Muchas veces me enojo con Dios (no sé si decir que más de las que debería, porque no sé cuántas veces está permitido) la cuestión es que, antes pensaba que no estaba bien, que significaba que mi fe y mi amor eran débiles. Poco a poco, con la ayuda del Espíritu Santo, he ido entendiendo que la oración es un clamor interior, un río que brota de lo más profundo de nuestra interioridad y que no puede contenerse. Esto no significa que nuestro diálogo con Dios sea una cascada descontrolada de emociones y sentimientos; pero sí quiere decir, que debe ser un cauce natural por donde nuestro espíritu se encuentre con Él. Debe ser el encuentro de dos hambres, de dos personas que se aman; y porque se aman difieren, dialogan, discuten…

Por eso no tienes que sentirte mal si te molestas con Dios, toma en cuenta estas 5 ideas para que sepas manejarlo y no se convierta en un enojo que te aleje de tu Padre.


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Antes de comenzar les advierto que las respuestas corresponden a la lógica de un Padre que nos ama profundamente y que quiere que disfrutemos de su amor, así muchas veces nosotros pensemos que no nos está amando.

1. Cuando parece que Dios no nos escucha y no nos responde

Ante esta afirmación, una clave: Dios siempre tiene los oídos atentos a nuestras súplicas, los que muchas veces no tenemos idea si nos escuchó o no, somos nosotros, y dudamos. Sí, dudamos, nos enojamos y nos quejamos de que no nos escucha porque no nos responde nada…

Más de una vez me han preguntado: ¿cuándo rezas cómo sabes que Dios te escucha?, ¿cómo puedes escucharlo tú a Él? Sinceramente me es muy difícil explicarlo y siempre digo lo mismo: si tu oración es de criatura a creador es muy difícil escuchar algo; en cambio, si tu oración es de hijo a Padre, seguro que escucharás. Si eres su hijo, Dios para ti no es un agente externo, un gran y todopoderoso personaje superior. Si eres hijo, Él es el sujeto agente de tu vida, el que mueve tu existencia desde dentro, el que te recrea y te llama todos los días a la vida. Cuando comprendemos que Cristo vive en nosotros y que a través nuestro se dirige al Padre (como hijo) nuestra oración cambia.


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Por eso, si te enojas porque Dios no te dice nada, enójate contigo mismo porque te estás olvidando quién es tu Padre y cómo dirigirte a Él.

2. Cuando no queremos hacer lo que Él nos pide

Esto es típico y a mí me pasa mucho. No es que no escuche a Dios, es que no quiero escuchar a Dios. Lastimosamente tenemos sordera selectiva. Cuando Él nos pide cosas maravillosas y bonitas, somos todo oídos; pero cuando la cosa se pone difícil, de repente no escuchamos bien y nos enojamos porque no nos gusta lo que tiene para decirnos.

Admito que la mayoría de veces es difícil seguir al Señor cuando las cosas que me pide tienen que ver con la Cruz. Me pasa (y creo que nos pasa a todos) como a los apóstoles, que se llenaron de miedo ante el sufrimiento y la muerte. Pero todo se entiende si miramos la Cruz desde el amor. Si Jesús es el sujeto agente de mi vida, también lo será de mi oración. Se trata de que poco a poco permitas que el Espíritu Santo te una a Cristo y así, en la oración, experimentando lo que experimenta Cristo, podrás amar más, podrás pensar y sentir como Él. De esta forma no habrá un espacio tan abismal entre tu propia humanidad débil y tu deseo de querer estar en la Cruz con Él.

Por eso, desde la lógica del amor, si me voy haciendo uno con Él, las cruces serán cada vez menos pesadas.

3. Cuando nuestra vida es un desierto

Frente a la prueba es muy fácil pensar que Dios me ha abandonado. Y es que puede suceder que me permita pasar un desierto, de dolor, de dudas y de sequedad para purificar mi amor y mi fe. Santa Teresita, al final de su vida tuvo una prueba interior de fe y de esperanza; días muy duros en los que no le era fácil creer, pero ella dijo que jamás había hecho tantos actos de fe durante toda su vida. Y si algo he aprendido, es que cuando vivimos tiempos difíciles, estamos obligados a hacer actos de fe, a actualizarla y a permitirnos creer sin ver: «Señor tú no me das las respuestas que yo quisiera, pero yo quiero creer en ti». Es en los momentos de sequedad donde nuestra fe se hace más profunda, donde la fe se convierte en una decisión que necesita toda mi libertad y toda mi confianza.

En definitiva yo siempre elijo lo que quiero creer, yo soy el que decido creer.

4. Cuando no queremos rezar porque eso nos enfrenta con nuestras propias oscuridades

A veces rezar es doloroso, nos enfrenta con nuestros temores, nuestras angustias, nuestras miserias, nuestras faltas… y esto a nadie le gusta… pero, aunque parezca paradójico, nos llena de paz depositar nuestra pequeñez ante Jesús. Es ahí donde podemos ser sanados, es ahí donde podemos ser salvados. Los seres humanos estamos acostumbrados a vivir de apariencias, tenemos la sensación de que todo lo podemos y que mostrarnos necesitados es signo de debilidad; pero Dios nos va convenciendo, poco a poco, con los acontecimientos de nuestra vida, de que no somos nada. Él permite en nuestra vida callejones sin salida para que, enfrentándonos a ellos, nos demos cuenta de que tenemos que ser constantemente creados desde la nada.

La humildad nos pone en la paz de decir que no soy ni lo que los demás piensan de mí, ni lo que yo pienso; sino lo que Dios piensa. La oración es una hermosa invitación a reconciliarnos con nuestra humanidad para dejarnos amar y santificar. Como dice santa Teresita: «Lo que agrada a Dios de mi pequeña alma, es que ame, mi pequeñez y mi pobreza».

En tu oración permítete decirle constantemente al Señor: «el que amas está enfermo», y Él te dirá: «camina en la fe y la esperanza de que serás curado».

5. Cuando estamos molestos con Él pues no entendemos por qué pasan las cosas

A veces la rebeldía ante Dios obstaculiza nuestra relación con Él. Hay momentos en los que decimos con el profeta Jeremías: «Me han decepcionado y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jer 2,13), o le decimos: «Señor, me he comprometido por ti y me has dejado sin nada». Son momentos duros en que hemos perdido el entusiasmo y no tenemos consolación. En estas ocasiones es bueno hacer dos cosas: abrirle nuestro corazón, así como está, expresarle todas nuestras dudas, y pedirle al Espíritu Santo que nos dé la gracia de respondernos a esta pregunta: ¿Cuál es el desafío que me está siendo dirigido? ¿Cuál es el acto de fe que estoy llamado a realizar? ¿Cuál conversión en el amor? Cuando Dios nos da la gracia de entender eso, la prueba toma sentido. Así, a pesar del contexto negativo que vivo, tengo la libertad que nadie me puede quitar, la libertad de elegir sacar un bien del mal que se me presenta.

A veces se tiene la impresión que todo esta perdido, de que el mal no va a desaparecer nunca, pero siempre hay un bien posible. ¿Cuál es el bien que Dios quiere que yo haga?

No nos busquemos tanto a nosotros mismos en la oración, dejémonos purificar por Dios, Él quiere que aprendamos a rezar de forma realista, a tener paciencia y a esperar en Él. Tratemos de liberar nuestro corazón de falsas expectativas de las personas, de la realidad, de nosotros mismos, de nuestras comunidades… somos libres cuando aceptamos nuestra propia miseria, cuando aceptamos a los demás con sus límites así me hayan decepcionado. Solo así Dios nos dará la luz en nuestra oración, quizá no una luz inmensa y permanente, sino la luz que necesitamos para cada día.