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Últimamente estoy muy pendiente y preocupado, porque veo a tantas personas que, queriendo ser felices, se encuentran confundidas, sin saber bien por dónde caminar. Ojalá fuese un problema de confusión. Infelizmente, muchísimas personas, están sumidas en la depresión, no tienen claro el sentido de sus vidas y les cuesta descubrir un propósito por el que vivir.

No quiero ser negativo o pesimista. Sé que no es la situación de todos, sin embargo, podemos decir muy coloquialmente, que es el «pan de cada día» de muchos. Por esas personas, que se descubren en una situación como la que describo, vale la pena este artículo. Además, quizás algunos dirán que no están tan confundidos o perdidos, pero, les exhorto a que lean estos breves párrafos, pues estoy seguro, que se aplican a todos nosotros, yo incluido.

El camino de la felicidad

felicidad, Mi felicidad está en poder verte a los ojos y no en escribirte a través de una pantalla


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Hay muchos estudiosos y entendidos en estos temas —yo pienso lo mismo— que prefieren no plantear la felicidad como una meta, sino como algo que se vive en lo cotidiano. En pocas palabras: «vivir feliz». Es claro que apuntamos a ser cada día más felices, y sabemos como buenos cristianos, que nuestra meta final es la vida eterna. Eso nadie lo pone en duda.

Sin embargo, también es cierto, que Dios nos quiere felices en el aquí y el ahora. ¿Cómo vivir esa felicidad cristiana? El amor. El amor a Dios y al prójimo. La felicidad cristiana es el camino del amor. Por lo tanto es algo que estamos llamados, por Cristo mismo, a vivir cada segundo de nuestra vida.

Cristo nos invita a vivir esa relación de amor siguiéndolo a Él, quién es el «Camino, la Verdad y la Vida» (Juan 14, 6) y reflejando ese discipulado hacia los demás. Si entendemos la felicidad, como esa vivencia del amor que es siempre una relación con otras personas, podemos ser siempre felices.

Dificultades para ser feliz

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Descubrir las razones de nuestra posible infelicidad es una tarea que nos incumbe a todos. No se trata de vivir angustiados, tratando de ser más y más felices. Precisamente, muchos no son felices porque están buscando desesperadamente serlo y nunca están contentos con lo feliz que ya son. A tal punto, que se convencen a sí mismos de que no son felices.

Para ello, estudiosos y psicólogos, enseñan a agradecer lo que tenemos y vivimos. Agradecer nos ayuda a valorar y a tomar conciencia de lo que tenemos. Así no estamos esclavizados a una posible búsqueda ansiosa por tener siempre más y más. No obstante, sí es importante hacer cada cierto tiempo un examen de conciencia para cambiar o mejorar lo que sea necesario.

Podríamos mencionar varias cosas que se oponen a nuestra felicidad. Nuestra lejanía de Dios, el egoísmo e individualismo que nos alejan de los demás, el estar preocupados o idolatrando placeres y bienes materiales que nos ofrece este mundo, no tener prioridades y muchas otras cosas. Infelizmente, la tecnología —con las redes sociales— puede, algunas veces, jugarnos una mala pasada y alejarnos de la felicidad. No se trata de estigmatizar las redes sociales, como algunos lo hacen. Pero ser críticos no lastima a nadie.

El egocentrismo en las redes sociales

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Es obvio que la tecnología ha traído una cantidad gigantesca de adelantos y ventajas para el día a día. Por lo que sería «tapar el sol con un dedo», decir que las redes vinieron para entorpecer nuestras relaciones humanas. Creo que —lo digo y lo creo honestamente— ayudan y proporcionan posibilidades, nunca sospechadas hace menos de dos décadas. Es increíble que puedo, el día y la hora que quiero, hablar con mi padre que está a más de cuatro horas en avión desde dónde vivo. Cómo no darle gracias a ese adelanto tecnológico.

Pero, como en todo, debemos ser críticos y denunciar los problemas que pueden generarse en nuestras relaciones humanas. Cualquiera que entre a Google, y busque las «nuevas enfermedades», que son fruto de las redes sociales, se puede llevar un gran susto. No es la ocasión para describirlas. Simplemente, quiero proponer una brevísima reflexión a lo que me parece más peligroso en el uso excesivo y exagerado de las redes sociales.

Me preocupa ver que la comunicación, que esa relación de amor entre nosotros, con nuestros mejores amigos, se viva «más tiempo» a través de las pantallas de los celulares, que en el contacto «face to face». A través del cariño y afecto humano. Una mirada, un gesto… esas riquezas que no se pueden transmitir a través de una pantalla digital.

Algunos pueden creer que estoy exagerando con esto, pero les invito a que se pregunten lo siguiente: Si no existieran las redes sociales ¿cómo harían para cultivar esas buenas amistades? Creo que es una pregunta interesante, que cada uno debe hacerse con la mano en el pecho y mucha sinceridad. De esa respuesta, con certeza, cada uno descubrirá muchas cosas que pueden hacer para mejorar esas buenas amistades.

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