
En nuestras vidas siempre hay momentos en los que la fe se vuelve confusa. En muchas ocasiones se me han acercado personas diciendo que, en sus oraciones, buscan una respuesta, pero sienten que Dios no les responde. Y después de eso surge esa inquietud silenciosa: ¿será que lo que tengo es falta de fe?
No sé si tú eres de esas personas que, aun siendo comprometidas y sinceras, experimentamos esta sensación de falta de fe. Seguramente pensarás que te has roto, que has retrocedido y que has fallado en tu relación con Dios.
Pero… ¿y si en realidad no es exactamente así? ¿Y si lo que llamas falta de fe es, en realidad, una etapa de crecimiento? Quiero proponerte mirar esta experiencia desde otro punto de vista: descubrir que incluso la falta de fe puede convertirse en un lugar de encuentro con Dios.
¿Todo lo que parece falta de fe realmente lo es?

Muchas veces pensamos que hemos perdido la fe porque ya no sentimos lo mismo: ya no hay paz, ni claridad, ni certeza. Pero aquí hay algo importante que necesitamos entender: la fe, en su sentido más profundo es, ante todo, una relación viva con Dios (cf. CEC 150; 153).
Y toda relación real pasa por momentos de luz… y también de oscuridad. Hay etapas de cercanía y otras de distancia, momentos de claridad y momentos de confusión (cf. CEC 157). Y eso no significa que la relación se haya roto… de hecho, muchas veces es justo al revés.
Esa oscuridad, esa tormenta interior, puede ser el lugar donde la fe deja de ser superficial y se vuelve más verdadera, más encarnada, más humana. Porque el ser humano está hecho para buscar, abrirse, para no conformarse con respuestas fáciles.
Por eso, cuando te haces preguntas, cuando algo no te cuadra, cuando buscas entender… no estás perdiendo la fe. Estás empezando a tomártela en serio. Y en ese proceso, Dios no se asusta ni reprocha tus dudas. No necesita que finjas certezas que no tienes. Prefiere un corazón sincero que una fe aparente.
La fe crece cuando aceptas que no puedes con todo

Pero aquí suele aparecer otro problema. Vivimos en una cultura donde parece que todo depende de nosotros: ser fuertes, estar bien, tener respuestas, no fallar. Y cuando eso no sucede, lo interpretamos como fracaso… o como falta de fe.
Sin embargo, la vida cristiana no comienza en la perfección, sino en la realidad. Hace un tiempo leí el libro «Libertad vivida con la fuerza de la fe» de Jutta Burggraf, y hay una idea que se me quedó muy grabada: el ser humano no se realiza cuando niega su debilidad, sino cuando la acepta.
Aceptar que estás cansado, que no entiendes, que necesitas ayuda… no te aleja de Dios. Al contrario, te coloca en la verdad de lo que eres.
Y ahí empieza algo nuevo. Porque Dios no entra en nuestra vida desde nuestra perfección, sino que nos perfecciona por su gracia. Y muchas veces eso que llamamos «falta de fe» es, en realidad, el momento en que dejamos de sostenernos solo en nuestras fuerzas y comenzamos a apoyarnos en Él.
El silencio también es camino de fe

Aun así, hay una experiencia que cuesta mucho aceptar. Ese momento en el que rezas… y no sientes nada. Antes había consuelo, ahora hay silencio. Antes había claridad, ahora parece que Dios no está. Y entonces vuelve la misma pregunta: ¿será que tengo falta de fe?
Pero aquí necesitamos dar un paso más profundo. La fe no es lo mismo que el sentimiento (cf. CEC 153; 1768). Dentro de ti hay un espacio interior muy profundo donde puedes encontrarte contigo mismo… y con Dios.
Pero ese encuentro no siempre pasa por lo sensible. Muchas veces pasa por el silencio. Y ese silencio no es vacío. Tenemos el ejemplo del profeta Elías, que no encuentra a Dios en lo espectacular, sino en una brisa suave (1 Reyes 19, 12).
Lo mismo puede pasar en tu vida. Ese silencio puede ser un momento de maduración. Porque cuando la fe deja de apoyarse en lo que sientes, empieza a apoyarse en algo más sólido: la confianza. Y entonces comienzas a amar de otra manera: más libre, más profunda… más real.
No entender no es falta de fe: también forma parte de creer

Pero incluso así, hay algo que sigue inquietándonos: queremos entender. Queremos saber por qué pasan las cosas, por qué Dios actúa así, por qué guarda silencio en ciertos momentos.
Y cuando no encontramos respuestas, pensamos que algo va mal. Sin embargo, esta tensión forma parte de lo que somos.
Estamos hechos para lo infinito, pero vivimos en lo limitado. Deseamos plenitud, pero experimentamos fragmentos. Y es justo ahí donde aparece la fe. No como una explicación total, sino como una confianza (cf. CEC 164; 1814).
No entender no es necesariamente falta de fe. A veces es el lugar donde la fe se vuelve más humilde, más abierta, más real. Dios no nos pide comprenderlo todo. Nos invita a caminar con Él, incluso cuando no vemos todo con claridad.
Eres más que lo que sientes ahora

Y en medio de todo esto, hay algo que no puedes olvidar: tu identidad. Al inicio del libro de Jutta Burggraf aparece una historia muy significativa: un águila que crece entre gallinas. Podía volar, pero no lo sabía.
A veces eso mismo nos pasa en la vida espiritual. Pensamos que somos nuestras dudas, nuestras caídas, nuestra sequedad… incluso nuestra falta de fe. Pero no es verdad. Tu verdadera identidad no es lo que sientes hoy.
Es lo que Dios ha pensado para ti desde siempre. Eres alguien amado, llamado y sostenido por Dios, incluso ahora, incluso en medio de la confusión.
Una fe que no depende de ti
Entonces, ¿cómo se vive la fe en medio de todo esto? Se vive como respuesta. Dios toma la iniciativa. Dios te busca, te llama, te sostiene… y tú respondes como puedes (cf. CEC 142; 2002); a veces con claridad, a veces con dudas, a veces con silencio.
Pero sigues respondiendo. Y eso ya es fe.
Quédate
Por eso, cuando pases por momentos de falta de fe, no intentes resolverlo todo de inmediato.
Haz algo más sencillo: quédate.
Quédate en la búsqueda. Quédate en la pregunta.
Quédate incluso en el silencio.
Y dile a Dios con honestidad:
«Señor, no lo entiendo todo… pero quiero seguirte. Aumenta mi fe».
Porque la fe no siempre es ver claro… a veces es simplemente no dejar de caminar.
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si la duda, el entender me asalta y siento un vacío pero rezo y siento paz
gracias .
Llevo tiempo en el desierto y me causa mucha tristeza en mi alma
Estoy viviendo momentos difíciles, y a veces creo que mi fé se desvanece. pero me aferró a Dios. Hoy escuché que al señor Jesús no le gusta de nosotros la falta de fe en que el puede obrar. se que el está obrando en m. Amén