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¿Qué es el tiempo? Un misterio insondable en el que estamos inmersos. Así se expresaba San Agustín ante esta paradoja: «¿Qué es, pues, el tiempo? ¿Quién podrá explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién podrá comprenderlo con el pensamiento, para hablar luego de él? Y, sin embargo, ¿qué cosa más familiar y conocida mencionamos en nuestras conversaciones que el tiempo? Y cuando hablamos de él, sabemos sin duda qué es, como sabemos o entendemos lo que es cuando lo oímos pronunciar a otro. ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.» (Confesiones, XI, XIV, 17).

Dicho esto, ¿Qué podemos balbucear nosotros sobre este inmenso mar en el que navegamos y donde también por momentos nos hundimos ? Tal vez, aunque sea una simplificación, que el tiempo tiene una dimensión que podríamos llamar “más objetiva” y otra “más  subjetiva”. La dimensión “más objetiva” se relaciona con la medición y la organización de los eventos -que transcurren en un cierto orden en el espacio (según un antes y un después); esta organización se puede realizar a través esquemas aceptados o compartidos por otros, y nos permiten convivir más armónicamente en el mundo. Estos esquemas compartidos se traducen a veces en números, códigos, símbolos, ritos, etc. que se repiten con una cierta frecuencia, ya sea pasada que presente (base de cualquier regla o ley). Pensemos, por ejemplo, que los hebreos organizaban (medían o dividían) la noche no en horas (como la nuestra), sino en vigilias, al inicio tenían 3  vigilias de 4 horas (Cfr. Éx 14:24 y Jue 7:19) y luego en los tiempos de Jesús adoptaron el sistema romano de 4 vigilias. Lo mismo se puede decir de su calendario, que era lunar, y estaba marcado por las grandes fiestas vinculadas a diversas acciones y revelaciones de Dios, así como a las estaciones y a los tiempos de cosecha.

Ahora bien, la dimensión “más subjetiva” del tiempo en cambio, podríamos decir que tiene que ver más con la vivencia interior y espiritual que tenemos ante dichos eventos, es decir, tiene que ver con la resonancia y el sentido interior que tales eventos tienen sobre nosotros y que también nosotros le damos a las situaciones que nos toca vivir. Ante tales eventos que acontecen cronológicamente podemos reaccionar de muchas maneras. Es muy distinta la percepción interior de un día de “reposo” festivo, para alguien que vive la fiesta con profunda religiosidad que para alguien que no lo hace. En este caso, tiene mucho peso nuestro “tiempo espiritual” o “interior que las horas “objetivas y efectivas” que tenemos a disposición. Esto es lo más decisivo, pues como asumimos la realidad que transcurre y pasa objetivamente ante nuestros ojos, cambia todo. Es más, es en esta dimensión subjetiva y espiritual donde nace y se forja la dimensión “más objetiva”, no solo porque es el fundamento de ella, sino porque además tiene la fuerza de literalmente “moldearla” hasta incluso “cambiarla” radicalmente (para bien o para mal). O en otras palabras, la calidad del tiempo no depende de factores externos, sino internos. Mi tiempo no será mejor por tener más horas libres, si no tengo la madurez espiritual necesaria para asumirlo correctamente (madurez que no coincide además con la edad biológica).

Me explico mejor con otro ejemplo. Una sociedad tecnológicamente avanzada puede asumir y organizar su tiempo “objetivo” con un ritmo mucho más acelerado, pues gracias a la técnica tiene la capacidad transformar y superar muchos de los límites de la naturaleza (las estaciones, el tipo de recursos del país, los tiempos de distribución, etc.), generando, para bien, una cadena de producción constante. Sin embargo, existe también el riesgo de que esta manera de configurar el tiempo como oportunidad de producción sin límites ni descanso, acabe por incidir en todas las otras dimensiones de nuestra vida. Si esto sucede, nos encontraremos ante una sociedad que tenderá, casi sin darse cuenta, a medir y a calcular con altos niveles de rendimiento y de control, no solo “el tiempo del trabajo”, sino también el tiempo de las fiestas, de las reuniones familiares, de los tiempos de descanso, de los momentos de oración, etc. pues, desde afuera ejerce una fuerza que puede imponerse incluso a nuestra percepción interior del tiempo. En el caso de la vida de oración, es increíble ver cuánto caemos en la trampa de buscar métodos y libros que hagan más “productiva” o “efectiva” nuestra vida espiritual, cuando en tantos casos la esencia de la misma es, más bien, “perder el tiempo” con Dios, adorándolo, amándolo (y dejándonos amar), sin recibir ninguna retribución inmediata o cuantificable (esos tesoros que no se corrompen y que están en el cielo Mt 6, 19-21).

Por supuesto, en una situación semejante lo mejor sería que toda la sociedad se ponga de acuerdo para configurar un ritmo de vida “más humano”, cambiando tal vez la jerarquía y la percepción de ciertos valores. Sin embargo, si esto no sucediese (algo muy probable), se podría igualmente superar esta estructura temporal que oprime, transfigurando desde nuestro tiempo “interior” la frenética dinámica que impone desde afuera el tiempo objetivo del mundo técnico. En ese sentido, ocho horas de mecánico y arduo trabajo, pueden ser experimentadas como un tiempo de paz y gozo, si es que se logra asumir dicha carga “objetiva” con un espíritu de amor y servicio, dando así un profundo sentido de oblación y ofrecimiento al stress que se debe asumir. En este caso las ocho horas “objetivas” adquirirían una calidad distinta gracias a la asimilación subjetiva del tiempo interior. Por el contrario, si en este contexto alguien se hallase para colmo frustrado y sin un sentido, las mismas ocho horas podrían  percibirse como días, hasta convertirse en un verdadero infierno. Lo mismo puede predicarse de un evento importante de nuestro calendario. Si se acerca el aniversario de alguien, por ejemplo, y sabemos que podremos celebrarlo junto a nuestros seres queridos, los días previos transcurrirán rápidos, con gran expectativa interior y por ende, cargados de alegría y gratitud, ya que el presente se llena de sentido gracias al recuerdo positivo del pasado de dicha fiesta; recuerdo que se proyecta en el futuro (sabemos que podremos revivir esa experiencia dentro de poco), llenando nuestro presente de esperanza. Sin embargo si esto no sucediese, sea por un motivo accidental o incluso sustancial -como la ausencia de la persona celebrada por una ruptura o por su muerte- el mismo evento se puede transformar desde la carga interior que le damos en símbolo de algo negativo, generando un cambio en el “tiempo objetivo”, pues desde el nuevo recuerdo pasado que ya no se puede proyectar en el futuro, recibimos una carga de gran melancolía en el presente (por la fiesta que no ocurrirá), llenando así los días previos de desesperanza, luto y congoja; días que pasarán quizá con gran lentitud.

De hecho, cuando nos enfrentamos a lo inexplicable y misterioso, cuando percibimos una falta de respuestas y de sentido ante lo que nos sucede, es decir, cuando somos superados en nuestros cálculos y previsiones y ya no podemos “controlar” la realidad, se genera en nuestra percepción “cronológica” un verdadero caos. Entonces nos damos cuenta que el sentido de los eventos no depende tanto de la repetición de los mismos, cuanto de nuestra capacidad de asimilarlos y darles un sentido espiritual.  Cuando esto no ocurre y nos vemos sobrepasados, una sensación abrumadora de inseguridad nos golpea, creando una potencial condición de stress y de depresión que puede acabar por vaciar la realidad de cualquier “orden objetivo”. Para una persona deprimida, todos los días le parecen siempre iguales, e incluso los meses y los años…entonces el tiempo pierde su aroma, su color y su luz, y queda teñido desde su dimensión subjetiva en puras tinieblas. Una polarización extrema de esta experiencia es también la angustia que en el fondo se trata de un miedo generalizado ante un caos interior demasiado grande que ya no logramos nombrar y que por ende no tiene rostro. Se trata de una incertidumbre generalizada que ya no podemos controlar. Son un sinnúmero las experiencias pasadas o presentes de ruptura, de culpa, de heridas, o de sin sentido que resquebrajan la firmeza de nuestra identidad presente, impidiéndonos proyectarnos  con confianza y esperanza hacia el horizonte futuro. Sin embargo, el hombre vive de este horizonte futuro, de sus expectativas, de una proyección hacia un mañana que será mejor, de la esperanza de llegar a ese lugar donde podremos encontrar la paz y la reconciliación que anhela nuestro corazón. Cuando este futuro desaparece, nuestro hombre interior muere y con él el tiempo.

¿Cómo influye una buena noticia sobre el tiempo?

Siguiendo con lo apenas dicho, imaginémonos en cambio ¿qué le pasaría a nuestro tiempo “subjetivo” si es que recibiésemos una noticia increíble e inesperada? Si es que alguien nos dijera por ejemplo: “acaban de avisar que al final de esta semana de trabajo nos van a regalar vacaciones pagadas de por vida”, ¿acaso no cambiaría nuestra capacidad de asumir y dar sentido con alegría a nuestro tiempo “objetivo”, a esa semana de duro servicio? ¿No se dilataría nuestra percepción del tiempo y con ella también del espacio, gracias a esta tremenda noticia? ¿No nos parecería más ancha la oficina, más fresco el aire, más soportables las relaciones complicadas, etc. ahora que falta tan poco para recibir ese regalo inmenso? Nuestro corazón latiría con más fuerza entonces, y nos repetiría una y otra vez, “falta poco amigo, ¡ánimo, falta poco! Aguanta que ya podrás viajar por el mundo, conocer lugares nuevos, descansar y comer rico, etc.”

Imaginémonos ahora que no obstante la noticia algunos siguiesen cabizbajos, tristes y sin esperanza, replicando: “a mi no me interesan ni los viajes, ni la comida, ni el descanso, nada de esto para mí tiene sentido si no estoy con mi hijo, o con mi hija, o con mi padre o marido…” Imaginemos que entonces se escucha la voz del jefe que ante tal petición afirma: “tales vacaciones serán concedidas también a los seres queridos que así lo deseen“. ¿No sería entonces un sueño hecho realidad? ¿No nos pondríamos, acaso, a llamar a todos nuestros familiares para avisarles, para animarlos, transmitiéndoles la increíble noticia e incluso insistiendo y convenciendo, a los más descreídos, para que logren aceptar dicho regalo?

Imaginémonos, por última vez, que quedase todavía un grupo de personas desanimadas y angustiadas, pues dicen para sus adentros: “de qué me sirven esas vacaciones aún si fuesen extendidas a todos, si mi hijo esta en la cárcel o mi marido deprimido, y yo además cargo con muchas culpas que nadie podría perdonar, y que además si alguien llegase a descubrirlas cuando cruce la frontera no me van a dejar andar”. ¿Y si lo inverosímil sucediese? Si el jefe tuviese el poder de decir: “a todos los que de corazón así lo deseen quedan libres de toda tristeza, depresión, pena y condena; y por un decreto internacional cada persona que así lo desee y acepte este regalo, queda perdonada y libre. ¿No sería entonces, ahora sí, el mejor día de nuestra vida… no se irradiaría hasta rebalsarse desde lo más profundo el gozo, la luz, la esperanza, las ganas de vivir gracias al pensamientos de este futuro nuevo que nos ha sido donado y que dentro de poco podremos gustar? ¿No cambiaría el tiempo de nuestro corazón primero, luego de la oficina y en fin, del universo entero?

¿Cómo actúa Dios en nuestro tiempo?

Pues bien, ¿qué tiene que ver todo lo dicho con Dios y con el mensaje cristiano? Que en realidad Dios ha venido ha traernos una noticia aún más increíble. Una noticia tan impactante que tiene el poder de tocar y cambiar radicalmente nuestro tiempo…para siempre. ¿En qué consiste esta Buena Noticia (evangelio) del cristianismo, capaz de transformar la estructura misma del tiempo y por ende también del espacio? En que “llegada la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido sujeto a la ley, a fin de rescatar a los sujetos a la ley, con objeto de conferirnos la adopción filial. Y la prueba de que vosotros sois hijos, es que Dios ha introducido en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que grita: ‘¡Abba! ¡Padre!’ de modo que ya, tú no eres esclavo sino hijo y por tanto, heredero de parte de Dios” (Gálatas 4, 4-7).

¿Qué quiere decir esto en la práctica? Para seguir con la analogía (que tiene mucho más de verdad de lo que nos imaginamos), quiere decir que: acabada esta semana de trabajo en la tierra, para el que así lo desee y acepte el regalo, nos espera el día del eterno reposo en el amor de Dios, reposo activo, donde nuestro corazón será infinitamente colmado e infinitamente dilatado por siempre. Vacaciones eternas donde se nos revelarán los misterios (conoceremos como somos conocidos 1cor 13, 12), donde comeremos el banquete de Dios -banquete eterno de bodas del Cordero (Apo 19, 9)-, donde todas las cosas serán nuevas: nuestras heridas sanadas, nuestros pecados perdonados, nuestros seres queridos -que así lo hayan deseado- reencontrados. Día grande en el que Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos, y «ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni llanto, ni dolor, porque las primeras cosas son pasadas.» (Apo 21, 4).

El tiempo de salvación

¡Y no solo! No es solo cuando el hombre descubre la promesa de este “regalo inmenso”, -de haber sido convocado a la gran fiesta del cielo (en la que tiene además un lugar reservado)-, que recibe la esperanza y la fortaleza para afrontar y permanecer en el hoy con una proyección de gran vitalidad hacia el futuro, además este “jefe” es tan bueno, que ha querido hacer de esta experiencia algo efectivo en parte “aquí y ahora”. ¿Qué quiere decir esto?  Que podemos recibir ya desde ahora, de manera anticipada una experiencia, una pregustación, una semilla de dicha fiesta que nos aguarda. Cristo con su pasión, muerte y resurrección, no solo ha unido el tiempo a la eternidad de una vez por todas sobre la Cruz proyectando una salvación futura, sino que sigue actuando en nuestro tiempo presente, realizando esta unidad en cada eucaristía, anticipando ya la experiencia de reconciliación, amalgamando la historia con su Cuerpo y su  Sangre, echando raíces de eternidad en las profundidades de nuestros corazones para permitirnos desde ya tener ese gusto interior del amor sobreabundante y dulce del Padre que dilata el tiempo y el espacio. Amor con el que ha vencido el mundo, aun cuando sea un proceso en acto, porque todavía debe reconciliar todo a través de la sangre del Señor (Cfr. Col 1, 20).

Para seguir con la analogía (salvando las distancias), es como si este jefe para prepararnos y ayudarnos a aceptar las vacaciones, nos permitiera cada día durante el horario de oficina, de hacer una degustación de los platos que vamos a comer después. De manera semejante nos reunimos los cristianos durante nuestro tiempo aquí en la tierra, para gustar desde ya la presencia de Cristo y así ir asimilando esta inmensa experiencia. Es la memoria de la gran fiesta: fiesta del paraíso una vez perdido y ahora en Cristo reconquistado, que se proyecta en el futuro llenando de gozo nuestro presente por ese día que está por llegar ¡falta poquísimo! Porque donde hay dos o tres reunidos en su nombre, Él esta en medio de nosotros (Mt 18, 15-20), allí donde hacen su morada el Padre y el Hijo (Cfr. Jn 14, 23), se configura el nuevo tiempo “subjetivo” del Espíritu, tiempo de salvación, que incide y configura por supuesto el tiempo objetivo. Este es el “tiempo oportuno”, tiempo de salvación (kairós), que es fruto de la gracia y que nos permite tener ya la certeza (y la experiencia) de que el tiempo cronológico que desemboca en la muerte, fruto del pecado con todas sus consecuencias (Cfr. 1Cor15, 55-57), no tiene la última palabra sobre nuestra vida y sobre la creación toda (que gime por ser transformada también a través de nuestra libertad interior, la libertad de los hijos de Dios Cfr. Rom 8, 22-39).


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