En la película “La Pasión de Cristo”, durante las caídas en el Vía Crucis, vemos a María recordar cuando Jesús se caía siendo pequeñito, y se nos desgarra el corazón pensando en su corazón de Madre atravesado por las siete espadas que le había profetizado Simeón. Es que en el corazón de padres, nuestros niños siguen siendo niños toda la vida, y cuando los vemos hacer “cosas de grandes” muchas veces pensamos que van a seguir siendo inocentes y pequeños, pero, como decimos en Argentina: “Chicos chicos, problemas chicos, chicos grandes… ¡Problemas grandes!”



La publicidad que te comento hoy fue parte de una iniciativa del Consejo Publicitario Argentino y otras ONG para apoyar a la iniciativa “Chicos sin alcohol”, con el fin de disminuir conductas riesgosas en la adolescencia.

Dice el sitio: “Si tenés alguna sospecha, o comprobás que tu hijo o hija menor de 18 años, ha comenzado a beber, por curiosidad, o porque sigue a los amigos, tenés que actuar.  Hablá con él o con ella. Preguntá. Escucha lo que tenga para decir. Aconsejá. Contale todo lo malo que el alcohol le puede hacer a su salud. Y aunque creas que tu hijo o hija se va a comportar correctamente frente a esta problemática, no dejes de estar cerca, de conversar sobre el tema.  Es importante que sepa que estás informado sobre lo que está pasando actualmente con los chicos y el alcohol, y sus consecuencias. Siempre va a ser necesaria tu voz para marcarle el camino.



El consejo no es malo, pero parece incompleto. La adolescencia es un tiempo de muchos cambios, y esos cambios generan en los chicos mucha ansiedad, miedos, angustias que muchas veces no pueden manejar, precisamente por faltarles la madurez necesaria como para procesar estas emociones. Y el alcohol funciona precisamente en estas situaciones de miedo o estrés como “deshinibidor” para esas primeras interacciones sociales. Al ser una etapa de transición, está claro que los adolescentes ya no son niños, pero tampoco son adultos. Y si bien en casi todos los países de América el alcohol está prohibido hasta la edad de inicio de la adultez (18 o 21 años según el caso), lo cierto es que el consumo de alcohol en la adolescencia sigue siendo un problema serio, y un problema que hay que enfrentar en muchas familias, porque la solución no la tiene el estado, ni los gobiernos, ni las leyes, sino la familia.

Ser Ejemplo

Si todos los fines de semana nosotros nos vamos de juerga, y volvemos alcoholizados de cualquier evento al que concurrimos, primero tenemos que corregir nuestra propia conducta. No podemos decirle a nuestros hijos “te dije cien millones de veces que no seas exagerado” ¿No suena contradictorio? Si queremos que nuestros hijos sean sobrios, tendremos que serlo primero nosotros. Y muchas veces, como es una costumbre social algo extendida, negamos que tengamos un problema con el alcohol, porque, como dicen también los chicos: “Todos lo hacen”. Hay que ser buen ejemplo para que nuestros hijos no tomen el mal camino. Si no damos ejemplo, entonces nuestra posible educación es hipócrita.

Mostrar otros ejemplos

No basta con nuestro buen ejemplo, aun cuando sea un buen principio. Tenemos que proponer a nuestros hijos el ejemplo de otros que sean un buen ejemplo de vida, especialmente de su edad, para que se puedan identificar: San José Sánchez del Río, la Beata Clara Badano, Santa Inés, Santa María Goretti. La Iglesia tiene muchos santos y beatos jóvenes que pueden inspirar y proteger a nuestros hijos durante las tentaciones propias de la adolescencia. No solo lo santos sino tal vez figuras más cercanas con buenos hábitos y ansias del bien. Y tenemos que proponerlos como ejemplos de vida para que al llegar a la adolescencia tengan ideales altos. ¡Los adolescentes tienen ansias de heroísmo, pero les faltan buenos ejemplos!

Conocer a nuestros hijos

Para poder estar cerca de los hijos, tendremos que hacer de la cercanía una “política educativa” prioritaria. Tendremos que estar cerca de nuestros hijos, y (como dice el sitio de prevención) hablar con ellos, hacerlos sentir acompañados y siendo padres presentes. Una táctica que da buen resultado es llevarlos y traerlos de los lugares adonde se reunen. En un auto cerrado, se hace un “control de alcoholemia automático” y podremos encarar el tema si detectamos algún “aroma” inconveniente. Esto tiene una ventaja: muchos padres se enteran que uno busca y lleva a los chicos, y entonces piden organizar la ida y la vuelta para tener un solo viaje, y de paso nos enteramos de qué hablan los chicos, qué temas les interesan y muchos temas más que los chicos hablan después de las fiestas.

Organizar festejos en casa

Para poder tener “control” sobre lo que nuestros hijos consumen, otra táctica que funciona es dejarlos y estimularlos a que organicen festejos en casa. Una familia con la idea de “puertas abiertas” hace que los chicos quieran estar en casa y quieran invitar a sus amigos. De ese modo podremos tener una idea de con quiénes se juntan, qué hacen, de qué conversan. Nuestra política de cercanía se extiende también a sus amigos y compañeros, y eso sólo puede redundar en beneficio de la educación de nuestros hijos.

Los ritos

La familia es la “Iglesia Doméstica”. Y en la Iglesia tenemos ritos y costumbres que forjan el carácter de nuestros hijos. Si la mesa familiar es el centro de esos ritos, tenemos una gran parte de la batalla ganada. En la mesa se come, pero se bendicen los alimentos primero, se agradece por los alimentos recibidos y también se pide por aquellos que no los tienen. Todo ello es parte de la educación de nuestros hijos. Si nuestros hijos nos ven beber sobriamente, también aprenden que el alcohol no tiene que ser un aturdidor, sino que puede ser un placer lícito, cuando se tiene la edad apropiada y la madurez suficiente como para poder beberlo.

La protección si les sucede algo

Los adolescentes se creen omnipotentes, “a mí no me va a pasar” parece ser su grito de guerra. Y cuando algo les pasa, están terriblemente asustados, y necesitan nuestra ayuda, a veces mucho más que cuando las cosas van bien. Puede ser que nuestros hijos se equivoquen, y que tengan un traspié en la ingesta de alcohol. Si algo así sucede no tenemos que reaccionar mal ni con violencia, sino tomarlo como oportunidad educativa, y ayudarlos a que comprendan cuáles son los efectos del alcohol en sus cerebros. Siempre es bueno tener este video a mano, para dar comienzo a una conversación con fundamentos.

La oración familiar

Y por último, lo más importante. Tenemos que rezar por nuestros hijos. Con ellos y por ellos. Tenemos que rezar por su vida, por sus elecciones. La adolescencia es la época en la que comienzan a vivir su vida, y a no depender tanto de nosotors, y sus primeras interacciones no van a estar exentas de peligros, tentaciones y caídas. Y ya comienza a ser su vida, y necesitan tener sus experiencias, aun cuando a nosotros nos parezcan inadecuadas o inapropiadas. Por eso, tenemos que encomendárselos a sus Ángeles de la Guarda, a sus santos patronos, y naturalmente, y por encima de todo, a Nuestra Señora, que ella es Madre, y perdió a su hijo pero lo encontro. La oración familiar tiene que ser una constante, y tiene que estar como ingrediente principal de nuestras ocupaciones por nuestros hijos.