Sí, aunque suene extraño, no existe nadie que no tenga fe en algún grado. Como muy bien lo categorizaba el Papa Juan Pablo II en su Encíclica Fides et Ratio:

“(…) En la vida de un hombre las verdades simplemente creídas son mucho más numerosas que las adquiridas mediante la constatación personal. En efecto, ¿quién sería capaz de discutir críticamente los innumerables resultados de las ciencias sobre las que se basa la vida moderna? ¿quién podría controlar por su cuenta el flujo de informaciones que día a día se reciben de todas las partes del mundo y que se aceptan en línea de máxima como verdaderas? Finalmente, ¿quién podría reconstruir los procesos de experiencia y de pensamiento por los cuales se han acumulado los tesoros de la sabiduría y de religiosidad de la humanidad?


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El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquél que vive de creencias (…) Cada uno, al creer, confía en los conocimientos adquiridos por otras personas. En ello se puede percibir una tensión significativa: por una parte el conocimiento a través de una creencia parece una forma imperfecta de conocimiento, que debe perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; por otra, la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas.”

La fe es pues como nos enseñaba el Papa uno de los actos antropológicos más propios del hombre. Entonces porqué poner tantas resistencias o tantas trabas en dar un paso más y abrirnos a la fe en ese Otro con mayúsculas que es Dios. Si confiamos todos los días en tantas personas y en tantas cosas, porqué no confiar en el testimonio que nos ha dado Dios a través de su Palabra. Él nos ha hablado y ahora espera nuestra confiada respuesta.


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