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Si alguna vez te has sentido incómodo al compartir con alguien diferente a ti, o si incluso has sentido vergüenza de aquello que te hace singular… ¡este artículo es para ti!

Todo lo que hoy te escribo, está basado en el corto animado de Pixar llamado «Float». ¡Te recomiendo que lo veas antes de leer este post! De esta manera, podrás comprenderlo todo mejor, e incluso reflexionar por tu cuenta.


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Aceptar a quienes queremos

Si viste el corto, quizás lo primero que pensaste es que el padre se avergonzaba de su hijo o de su talento. Yo no lo pensé así, a mí se me pasó por la mente que solo quería «protegerlo».

Ya viste cómo todos se quedaban mirándolo, cómo se alejaban o alejaban a sus hijos de él. Probablemente, su padre pensaba:

«Él ahora no lo entiende, pero cuando sea mayor, le va a doler que lo miren así. Si se enteran ahora de lo que él hace, lo va a marcar para siempre, y será siempre el raro».

Quizás me digas «no, nadie pensaría eso: ¡el chico puede flotar! ¡eso es increíble!». Entonces, ¿nadie se ríe del chico que saca las mejores notas, porque «es un poco nerd»?

¿Nadie sonríe irónicamente cuando un adolescente decide no ir a una fiesta un sábado porque el domingo tiene una competencia de matemáticas temprano?, ¿o de la que no ve alguna serie porque tiene prácticas de piano?

Tal vez inconscientemente hacemos eso con las personas que nos importan: «Está muy bien que toques un instrumento, pero no te emociones demasiado».

«Sí, hay que estudiar, hay que sacar buenas notas, pero que no se note tanto». «Actúa cool», «no sobresalgas demasiado», «te van a hacer bullying si…».

Creo que el pensamiento del padre cambió cuando se dio cuenta de que su hijo no «hacía» algo, él «era» de cierta manera. Que no le estaba pidiendo que dejase de hacer algo, sino que renunciase a lo que le hacía especial.

Y al ver sus intentos de protegerlo, se dio cuenta de que era él el que lo estaba dañando en tiempo presente.

No el escenario hipotético de lo que pasaría cuando fuera el colegio, cuando tuviera su primera novia o fuera a buscar su primer trabajo.

Aceptar a los demás

En el corto no solo vemos a un papá y a un hijo, vemos a muchas otras personas, otras familias. Todos, sorprendidos de lo que pasaba con ese niño, se ponían a mirarlo raro, a murmurar entre ellos, e incluso a alejarse.

Es un buen ejercicio ponernos ahora a pensar si hay alguien a quien le hacemos el vacío, o incluso a quien no tratamos bien porque no le entendemos ni su manera de ser.

Si la respuesta es afirmativa y estás pensando en alguien en concreto, un buen examen sería: primero, pensar por qué lo haces y un buen propósito sería —por cliché que pueda sonar— preguntarte: «¿Cómo trataría Jesús a esta persona?».

El siguiente buen propósito sería procurar tratarle de la misma manera. ¿Te parece? Trabajemos por ser más empáticos con los que nos rodean. 

Aceptarse a uno mismo

A veces nos exaspera que los demás sean diferentes. Pero muchísimas veces, también nos exaspera cuando nosotros no somos como nos gustaría ser.

Solo que en nuestro caso, somos un poco más pesimistas: no somos tan guapos como querríamos, ni tan listos como nos gustaría, ni tan talentosos…Y así, también vamos «cargando piedras en nuestra mochila», como en el corto.

Necesitamos tener un poco más de compasión y misericordia con nosotros mismos. Está bien —y es recomendable— intentar mejorar en lo que vemos que podemos mejorar.

Estudiar más, buscar un mejor trabajo, cuidar nuestro cuerpo, exigirnos un poco de oración (o un poco más de ella), etc.

Pero también es bueno —y necesario— saber disculparnos cuando no llegamos a nuestras expectativas y saber amarnos en tiempo presente.

Aceptar… ¿todo?

No podríamos «aceptar» el pecado o lo que es ofensa a Dios. Si vemos en nosotros una falta, hay que «aceptarnos», sabiendo que somos humanos y podemos caer, pero no estamos tolerando la falta o el defecto, ya que la intención es procurar corregirnos.

Si vemos que un hermano nuestro se equivoca, podemos realizarle una corrección fraterna. Y ¡ojo! que, para realizar una corrección fraterna, la clave está en la caridad.

¿Y a las personas?, ¿hay que aceptar a todas? A los demás y a nosotros mismos, ¡obvio que sí! Todas las personas —sin importar condición, religión, apariencia, orientación sexual o ideologías políticas— entran en el abrazo de Dios, y por ello no tiene sentido que nosotros no les abramos los brazos.

Si lo hacemos, podemos tener la seguridad de que en la puerta del cielo también estará Dios aguardándonos con los brazos abiertos. Después de todo, ¡ya lo hizo antes!: en la cruz, redimiendo con sus brazos extendidos, para que quepamos todos.

¿Cómo aprender a aceptar las diferencias de los demás?