experimentado este año lleno de amor de Dios hacia nosotros.