¿Donde empieza la embriaguez?

La embriaguez no empieza solamente cuando alguien pierde el conocimiento o no recuerda lo que hizo la noche anterior. A veces empieza mucho antes: cuando una persona decide, voluntariamente, apagar su razón, silenciar su dolor o escapar de algo que no quiere mirar de frente.

Y quizá por eso este tema incomoda tanto. Porque no se trata solo de preguntar: «¿Es pecado emborracharse?». Se trata de preguntarnos con sinceridad: «¿Qué estoy buscando cuando quiero perder el control?».

En un short publicado por Theology of the Body Institute, conectado con el episodio de Word Made Fresh titulado Is Drunkenness a Sin, Pro-Life Church But Anti-IVF, & the Morality of Lingerie, se plantea precisamente esta pregunta: si emborracharse es pecado o si, en realidad, el corazón humano está llamado a una «embriaguez» más profunda: la de ser llenado por el amor divino.

¿Es pecado o no es pecado?

El podcast Word Made Fresh es presentado oficialmente por Theology of the Body Institute como un espacio con Dr. Christopher West, Bill Donaghy y Mike Mangione, donde conversan sobre arte, poesía, música, historias y momentos cotidianos desde la sacramentalidad de la realidad.

La Iglesia no enseña que beber alcohol sea pecado en sí mismo. El problema no está en el vino, la cerveza o una copa compartida en una celebración. El problema empieza cuando algo creado para ser disfrutado con libertad termina dominando nuestra libertad.

El Catecismo lo dice con mucha claridad: la templanza nos ayuda a evitar todo tipo de exceso, incluyendo el abuso del alcohol, y advierte que quienes por la borrachera ponen en peligro su seguridad o la de otros incurren en culpa grave.

La pregunta entonces no es solo: «¿Cuánto puedo tomar antes de pecar?». Esa pregunta, aunque válida, se queda corta. La pregunta más profunda sería: «¿En qué momento dejé de beber con libertad y empecé a necesitar el alcohol para sentirme bien, aceptado, relajado o valiente?».

La embriaguez nubla lo que Dios nos dio para amar mejor

Dios nos creó con inteligencia, voluntad, cuerpo, emociones y alma. No somos máquinas; somos personas capaces de elegir, discernir, amar y responder por nuestros actos.

Por eso, cuando una persona busca deliberadamente emborracharse, no solo está tomando «un poco de más». Está eligiendo entrar en un estado donde su juicio se nubla, sus decisiones se debilitan y su capacidad de responder moralmente queda afectada.

Catholic Answers lo explica así: el abuso de una bebida intoxicante puede ser pecado grave cuando priva a la persona del uso de la razón; es decir, cuando ya no tiene la libertad necesaria para deliberar responsablemente sobre lo que debe hacer o evitar.

También aclara que debe tratarse de algo elegido deliberadamente, no de una sorpresa accidental por falta de previsión.

Esto es importante porque muchas veces nos justificamos diciendo: «Pero yo aguanto bastante», «yo no hago daño a nadie», «yo solo me divierto», «yo sé controlarme». Pero el punto no es si «aguantas» o no. El punto es qué estás haciendo con tu dignidad.

Porque la dignidad humana no se mide por cuántos tragos resiste un cuerpo. Se mide por la capacidad de vivir con libertad, verdad y amor.

El alcohol puede convertirse en un falso consuelo

Muchas veces no bebemos de más porque tengamos sed. Bebemos porque estamos cansados.

Porque estamos heridos. Porque sentimos soledad. Porque queremos pertenecer. Porque tenemos miedo de sentir demasiado. Porque no sabemos qué hacer con la ansiedad, el rechazo, la tristeza o el vacío.

Y ahí es donde el alcohol puede convertirse en una especie de «salvador» falso.

Nos promete euforia, pero nos deja vacíos.
Nos promete libertad, pero nos hace depender.
Nos promete alegría, pero muchas veces solo anestesia el dolor por unas horas.

El problema no es solo moral. También es espiritual. Porque cuando usamos el alcohol para no enfrentar lo que pasa dentro de nosotros, de alguna manera le estamos diciendo a Dios: «Esto me consuela más rápido que Tú». Y aunque quizá nunca lo diríamos con palabras, nuestras decisiones a veces lo gritan.

Llenando un vacío

La embriaguez suele ser un intento fallido de llenar un vacío que solo Dios puede tocar. Por eso, antes de condenarnos, conviene detenernos y preguntarnos: «¿Qué estoy intentando apagar dentro de mí?».

¿Es una ausencia?
¿Una herida familiar?
¿Una ruptura?
¿Una inseguridad?
¿Un enojo que no he procesado?
¿Una tristeza que no quiero admitir?
¿Una vida espiritual que se ha vuelto seca?

Dios no quiere quitarnos la alegría. Dios quiere enseñarnos dónde encontrarla de verdad.

La templanza no te quita la fiesta, te devuelve la libertad

A veces escuchamos la palabra «templanza» y pensamos en algo aburrido, frío o rígido. Como si la templanza fuera vivir sin disfrutar nada.

Pero la templanza no existe para matar la alegría. Existe para protegerla.

El Compendio del Catecismo enseña que la templanza modera la atracción de los placeres, asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y da equilibrio en el uso de los bienes creados.

Eso significa que una persona templada no es alguien que odia las cosas buenas. Es alguien que no permite que las cosas buenas se conviertan en cadenas.

Puede celebrar sin destruirse. Puede compartir sin perderse. Puede disfrutar sin necesitar escapar. Puede decir «sí» con libertad y también puede decir «hasta aquí».

Un acto de amor propio

Y ese «hasta aquí» muchas veces es un acto profundo de amor propio, amor a Dios y amor al prójimo.

Porque nuestra libertad no existe aislada. Lo que hacemos también habla, forma, confunde o edifica a otros.

Tal vez tú «aguantas» el alcohol. Tal vez tú no tienes una adicción. Tal vez tú sientes que puedes parar cuando quieras. Pero quizá alguien a tu lado está luchando en silencio.

Quizá alguien que te mira está intentando salir de una dependencia. Quizá para otra persona tu manera de beber se convierte en permiso, presión o tropiezo.

El amor al prójimo también pone límites a nuestra libertad.

San Pablo lo entendía muy bien cuando hablaba de evitar que nuestra libertad se convirtiera en ocasión de caída para otros. No se trata de vivir obsesionados con el qué dirán, sino de preguntarnos con caridad: «¿Mi manera de vivir ayuda a otros a acercarse a Dios o los confunde?».

No necesitas perder el control para sentirte vivo

El mundo nos ha vendido una idea extraña: que para divertirnos tenemos que desbordarnos, que para descansar tenemos que desconectarnos, que para ser espontáneos tenemos que perder el control.

Pero el Espíritu Santo no produce evasión. Produce vida. La verdadera alegría no es la que te hace olvidar quién eres. Es la que te recuerda que eres amado.

El verdadero consuelo no es el que te duerme la conciencia. Es el que te ayuda a enfrentar la verdad sin miedo. La verdadera libertad no es hacer todo lo que siento. Es poder elegir el bien incluso cuando mis emociones me empujan hacia otro lado.

La respuesta cristiana no es simplemente: «No te emborraches porque es pecado». La respuesta cristiana es mucho más profunda: «No busques en el alcohol lo que solo Dios puede darte».

Porque al final no se trata únicamente de evitar una falta moral. Se trata de amar mejor. Se trata de cuidar el cuerpo que Dios te confió. Se trata de custodiar tu razón, tu voluntad, tu testimonio y tu corazón.

Se trata de reconocer que muchas veces no necesitamos otra copa. Necesitamos silencio. No necesitamos apagar la mente. Necesitamos oración. No necesitamos huir del dolor. Necesitamos dejar que Cristo entre ahí.

Jesús no dijo: «Vengan a mí cuando ya tengan todo resuelto». Él dijo: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados». Y tal vez esa es la invitación más concreta para hoy: llevarle a Él eso que intentamos anestesiar.

Algunas preguntas

Antes de volver a beber para escapar, pregúntate:

¿Qué estoy buscando llenar?
¿Qué emoción no quiero sentir?
¿Qué herida estoy evitando mirar?
¿Qué parte de mi vida todavía no le he entregado a Dios?
¿Esto me está ayudando a sanar o solo me está dando una pausa temporal para después sentirme peor?

No se trata de vivir desde la culpa. Se trata de vivir desde la verdad. Y la verdad, cuando se la entregamos a Dios, siempre puede convertirse en camino de libertad.

Porque el corazón humano no fue creado para ser llenado por un espíritu destilado. El destino del corazón humano es que lo habite el Espíritu Santo.

Y cuando Él llena el alma, no necesitas perderte para sentir alegría. Empiezas, por fin, a encontrarte.