Recientemente, me enfrenté a un duro proceso de selección para optar a una plaza como maestra. Fueron unos meses de mucho esfuerzo y trabajo. De entrenar la paciencia. Me siento orgullosa de cómo lo recorrí y de los aprendizajes acumulados. Pero no obtuve lo que había previsto.

Pensándolo bien, era un reto que no dependía únicamente de mí. Tenía que ver con lo que yo hiciera, pero también con lo que hicieran los demás. Como una competición. Vi compañeros que apenas sin esforzarse tuvieron suerte. Vi compañeras que se dejaron la piel en el intento. Conocí mentes verdaderamente creativas e innovadoras que se quedaron en el camino. Descubrí corazones llenos de bondad que hicieron realidad sus planes.

Me alegré por ellos. Pero también pensé, ¿y yo qué?, ¿cuándo llegará mi turno?, ¿por qué yo no alcancé mi meta? Me esforcé, luché, recé, me mantuve comprometida con la gente de mi alrededor y me sentí orgullosa del papel que realicé. Me siento segura en mis habilidades y en mi vocación para la docencia.

Y entonces… ¿cuánto más debo esperar?

entrenar la paciencia

Ahí está el tema… esperar. Les acabo de poner un ejemplo de vida habitual y sencillo, adecuado para entrenar la paciencia. Porque no me siento capaz de hablarles de otros momentos en los que, pese a poner todo mi corazón en ello, nada se resolvió como yo esperaba. Momentos en que parece que corres, a por todas, y la vida te frena en seco. Y solo queda llorar y dejar que pase el tiempo.

Sería pretencioso decirles que tengo consejos para estos momentos. Además, la paciencia es un arte que no se suele enseñar. Pero puedo compartirles experiencias que me han ofrecido algunas respuestas cuando la impaciencia, la incomprensión y la desesperación se imponen.

1. Experimenta el silencio

entrenar la paciencia, 4 experiencias que nos pueden ayudar a entrenar la paciencia… desde la impaciencia

Se podría decir que la paciencia y el silencio son dos caras de una misma moneda. El silencio es esa capacidad que va de la mano con el respeto y la paciencia. Nos hace ser capaces de escuchar a los demás, de escuchar lo que las circunstancias quieren decirnos y de encontrar un espacio donde hablar con uno mismo; desactivando el rumor del entorno.

El silencio y la tranquilidad hoy tienen más enemigos que nunca. Y en situaciones de sufrimiento y ansiedad son necesarios para reflexionar y cultivar lo vivido. Reservar espacios para el silencio es reservar espacios para escuchar a nuestro corazón, oírle sollozar y también sentir compasión por nosotros mismos.

Practicarlo no supone un resultado inmediato. Olvídate de los resultados inmediatos. El silencio te va trabajando por dentro, afina tu do y te ayuda a desarrollar la perseverancia, el coraje, la resiliencia y la esperanza.

Conviene empezar poco a poco e ir descubriendo cuánto tienes por decirte. El silencio puede ser más elocuente que el grito o la batalla.

2. Experimenta la palabra y la Palabra

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A los espacios de silencio, le siguen también los espacios de acompañamiento. A veces pensamos que todo lo podemos y que no es necesario pedir ayuda. En algunos momentos de mi vida he echado de menos alguien que me acompañara. Y en otros, he agradecido enormemente que alguien estuviera a mi lado ayudándome a soportar las circunstancias.

No vale cualquiera. Huye de los consejos fáciles y de las personas que tienden a divagar antes de escuchar. Quien te acompañe debe ser alguien de tu plena confianza, pero también alguien que no te dé lecciones, sino aquel que te haga las mejores preguntas.

Si, seguramente, la persona que te ayude mejor a cargar con tu impaciencia sea el que, con sus palabras, te cuestione y te ayude en tu diálogo interior. No busques recetas mágicas, no todo se puede adquirir sin más.

Y, claro está, disfruta de la Palabra. Déjate llevar por el testimonio de aquellos que miles de años antes que tuvieron inquietudes similares. Aunque la impaciencia te haga enojar, y tus oídos estén cansados de no recibir las noticias que esperas, regálales la alegría de escuchar la Palabra. Y que tu corazón sin expectativas reciba esos textos que nos dicen algo nuevo cada vez.

3. Experimenta el tiempo de Dios

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Cristo dijo «Yo soy el camino», fíjense que no dijo «Yo soy la meta». Es decir, el Hijo de Dios puso el acento en un camino, el que recorremos ahora. La alegría y la esperanza viven hoy y ahora. Lo que nos enferma es poner los ojos solo en el futuro. Eso nos saca del presente. Para alcanzar la meta, hay que estar con los pies en la tierra.
Cuando te parezca que Dios ha enmudecido, que no te indica con claridad cómo proseguir, cuando parezca que no eres su prioridad… recuerda que camina contigo. No te espera en la meta, sino que camina contigo ahora.

Tú elevas la mirada hacia el horizonte y Él te está señalando las flores del margen y el perfume de los árboles frutales al pie del camino. Fíjate también en la inmensidad del tiempo de Dios. Fíjate en cada minuto que te regala y en cómo inviertes cada instante. Saborea el presente de Dios.

¡No es que Él marque tu ritmo (a veces me ha entristecido esa falta de control sobre mi vida)! ¡Es que no quiere que te pierdas nada! Sabe de nuestras distracciones, de nuestras pequeñas obsesiones, de nuestras debilidades, y apunta directamente sobre aquello que te hará crecer. Lo sé, porque lo he sentido.

Aunque en cada nueva prueba alguien deba recordármelo porque, efectivamente, uno piensa que comprende mejor, que sabe más y que controla mucho.

4. Mantente abierto a la sorpresa

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Muchas veces es difícil asumir que hay cosas que escapan a nuestro control. La gestión de las consecuencias de aquello que escapa al control se percibe muchas veces como una derrota, cuando no es así. Por eso es importante ser conscientes de lo que depende de nosotros y de lo que no depende de nosotros.

Eso nos va a ayudar a relativizar y a entrenar la paciencia. Afirmar que «no tenemos paciencia» es reconocerse derrotado y proclamarse rendido. El dolor nos ha vencido. Entrenar la paciencia implica que no se ha perdido la esperanza y uno se mantiene a la expectativa. Es decir, se muestra abierto a aquello que está por venir, y se prepara para abrazar las sorpresas que llegarán.

Pensarás que a menudo Dios nos mete en los caminos oscuros del desamparo y la desolación. En estos huracanes desatados es donde se prueba nuestra paciencia espiritual.

¿Sabías que la Madre Teresa de Calcuta también experimentó la «noche oscura»? Siguiendo su ejemplo y con el corazón abierto, reclámale y búscale. Podrás entreverle en la belleza de la Creación, escuchando su Palabra y en la amistad, el encuentro de comunión. Aunque estés desencantado y triste, no cierres la puerta a las sorpresas que Él guarda para ti.

Entrenar la paciencia con los jóvenes

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En tu equipo, en tu grupo de jóvenes o de catequesis también hay chicos y chicas llenos de impaciencia. Podemos caer en el error de pensar que, por su mayor juventud, sus problemas son menos trascendentales y que nuestros planes, planes de adultos, son más importantes.

Pero fíjate que vivimos en una sociedad que se ha casado con la prisa, con lo inmediato, y que le ha dado la espalda completamente a lo lento, al silencio, a la reflexión. Si nosotros podemos acusar el impacto de esto, ellos todavía lo sienten con mayor intensidad.

Las nuevas generaciones suben llenas de talento y dones, pero también más presionadas para resolver con premura las grandes decisiones de su vida y menos dotadas de recursos personales para enfrentar la frustración. Podemos ayudarles a entrenar la paciencia en las pequeñas cosas, en los momentos cotidianos.

Es necesario, ahora más que nunca, acompañar en la esperanza y entrenar la paciencia en lugar de dejarse llevar por el ansia de la queja y la rápida búsqueda de cualquier alternativa. Una actitud que confía en el paso del tiempo y en el tiempo de Dios como estabilizador y portador de justas opciones. No es fácil. Es un reto para todos.

Debemos estar preparados para cuando llegue el desencanto, la angustia, la duda y el miedo y recordar oportunamente las palabras de Santa Teresa de Jesús: «La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta».

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