La Misa tiene un simbolismo precioso, y a veces la rutina nos impide percibirlo. No es mera apariencia externa, pues cada detalle, cada gesto, nos va permitiendo toda una experiencia de encuentro y diálogo con Dios.

Quisiera compartirles unas reflexiones sencillas sobre una parte muy particular de la Misa, quizás una que con frecuencia se nos pasa sin que comprendamos toda su profundidad: la presentación de dones. Como en muchos lugares en este momento se suele recoger también la colecta, y nos distraemos buscando una moneda o algún billete, dejando escapar el enorme significado que tiene.



La Misa no es algo aislado del resto de mi vida. El modo como participo de la Eucaristía dice mucho de cómo me aproximo a la vida, y si vivo mi vida y mi trabajo en clave oblativa, participaré con mayor fruto de la Misa. Es esto precisamente un aspecto central que nos enseña la presentación de dones.

1. “Socios” de Dios



«(…) Fruto de la tierra y del trabajo del hombre…». En la presentación de dones le ofrecemos a Dios lo que hemos trabajado. Le ofrecemos el pan, «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», y el vino, «fruto de la vid y del trabajo del hombre». Con ello reconocemos que todas las bendiciones vienen de Dios, pero al mismo tiempo, comprendemos que Dios quiere y valora nuestro trabajo. Quiere realmente que comprendamos que nuestro esfuerzo es necesario y valioso. El quiere “socios”, no esclavos, y nos valora tanto que nos invita a trabajar con Él la tierra para transformarla.

2. Escuela de entrega

«(…) Y ahora te presentamos…». Toda la atención en este momento de la Misa se centra sobre el altar. La celebración Eucarística, como sabemos, es un sacrificio. Es el mismo Jesús quien se ofrece. Nosotros hemos llevado las ofrendas, pero no podemos hacerlo como quien da una limosna o renuncia a una pequeñísima porción de sus bienes. En el fondo con las ofrendas que hemos presentado debe estar también nuestro corazón, nuestro íntimo y más profundo deseo de darle todo a Jesús, y de unirnos a su sacrificio.

3. La mayor desproporción

«(…) Será para nosotros pan de vida…». Esta increíble desproporción se da entre lo que le ofrecemos a Dios y lo que El nos devuelve. Nosotros le ofrecemos un poco de pan y de vino… ¡y El los transforma en su cuerpo y su sangre! Es poca cosa nuestra ofrenda, es poco lo que nos pide, y lo que nos devuelve no tiene la más mínima comparación. Todo lo que yo le ofrezca, todas las circunstancias de mi vida, quizás sobre todo mi trabajo, Dios lo recibe con inmenso cariño y nos lo devuelve transformado en gracia para nuestra santificación y la de los demás. ¡Quizás es poco lo que le podemos ofrecer, pero Dios ama con locura ese poco que le damos!

4. Parecernos a Jesús

«(…) Haz que compartamos la divinidad de quien se ha dignado participar de nuestra humanidad». El sacerdote dice en secreto esta oración cuando mezcla un poquito de agua con el vino. Jesús se pasó buena parte de su vida trabajando de modo sencillo y anónimo. Gozó de toda la sencillez de la vida humana humilde y laboriosa. Dignificó el trabajo, y nos recuerda que todo trabajo honesto es ocasión de santificación. O sea, ocasión de parecernos a Él.

5. Lo que Dios de verdad quiere de nosotros

«(…) Acepta Señor nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia». Jesús dirigió sus palabras más duras a los fariseos y a los hipócritas, que pensaban que solo importaba el aparentar. El no se guía por las apariencias, y lo que más quiere es un corazón que se reconoce necesitado y hambriento de Él. Ningún trabajo, ninguna actividad externa, nos va a llenar si no lo iluminamos desde la fe y se lo ofrecemos a Dios con un corazón sencillo y agradecido. Eso es lo que le agrada a Dios, y le agrada porque es lo que realmente nos hace felices.

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