¡Continuamos con la serie Fratelli Tutti! En este capítulo el Santo Padre se centra en uno de los asuntos más dolorosos de la actualidad: el problema migratorio.

Para que todos seamos hermanos y hermanas y podamos habitar una casa común, en la que sean integrados los descartados, aquellos que están al borde del camino porque no se reconoce su dignidad humana, es necesario un cambio urgente. 

Asegura que lo ideal es que todas las personas encuentren en sus países de origen la posibilidad efectiva de vivir y de crecer con dignidad. 

«Pero mientras no haya serios avances en esta línea, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar donde pueda no solamente satisfacer sus necesidades básicas y las de su familia, sino también realizarse integralmente como persona».

Te compartimos un video genial para profundizar en el tema y entender todo mejor. 😉

En el capítulo anterior el papa nos habló de los fundamentos de la dignidad de la persona humana, el principio de la solidaridad y la función social de la propiedad. Ahora veamos los puntos más importantes que se desarrollan en esta entrega:

La migración como problema

Al tema de las migraciones está dedicada parte del segundo y todo el cuarto capítulo, que con este título nos abre un nuevo panorama: un corazón abierto al mundo entero.

Sin rodeos, el papa dice que son personas que sufren. Que «sus vidas se desgarran» huyendo de guerras, persecuciones, desastres naturales, traficantes sin escrúpulos, desarraigados de sus comunidades de origen. Los migrantes deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados.

Retoma el llamado a los jóvenes que hizo en la Exhortación Christus Vivit: «No caigan en las redes de quienes quieren enfrentarlos a otros jóvenes que llegan a sus países, haciéndolos ver como seres peligrosos y como si no tuvieran la misma inalienable dignidad de todo ser humano».

Pensando en positivo podemos hacer apostolado con ellos, acercándoles al Señor, como explica esta meditación.

Las fronteras, ¿qué pasa con ellas?

El papa sitúa el límite de la frontera desde el punto de vista de los emigrantes. Personas que muchas veces se ven obligadas a dejar su tierra para buscar un futuro mejor en otros países y que en tantas ocasiones encuentran las puertas cerradas.

Nos habla del derecho de todos a emigrar para encontrar un futuro mejor en otra tierra. En los países de destino, el equilibrio adecuado será aquel entre la protección de los derechos de los ciudadanos, la garantía de acogida y asistencia a los migrantes. 

El papa señala algunas «respuestas indispensables» especialmente para quienes huyen de «graves crisis humanitarias»: aumentar y simplificar la concesión de visados, abrir corredores humanitarios, garantizar la vivienda, la seguridad y los servicios esenciales.

Ofrecer oportunidades de trabajo y formación, fomentar la reunificación familiar, proteger a los menores, garantizar la libertad religiosa y promover la inclusión social. 

La integración

Nos encontramos con un nuevo problema al interior de las sociedades que han ido recibiendo emigrantes. Llegan personas de diversas culturas y tradiciones, que no son reconocidas en igualdad de condiciones con los que tienen la ciudadanía de ese país.

Para que sea posible esta integración, se habla de las ofrendas recíprocas, del encuentro entre las personas. Hemos sido educados en distintas tradiciones, con valores diversos, y con formas diferentes de entender y vivir la vida. 

La tradición que tenemos depende de muchos factores. Del pueblo en el que vivimos, de la familia en que nos hemos educado, de la religión que hemos interiorizado, de las fiestas en las que hemos participado.

Y esto supone una gran riqueza, que cada uno puede aportar y que puede ser acogida y asimilada por los demás mediante un camino, que es el camino del diálogo.

La gratuidad

Se lee en el documento, que se necesita una colaboración internacional para las migraciones que ponga en marcha proyectos que vayan más allá de las emergencias individuales.

¿Y para qué? Para lograr un desarrollo solidario de todos los pueblos basado en el principio de gratuidad. De esta manera, los países pueden pensar como «una familia humana». 

Conocemos que la vivencia espiritual cristiana, está marcada por la cultura de la gratuidad, siguiendo el consejo del Maestro de «lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis».

Crea una disponibilidad interior hacia los otros, hasta la radicalidad de la entrega, para servir las necesidades reales de las personas que interpelan nuestra consciencia. Lo fantástico es que Fratelli tutti está escrito para todos, también para los no creyentes. 

Finalmente el papa menciona la importancia de ver al que es diferente, como un don. Porque las diferencias representan una posibilidad de crecimiento.

Una cultura sana es una cultura acogedora que sabe abrirse al otro sin renunciar a sí misma, ofreciéndole algo auténtico. Y a su vez, una cultura sin valores universales no es una verdadera cultura. ¿Por cuál estás trabajando tú?