
A finales del año pasado acompañé a mis alumnos de 1º de bachillerato a su viaje de estudios a Madrid. Esta ciudad siempre ofrece alternativas de entretenimiento, cultura y diversión, incluida la propia ciudad que da para bastante.
El parque del Retiro, la Gran Vía y la Puerta del Sol, Alcalá, Preciados, la calle del Arenal con su impresionante chocolatería de San Ginés, la catedral de la Almudena y el Palacio Real, la señorial ciudad de Segovia. Y, aunque cueste decirlo, también hubo visita ─muy ansiada─ al nuevo estadio Santiago Bernabéu, cosa de adolescentes. Evidentemente, tampoco podía faltar la visita al Monasterio del Escorial y al museo del Prado, y así lo hicimos.
Cuando uno entra en el Museo del Prado puede caer desmayado ante tanta obra artística. Es por ello que, a los que quisieron seguirme, les mostré una síntesis muy, muy, muy resumida de las joyas que allí se encuentran, terminando este breve recorrido con la Anunciación de Fra Angelico.
Esta fue nuestra reacción

Creo no exagerar al decir que esta pintura me cautivó más que a mis alumnos. Y eso que he tenido la suerte de poder contemplarla un buen número de veces. Todo en ella es armonía de escenas y personajes que quieren decirte algo.
Una composición asimétrica que te atrae sin saber bien por qué, el rayo de sol que atraviesa toda la escena, nuestros primeros padres con un Adán de pelo rizado y de rostro de cierta compunción, Dios escondido entre dinteles en serena expectación, y el ángel y María en calmosa y hermosa quietud. Momento estelar ─imperceptible─ para el que se constituyó todo el Cosmos y que inaugura todo un tiempo de esperanza para la salvación del hombre.
Decía el Papa Francisco en la bula de convocatoria del Jubileo del Año 2025 que «Todos esperan»con «un deseo y expectativa del bien». Deseo y expectativa que se emborronan con la «imprevisibilidad del futuro», haciendo surgir sentimientos contrapuestos: temor, desaliento, duda.
Puede ocurrirnos en nuestro día a día, también en nuestro trato con Dios, que aparezcan el desánimo y el pesimismo que ensombrecen nuestra vida. Quizá mirar a la Virgen en su Anunciación pueda ayudarnos a remover de nuevo nuestra esperanza, más en este año jubilar donde la esperanza no defrauda.
Ni que decir tiene que la escena de la Anunciación, relatada por Lucas, es una de las imágenes más bellas de la fe cristiana. Allí se anuncia el milagro de la Redención, la profecía del protoevangelio. Pero también nos habla profundamente de esperanza, una virtud esencial para la vida de cualquier persona.
1. La Anunciación y la promesa de algo nuevo

En la Anunciación, María se sorprende del saludo del ángel. No esperaba esa visita ni su mensaje. Dios irrumpe en su vida con un anuncio que va a marcar el rumbo de la historia.
También a nosotros nos ocurren circunstancias inesperadas, novedosas o inciertas. Aprender de María es acogerlas con esperanza, abriéndonos a eso que desconocemos pero aceptamos porque viene de Dios. Y de Dios nada malo puede venir.
La Anunciación nos enseña que Dios siempre tiene caminos que no imaginamos y que podemos confiar en Él.
3. Esperar con fe como María

María no sabía con exactitud las consecuencias de su afirmativa respuesta. Pero era consciente de lo que significaba mostrarse embarazada a los ojos de José ante las leyes judías. Pero María confía con un dejar hacer a Dios.
Su aceptación a la invitación divina no fue solo un acto de fe y de confianza; no solo fue un deseo, sino la certeza en su corazón de que Dios estaba y caminaba con ella.
En nuestra vida ordinaria, a menudo se nos presentan ocasiones para afrontarlas con esperanza. Una mejor oportunidad laboral, el atender a un familiar con limitaciones en su salud o reconciliarnos con alguien de quien nos hemos alejado son ejemplos de momentos que no debemos vivir con resignación, sino con la confianza en que Dios nos otorga su ayuda para afrontarlos mejor.
Al igual que María, que no se quedó de brazos cruzados después del anuncio, sepamos enfrentar nuestras incertidumbres con una profunda confianza.
3. La Anunciación y nuestra esperanza hoy

Tras más de dos mil años del suceso que inmortalizó a Fra Angelico, y otros muchos artistas, no podemos entender la Anunciación como una cosa del pasado, sino como un hecho vivo y actual. Si miramos a nuestro alrededor, ciertamente convivimos con circunstancias y situaciones desafortunadas.
Tampoco, ante esta realidad, Dios deja de anunciarnos su esperanza, como lo ha hecho el Papa Francisco con la convocatoria del Jubileo del año 2025. Dios sigue actuando, aunque no lo percibamos, trae luz a la oscuridad.
Algo tan sencillo como empezar el día con una breve oración o con un acto de agradecimiento por lo bueno que tenemos o que hemos hecho, seguro nos ayuda a vivir con más esperanza.
Nada mejor que terminar con las palabras con las que el Papa Francisco finaliza la bula de convocatoria del Jubileo de la Esperanza:
«Dejémonos atraer desde ahora por la esperanza y permitamos que, a través de nosotros, sea contagiosa para cuantos la desean. Que nuestra vida pueda decirles: “Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor” (Sal 27,14). Que la fuerza de esa esperanza pueda colmar nuestro presente en la espera confiada de la venida de Nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la alabanza y la gloria ahora y por los siglos futuros».
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