
Recientemente me pasaron un video del canal YesHEis. Si bien lleva un año al aire, sigue planteando una de las preguntas más urgentes para nuestra fe hoy: ¿estamos viviendo el Evangelio?, ¿o viviendo cierto fariseismo?, ¿o solo interpretando una versión edulcorada y cómoda del mismo?
Con una puesta en escena directa, desafiante y a ratos incómoda, el recurso muestra la diferencia entre una espiritualidad auténtica, marcada por la entrega y la verdad, y una fe superficial, centrada en el yo, en los likes, en las frases bonitas y en la autosatisfacción espiritual.
Es un espejo que no halaga, pero que revela algunos puntos para la meditación y el examen de conciencia. Y si nos atrevemos a mirarlo con el corazón abierto, nos confrontará con esa delgada línea entre parecer cristianos y ser discípulos.
Un cristianismo de fachada: el nuevo fariseísmo camuflado
Hoy corremos el riesgo de caer en una religiosidad de apariencias. Publicamos versículos con estética pulida, oramos en voz alta, participamos de encuentros, organizamos congresos… pero muchas veces lo hacemos más para que nos vean que porque hemos sido tocados en lo profundo por el amor de Cristo. Nos convertimos en cristianos que actúan para la cámara, no para el Reino.
Como los fariseos del tiempo de Jesús, nos quedamos atrapados en el cumplimiento exterior, mientras el corazón permanece endurecido. Se predica mucho y se escucha poco. Se opina de todo y se ora poco en lo secreto.
Se exige a otros lo que uno no está dispuesto a vivir con radicalidad. Cuando la fe se vuelve espectáculo, deja de ser luz… es un nuevo fariseísmo.
La trampa del consumo espiritual: ¿yo para mí o yo para los demás?
También hemos caído en la trampa del “cristianismo a la carta”. Elegimos el grupo que más nos gusta, el retiro que más nos conmueve, el sacerdote que más nos agrada, el contenido que más nos acomoda. Todo gira en torno a lo que me aporta, lo que me da paz, lo que me hace sentir bien.
La Iglesia no puede vivir de retiros eternos entre los que ya se sienten salvados, olvidando a quienes nunca escucharon una palabra de consuelo. El Buen Pastor no se quedó con las 99. Salió a buscar la que faltaba. ¿Y nosotros?
Volver al corazón del Evangelio: salir al encuentro del otro
El cristianismo no es un club de autoayuda ni una estética piadosa. Al contrario, nos llama a mirar al que sufre, al que nadie ve, al que ha perdido la fe y la esperanza. Volver al corazón del Evangelio es recordar que Jesús vino a levantar a los caídos.
Como decía el Papa Francisco, la Iglesia es un hospital de campaña, no un castillo amurallado. Y cada uno de nosotros, con nuestras heridas y miserias, está llamado a ser presencia viva de Cristo en el mundo.
Si no salimos de nosotros mismos para encontrarnos con el que está roto, entonces ¿para qué estamos haciendo Iglesia? Porque hacer Iglesia no es levantar muros… sino levantar personas.
Es tocar al leproso, cenar con el pecador, mirar al mendigo como hermano. Es vivir el Evangelio, incluso donde duele, donde cuesta, pero transforma.
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